27 diciembre 2010

Performance sem pessoa

A comienzos de diciembre invité a comer (le debía una) a Rui Vaz de Cunha, a quien había conocido en los salones de un viejo palacio lisboeta unas pocas semanas antes. Elegí, quizás no podía ser de otro modo, el mítico Martinho da Arcada. Hice la oportuna reserva con la secreta esperanza de que Rui, más versado en los arcanos del Martinho, haría todo lo que estuviera en sus manos para conseguir la mesa de Pessoa.

 

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Llovía en Lisboa. Confiado como el guerrero que se pertrecha tras su sólida armadura recién forjada, me lancé al metro provisto de gabardina y paraguas. En el metro me imaginé rodeado de esa leve aura de éxito que acompaña al que ha sabido leer correctamente las señales del cielo. En menos de diez minutos salí a la luz en el Terreiro, convertido con la lluvia en un mar somero, brillante, eléctrico, un océano de luciérnagas arracimadas en torno a ese Poseidón verde que vuelve las espaldas al bullir ma non tanto de la ciudad. Respiré una sal lejana. Aún tenía por delante quince minutos antes de la hora convenida. Recorrí las arcadas con calma, disfrutando la levedad de la lluvia, la inutilidad del paraguas, la reserva que, imaginamos, nos concede la gabardina.

 

Entré en el Martinho a la hora en punto. Retrasado Rui, dos camareros me escoltaron a una mesita de esquina, con dos sillas enfrentadas. Imagino que como la mesa de Pessoa ya no es la mesa de Pessoa, Rui había elegido la mesa de Saramago. Sin darme cuenta, coloqué la gabardina y el paraguas de esta guisa. Llegó Rui, ensayó una disculpa por la tardanza  y negó rotundamente haber mediado en la elección de mesa. Comimos. Al salir, un sol velado, insustancial, poco más que una categoría filosófica sostenida allí en lo alto, amagaba con calentar el Terreiro.

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