11 junio 2013

“Curiosities of Literature” (IV): Destrucción de libros

Destrucción de libros


Los tesoros literarios de la antigüedad han sufrido la maldad de los hombres tanto como la del tiempo. Con frecuencia los conquistadores, en el momento de la victoria o en la imparable devastación desatada por su ira, no han quedado satisfechos con la destrucción de los hombres, extendiendo su venganza a los libros.
La historia antigua recoge cómo los persas, que odiaban la religión de los fenicios y los egipcios, destruyeron sus libros, que, según Eusebio, no eran pocos. Se cuenta sobre las bibliotecas griegas una anécdota valiosa: la biblioteca de Gnido fue quemada por los seguidores de Hipócrates, sólo porque los gnidios rechazaron seguir las enseñanzas de su maestro. Si los seguidores de Hipócrates eran mayoría, ¿no resulta poco ortodoxo por parte de los gnidios elegir por la fuerza su propio camino? La anécdota puede parecer sospechosa, pero lo cierto es que la división ha sido a menudo causa de la destrucción de libros.
Los romanos quemaron los libros de los judíos, de los cristianos y de los filósofos; los judíos quemaron los libros de los cristianos y los paganos; y los cristianos quemaron los libros de los paganos y los judíos. La mayor parte de los libros de Origen y otros herejes fueron continuamente echados al fuego por la facción ortodoxa. Gibbon describe con patetismo el vacío de la biblioteca de Alejandría tras haber sido destruida por los cristianos. “La valiosa biblioteca de Alejandría fue pillada y destruida y, casi veinte años después, la visión de los estantes desiertos seguía causando pesar e indignación a cualquier espectador que no estuviese totalmente enceguecido por el prejuicio religioso”. Las composiciones de los genios antiguos, muchas de las cuales han perecido irreversiblemente, fueron salvadas de la destrucción de la idolatría para diversión y ejemplo de las generaciones siguientes: y el celo o la avaricia del arzobispo se debe haber saciado con los más ricos despojos que eran la recompensa de su victoria.
La curiosa narración que Nicetas Choniates hace del saqueo de Constantinopla por los cristianos en el siglo XIII fue fraudulentamente suprimida en las ediciones impresas; se ha preservado gracias al Dr. Clarke. No podemos seguir cada paso de la dolorosa historia de Nicetas sin indignarnos. El Dr. Clarke observa que los turcos se ensañaron menos con las obras de arte que los bárbaros cristianos de aquella época.
Varios edictos del Emperador Justiniano, de muchos reyes franceses y españoles, y de varios papas han prohibido la lectura del Talmud judío. Se ordenó que todas las copias fuesen quemadas: la intrépida perseverancia de los propios judíos preservó esta obra de la aniquilación. En 1569 doce mil copias fueron lanzadas a las llamas en Cremona. John Reuchlin interfirió para detener esta destrucción universal del talmud, hecho que le atrajo el odio de los monjes y la condena del elector de Mentz, y sólo apelando a Roma pudo detenerse la persecución. Desde ese momento las tradiciones de los judíos ya no se consideraron merecedoras de ser destruidas.
Lo primero que, llevados del más feroz celo, destruyen los conquistadores son los registros nacionales de los pueblos conquistados; no otra es la razón de que los irlandeses lamenten las irreparables pérdidas sufridas por sus más antiguos memoriales nacionales, que sus invasores han aniquilado exitosamente. Lo mismo ocurrió en la conquista de México; y la interesante historia del Nuevo Mundo quedará por siempre incompleta como resultado del desafortunado éxito de los primeros misioneros, que sólo tardíamente tomaron conciencia de su error. Clavijero, el historiador más auténtico de México, lamenta continuamente esta terrible pérdida. Todo en aquel país había sido pintado, ya que los pintores abundaban allí en la misma medida que los escribanos en Europa. Los primeros misioneros, sospechando que la superstición latía en tales pinturas, atacaron la escuela principal de estos artistas y, reuniendo en la plaza del mercado una pequeña montaña de estos preciosos registros, les prendieron fuego y enterraron en cenizas la memoria de muchos hechos interesantes. Más tarde, conscientes de su error, intentaron rescatar la información de boca de los indios, pero los indios permanecieron en un silencio indignado: cuando los españoles intentaron recuperar los restos de estas historias pintadas, los patriotas mexicanos enterraron a menudo los registros que quedaban de su país.
No está demostrada la historia según la cual el califa Omar, al tomar Alejandría, proclamó por todos los rincones del reino que el Corán contenía cuanto era útil creer y saber, y mandó por consiguiente que todos los libros de la biblioteca de Alejandría, unos cuatro mil, fueran entregados al maestro de los baños para ser usados como combustible de las estufas durante un período de seis meses. Pero la historia no sería única aun cuando fuese cierta: es perfectamente consecuente con el carácter de un déspota, un bárbaro, un ignorante. Algo similar ocurrió en Persia. Cuando se presentó a Abdulá, gobernante de Khorassan en el siglo III de la era mahometana, un manuscrito con una curiosidad literaria, preguntó el título, a lo que le respondieron que era el cuento de Wamick y Oozra, compuesto por el gran poeta Noshirwan. Abdulá contestó que los de su país y fe no tenían nada que ver con otro libro aparte del Corán y que toda composición de un idólatra merece ser reprobada. No sólo lo rechazó, sino que ordenó que lo quemaran en su presencia y lanzó un edicto para que todos los manuscritos persas hallados en sus dominios fuesen echados a la hoguera. Buena parte de la poesía persa más antigua pereció a causa de este edicto fanático. El Cardenal Cisneros parece haberse tomado en parte la venganza sobre los sarracenos, ya que, tras la toma de Granada, dio cinco mil coranes a las llamas.
También es curiosa la siguiente anécdota relativa a un misal español, llamado de San Isidoro: una dura lucha lo salvó de la aniquilación. En las guerras contra los moros, todos estos misales habían sido destruidos, salvo los de la ciudad de Toledo. En seis iglesias de esa ciudad los cristianos continuaban ejerciendo libremente su religión. Cuando, varios siglos más tarde, los moros fueron expulsados de Toledo, Alfonso VI ordenó que el misal romano fuese usado en esas iglesias, pero la gente de Toledo insistió en mantener el suyo propio, tal y como había sido redactado por los obispos más antiguos, y revisado por San Isidoro. Se trataba de un misal que había sido usado por un gran número de santos y que se había conservado puro durante el dominio de los moros, de modo que llegó a parecer que el gobierno de Alfonso era más tiránico que el de los turcos. El enfrentamiento entre los misales romano y toledano llegó a tal punto que, finalmente, se acordó que su destino sería decidido por un combate singular: el campeón del misal toledano derribó de un golpe al caballero del misal romano. Alfonso no consideró que el fuerte brazo del intrépido toledano hubiese zanjado esta batalla y ordenó proclamar unos fastos y preparar un gran fuego en el cual, después de que Su Majestad y su pueblo hubieron rogado por asistencia divina en esta ordalía, los dos rivales (no los hombres, sino los misales) fueron arrojados a las llamas – de nuevo, el misal de San Isidoro triunfó, y entonces Alfonso reconoció la ortodoxia de este libro de hierro, y la buena gente de Toledo pudo decir sus oraciones como lo habían venido haciendo desde siempre. No obstante, las copias de este misal llegaron a ser muy escasas, ya que, ahora que nadie prohibía su lectura, pocos se preocupaban de usarlo. El Cardenal Cisneros tuvo tantas dificultades para hallar una copia que hizo imprimirlo en gran número y erigió una capilla a San Isidoro en la que el servicio sería cantando diariamente siguiendo la manera de hacerlo de los cristianos primitivos.
Los monjes instigaron con frecuencia la destrucción de las obras de los antiguos. Se piensa que algunas veces los mutilaron, pues pasajes que ciertamente existieron no han llegado hasta nosotros; e incluso, en ocasiones, sus interpolaciones y falsificaciones causaron una destrucción de un tipo distinto, por medio de adiciones a los originales. Eran infatigables borrando las mejores obras de los autores griegos y latinos más eminentes para transcribir las ridículas vidas de los santos en los pergaminos borrados. Uno de los libros de Livio que se encuentra en el Vaticano fue penosamente devastado por algún devoto padre para escribir en él un misal o salterio, y recientemente se han descubierto otros en el mismo estado. Inflamado por el más ciego celo contra todo lo pagano, el Papa Gregorio VII ordenó quemar la biblioteca del Palatino Apolo, un tesoro de la literatura formado por varios emperadores. ¡Publicó esta orden con la excusa de evitar que la atención del clero se desviara de las Sagradas Escrituras! Desde aquella época, todo el conocimiento de los antiguos no sancionado por la autoridad de la Iglesia ha sido enfáticamente tachado de profano, en oposición a lo sagrado. Se dice que este Papa quemó las obras de Varrón, el sabio romano, para que San Agustín pudiese evitar la acusación de plagiario, ya que su “Ciudad de Dios” debe mucho a la obra de Varrón.
Los jesuitas, enviados por el Emperador Fernando a erradicar el luteranismo de Bohemia, convirtieron aquel reino comparativamente próspero en un desierto, sin que aún se haya recuperado de ello. Convencidos de que un pueblo ilustrado no podía ser durante largo tiempo súbdito de un tirano, propinaron un golpe fatal a la literatura nacional: cada libro condenado fue destruido, incluso aquellos de la antigüedad. Se prohibió la lectura de los anales de la nación, e incluso se impidió a los escritores componer obras sobre asuntos propios de la literatura bohemia. La lengua nacional fue considerada señal de oscura vulgaridad, y se realizaban visitas a los domicilios para inspeccionar los libros y las bibliotecas de los bohemios. Con sus libros y su lengua éstos perdieron su carácter nacional y su independencia.
John Bale lamenta la destrucción de bibliotecas por la disolución de los monasterios en el reinado de Enrique VIII. Quienes compraron los monasterios tomaron sus bibliotecas como parte del botín, utilizando los libros para sacar brillo a sus muebles, o bien vendiéndolos como papel utilizado, o enviándolos en cargamentos enteros a tratantes de libros extranjeros.
El temor de la destrucción indujo a muchos a ocultar los manuscritos bajo tierra o en muros antiguos. Durante la Reforma, la rabia popular se cebó en los libros iluminados y en los manuscritos que tenían letras rojas en la página inicial: toda obra ilustrada era condenada a las llamas bajo acusación de supersticiosa. Las letras rojas y las láminas eran signos seguros de obras papistas o diabólicas. Aún pueden hallarse algunos de tales volúmenes mutilados de las letras capitulares y de las bellas miniaturas, pero la mayoría fueron aniquilados. Muchos, olvidados, han sido hallados bajo tierra. Los que escaparon de las llamas fueron destruidos por la humedad. ¡Tal es el desdichado destino de los libros durante una persecución!
Los puritanos quemaban todo aquello en lo que hallaban el más mínimo vestigio de origen papista. He hallado muchos recuentos de los expolios cometidos en nombre de la fe, de imágenes amputadas, de pinturas borradas. Las expediciones heroicas de un tal Dowsing son relatadas por él mismo en su diario: un Quijote fanático, a cuyo brazo intrépido deben sus desgracias muchos de los santos sin nariz que pueblan nuestras catedrales.
Seguidamente reproduciré algunos detalles del diario de este infatigable godo en sus andanzas reformistas. Las entradas están redactadas con lacónica concisión e incluso, parecería, con algo de humor negro. “En Sunbury, echamos el lazo a diez poderosos ángeles de vidrio. En Barham, encerramos a los doce apóstoles en el presbiterio, y a seis pinturas supersticiosas más; y ocho en la iglesia, una de ellas un cordero con una cruz en el lomo; y de los escalones arrancamos cuatro inscripciones supersticiosas en cobre, etc.”. “En casa de Lady Bruce, la capilla, un cuadro de Dios Padre, de la Trinidad, de Cristo, del Espíritu Santo, y las lenguas hendidas, que dimos orden de retirar, y la señora prometió hacerlo”. En otro lugar prenden “seiscientos cuadros supersticiosos, ocho Espirítus Santos, y tres del Hijo”. ¡Y de este modo él y sus secuaces registraron ciento cincuenta parroquias! Algunos apuntan con gracia que la frase “to give a Donwsing” rinde honor a este desalmado destructor. El Obispo Hall salvó las vidrieras de su capilla en Norwich de la destrucción quitando las cabezas de las figuras, lo que explica que en muchas iglesias veamos las caras reemplazadas por vidrios blancos.
Durante las guerras civiles vividas por nuestro país numerosas bibliotecas han sufrido pérdidas de libros impresos y manuscritos. “Me atrevo a sostener” dice Fuller “que las guerras entre las casas de York y Lancaster, que duraron sesenta años, no causaron tanta destrucción como nuestras guerras modernas en seis años”. Alude de esta manera a los conflictos parlamentarios durante el reinado de Carlos I. “Pues, durante las pasadas, las diferencias se producían dentro de una misma religión, lo que causaba un gran respeto hacia todos los archivos; mientras que nuestras guerras civiles, fundadas en la facción y la variedad de sectas, expusieron los indefensos registros parroquiales a ser presa de la violencia armada; un triste vacío, que será evidente al hacer la historia de Inglaterra”.
La escasez de libros relativos a los católicos en este país se debe a dos circunstancias: la destrucción de los libros católicos y sus documentos por los perseguidores en el reinado de Carlos I, y la destrucción a manos de los propios católicos, por miedo de las duras penas que para sus dueños podía suponer la mera posesión de los mismos.
Cuando se propuso al gran Gustavo de Suecia destruir el palacio de los Duques de Bavaria, aquel héroe lo rechazó noblemente, observando: “No copiemos el ejemplo de nuestros incultos antepasados, quienes, al declarar la guerra a toda producción del genio, han hecho del nombre de los godos paradigma del más rudo estado de barbarie”.
Incluso la civilización del XVIII fue incapaz de preservar de la furia salvaje y destructora de una masa turbulenta, en la ciudad más culta de Europa, los valiosos manuscritos del gran Duque de Mansfield, que fueron tristemente entregados a las llamas durante los disturbios de 1780.
En 1599, la trastienda de los libreros sufrió un escrutinio tal como el que se llevó a cabo en la biblioteca de Don Quijote. Warton enumera los nombres de los mejores autores que fueron inmediatamente sentenciados a las llamas por Whitgift y Bancroft, alentados por las facciones puritana y calvinista. Como si fueran ladrones y malhechores, se ordenó que fueran aprehendidos allá donde se encontrasen. “Asimismo, se decretó que en lo sucesivo no podrían imprimirse sátiras ni epigramas. No se podía imprimir obras de teatro sin la autorización del arzobispo de Canterbury y el obispo de Londres; tampoco English Historyes, novelas y relatos supongo, sin la sanción del privy council. Cualquier obra de esta naturaleza, sin licencia, o ya impresa y circulando por el extranjero debía ser diligentemente perseguida, encontrada, y puesta a disposición del brazo secular en Londres”.
Más tarde, una facción opuesta presentó al parlamento, junto con otras extravagantes mociones, una para destruir todos los registros de la Torre, y así fundar la nación sobre nuevos cimientos. Exactamente ése fue el principio que guió la actuación de los verdaderos “sans-culottes” durante la Revolución francesa. Entre nosotros, Sir Mathew Hale demostró la debilidad de la propuesta, atrayéndose “a todas las personas serias, e incluso cerrando las bocas de los mismos exaltados”.
Pasemos ahora a las pérdidas provocadas por individuos, cuya sola mención esperemos sirva como amuleto para conjurar para siempre los demonios de la destrucción literaria. Uno de los casos más interesantes es el de la biblioteca de Aristóteles, quien primero fue conocido por el término griego que significa "coleccionista de libros". Sus obras han llegado a nosotros por accidente, pero no sin daños irreparables, y con sospechas fundadas acerca de su autenticidad. Estrabón cuenta la historia en su libro décimo tercero. Los libros de Aristóteles pasaron de su discípulo Teofrasto a Neleo, cuya descendencia, raza iletrada, los mantuvo encerrados, sin usarlos, ¡bajo tierra! Un coleccionista curioso de nombre Apelión los adquirió y, al hallar los manuscritos dañados por el tiempo y la humedad, supuestamente suplió sus deficiencias. Es imposible saber en qué medida Apelión oscureció y corrompió el texto. Pero el daño no acabó ahí. Cuando Sila, tras tomar Atenas, los trajo a Roma, los puso bajo la custodia de un tal Tiranio, un gramático que empleó escribas para copiarlos. No pudo evitar que pasaran por sus manos sin corregirlos, tomándose amplias libertades en ello. Estrabón es duro: “Ibique Tyrannionem grammaticum iis vsum atque (ut fama est) intercidisse, aut invertisse.”. Aunque él lo considera solo una hipótesis, el dato parece confirmarse por el estado en que hemos encontrado tales obras: Averroes declaró que leyó cuarenta veces a Aristóteles antes de llegar a entenderlo perfectamente; afirma que lo comprendió sólo la primera y la última vez. Y para demostrarlo publicó cinco infolios de comentarios.
Hemos perdido mucha literatura valiosa a manos de descendientes iletrados o malintencionados de personas ilustradas e ingeniosas. Muchas de las cartas de Lady Mary Montague han sido destruidas, me cuentan, por su madre, que no aprobaba que pudiese deshonrar a su familia añadiéndole honores literarios; y unas pocas de sus mejores cartas, reciente publicadas, fueron halladas ocultas en un viejo baúl familiar. Habría mortificado a su señora madre haber oído que su hija era la Sevigné de Inglaterra.
A la muerte del docto Peiresc, se descubrió una habitación de su casa llena con cartas de los eruditos más eminentes: los sabios de Europa se habían dirigido a Peiresc cuando atravesaban dificultades, por lo que éste fue llamado abogado defensor de la república de las letras. Su sobrina, a la que reiteradamente le propusieron publicarlas, prefirió quemar las doctas epístolas para ahorrarse de vez en cuando una carga de leña.
Los manuscritos de Leonardo da Vinci también fueron víctima de sus familiares. Cuando un coleccionista curioso descubrió cierto número de ellos, los entregó generosamente a un descendiente del gran pintor, quien fríamente observó que “tenía muchos más en el desván, donde yacían desde hace muchos años, si es que las ratas no los habían destruido”. Nada de lo que este gran artista escribió demostró tal invención.
Menage observa sobre un amigo cuya biblioteca había sido destruida por el fuego, perdiéndose varios manuscritos valiosos, que tal pérdida es una de las mayores desgracias que pueden acaecer a un hombre de letras. Este caballero se consoló de su pérdida componiendo un pequeño tratado De biblioteca incendio. Curioso librito debe de haber sido. Incluso hoy los hombres de letras están expuestos a desgracias similares, pues aunque las casas de seguros cubren libros, nunca permitirán que sean los autores los que valoren sus propios manuscritos.
Un fuego en la biblioteca cotoniana marchitó y destruyó un buen número de manuscritos anglosajones, una pérdida ya irreparable. El coleccionista de antigüedades está condenado a escudriñar una y otra vez los chamuscados fragmentos que se deshacen en sus manos.
El famoso diccionario de persa de Meninsky tuvo un triste destino. Su escasez se debe al sitio de Viena por los turcos: una bomba cayó en casa del autor, consumiendo la mayor parte de su infatigable trabajo. Son pocas las partes de esta obra costosa que no muestran pruebas evidentes del bombardeo, mientras que otras están manchadas con el agua lanzada para apagar las llamas. La más viva descripción de los sufrimientos de un autor por la pérdida de un manuscrito se halla en el caso de Anthony Urceus, uno de los estudiosos más desafortunados del siglo XV. A la pérdida de sus papeles siguió inmediatamente la locura. Poseía un apartamento en el palacio de Forli, donde preparaba una importante obra para ser publicada. Su estudio era oscuro, y generalmente escribía a la luz de una lámpara. Un día que salió dejó la lámpara encendida; rápidamente los papeles se prendieron y su biblioteca quedó reducida a cenizas. Tan pronto como oyó lo sucedido, corrió furiosamente al palacio, y dándose de violentos cabezazos contra la puerta, gritó con blasfemo lenguaje: “Jesucristo, ¿qué crimen he cometido? ¿A cuál de tus creyentes he tratado con tanta crueldad? Escúchame, pues hablo en serio, y estoy decidido. Si por acaso soy tan débil para dirigirme a ti en el momento de la muerte, no me escuches, pues, antes que ir a ti, prefiero el infierno y sus tormentos eternos”. A los cuales, por cierto, daba poco crédito. Aquellos que oían semejantes lamentos trataban de consolarlo, infructuosamente. Abandonó la ciudad, y vivió fuera de sí, vagando por los bosques.
Ben Jonson compuso la Execración de Vulcano con motivo de una ocasión similar: los frutos de veinte años de estudio se consumieron en una hora. Nuestra literatura sufrió, pues además de varias obras de ficción, había muchas colecciones de filosofía, un comentario sobre poética, una gramática crítica completa, una vida de Enrique V, su diario de Escocia con todas las aventuras acaecidas en ese peregrinaje poético y un poema a las mujeres de Gran Bretaña. ¡Qué catálogo de pérdidas!
Castelvetro, el comentarista italiano de Aristóteles, al oír que su casa estaba ardiendo, corrió por las calles gritando a la gente: “¡A la poética! ¡A la poética!”. Escribía por aquel entonces sus comentarios a la poética de Aristóteles.
Se conocen varios casos de hombres de letras que se han alzado de sus lechos de muerte para destruir sus manuscritos. Tales trabajos se han tomado para no dejar su gloria póstuma en manos de amigos sin criterio. Marmontel relata la graciosa anécdota de Colardeau, el elegante versificador de la Epístola de Eloísa a Abelardo de Pope. Este escritor no había destruido una traducción de Tasso inacabada. Al acercarse la hora de su muerte, reunió su obra inacabada, pues sabía que sus amigos no tendrían el coraje de aniquilar ni una sola de sus obras; trabajo reservado para él. Al darse cuenta de que moría, se alzó, como si fuera animado por una acción honorable, se puso en pie y con sus manos temblorosas cogió los papeles y los consumió en una hoguera. He encontrado otro caso de un hombre de letras de nuestro propio país que actúó de manera similar. Había dedicado toda su vida al estudio, habiendo escrito varios volúmenes infolio, que su modestia le impedía exponer a los ojos incluso de sus amigos críticos. Prometió legar sus trabajos a la posteridad, y a veces, con un brillo en su rostro, parecía alegrarse de que no fueran dignos de su aceptación. Cuando iba a morir, su sensibilidad dio la voz de alarma; hizo traer los infolios a su lecho; nadie podía abrirlos, pues estaban firmemente cerrados. A la vista de sus trabajos misteriosos, hizo una pausa. Pareció pensativo, mientras sentía a cada momento cómo le fallaban las fuerzas; de repente, levantó sus manos debilitadas y, en un rapto y con firme resolución quemó sus papeles, sonriendo a medida que el glotón Vulcano engullía cada página. La tarea acabó por agotar sus escasas fuerzas, y poco después expiró. Mrs. Inchbald, en su edad tardía, había escrito su vida en varios volúmenes; en su lecho de muerte, movida quizás por la delicadeza de no provocar ninguna discusión, pidió a una amiga que la destruyera delante de su vista, ya que ella no tenía fuerzas suficientes para completar este oficio de difuntos. Éstos son ejemplos de lo que podemos llamar heroísmo de los autores.
La república de las letras ha sufrido pérdidas irreparables a causa de naufragios. Guarino Veronese, uno de esos eruditos italianos que viajaban por Grecia coleccionando manuscritos, vio recompensada su perseverancia con el hallazgo de muchas obras valiosas. Cuando volvía a Italia naufragó, y desafortunadamente para él y para el mundo, afirma el Sr. Roscoe, perdió sus tesoros. Tanto fue su dolor en esta ocasión que, de acuerdo con el relato de uno de sus paisanos, encaneció de repente.
En torno a 1700, Hudde, un burgomaestre opulento de Middlebrough, animado únicamente por la curiosidad literaria, viajó a China para aprender el idioma y la cultura de este pueblo singular. De un mandarín aprendió los rudimentos tan difícil lengua; ni siquiera la forma de su rostro holandés engañó a los fisionomistas chinos. Obtuvo la dignidad de mandarín, viajó a través de las provincias de esta guisa, y volvió a Europa con una colección de observaciones, el producto de treinta años de trabajo. ¡Y todos ellos se fueron a pique!
La gran biblioteca Pinelia, tras la muerte de su ilustre poseedor, fue embarcada en tres navíos con destino a Nápoles. Perseguido por corsarios, uno de los navíos fue secuestrado; pero los piratas no hallaron a bordo más que libros, que lanzaron al mar. Tal fue el destino de una parte importante de aquella famosa biblioteca. Las bibliotecas nacionales a menudo han sido víctimas del mar, mientras los conquistadores las transportaban a sus propios reinos.

(Traducción: L.M.M.)

02 junio 2013

Curiosidades literarias, de Disraeli (III) : Manuscritos recuperados

Manuscritos recuperados


Nuestros clásicos solo por raro azar han escapado de la desaparición. Muchos perecieron por completo; de otros tantos no poseemos más que fragmentos; y los que el destino, árbitro ciego de las obras de los genios, nos ha conservado no son siempre los más valiosos; desgracia que, no obstante, ha servido para demostrar la pedantería de quienes alaban la antigüedad no por un sentimiento objetivo, sino como producto de un secular prejuicio.

Escribe el ilustrado compilador de L’Esprit des Croisades que una de las razones de que hayamos perdido un buen número de autores antiguos fue la conquista de Egipto por los sarracenos, que privó a Europa del uso del papiro. Aquella época ignorante no fue capaz de hallar un reemplazo; sólo se conocía la escritura sobre pergamino, que se volvió cada vez más escaso y costoso. Desafortunadamente, la ignorancia y la barbarie se apoderaron del botín de los manuscritos romanos, destruyendo concienzudamente páginas que se reputaban inmortales. Las composiciones más elegantes de la Roma clásica fueron convertidas en salmos de breviario u oraciones de misal. Livio y Tácito fueron destruidos para preservar la leyenda de un santo, y verdades inmortales se convirtieron en pobres ficciones. Los autores más voluminosos fueron los que más sufrieron; eran los favoritos porque permitían rentabilizar el trabajo de destrucción y daban mayor amplitud para futuras transcripciones. Un Livio o un Diodoro eran preferidos a las obras más pequeñas de Cicerón u Horacio; cabe atribuir a esta circunstancia, más que a los píos personajes que han preferido sus obscenidades, que Juvenal, Persio y Marcial hayan llegado a nosotros completos. No hace mucho, en Roma, se encontró parte de un libro de Livio, medio borrado entre las líneas de un pergamino en el que había sido sustituido por un libro de la Biblia; también el reciente descubrimiento de De Republica de Cicerón muestra el destino de los manuscritos antiguos.

Una divertida anécdota demuestra que los monjes no sentían gran veneración por los autores paganos. Leer a los clásicos se consideraba un pasatiempo ocioso, y a algunos les causaba verdadero horror. Para distinguirlos de otros libros, inventaron un signo desafortunado; cuando un monje quería un libro de un autor pagano, después de realizar el signo que empleaban generalmente en su lenguaje manual y silencioso para pedir un libro, añadían uno específico, que consistía en rascarse bajo la oreja, imitando al perro que se rasca con la mandíbula – porque, decían, un pagano es como un perro. De esta manera expresaban la urticaria que les producía el contacto con perros de la ralea de ¡Virgilio y Horacio!

En ciertas épocas se habría dado una heredad por la posesión de un manuscrito; o se habrían dejado en prenda por su préstamo cientos de coronas de oro; y la venta o préstamo de un manuscrito era considerada de tal importancia que se reflejaba en un acta notarial. Por muy absoluto que fuese, Luis XI no pudo obtener el manuscrito de Rasis, un escritor árabe, de la biblioteca de la universidad de París sin prometer cien coronas de oro; y su Secretario de Hacienda, a quien se encargó esta comisión, tuvo que vender parte de su cubertería de plata para hacer el depósito. Por el préstamo de un volumen de Avicena, un barón ofreció diez marcos de plata, que fueron rechazados, al considerarse que no cubrían el riesgo de perder un manuscrito de dicho autor. Estos hechos acaecieron en 1471. Uno no puede por menos de esbozar una sonrisa si considera que poco antes una condesa de Anjou compró su libro preferido de homilías por doscientas ovejas, unas cuantas pieles de marta y varias arrobas de trigo y cebada.

En estos tiempos los manuscritos eran considerados artículos de lujo; dada su escasez, eran preservados con el mayor cuidado. Incluso los usureros los consideraban objeto para una prenda. Un estudiante de Pavía, que se había arruinado en francachelas, hizo una nueva fortuna al dejar en prenda un manuscrito de un cuerpo legal; y un gramático, que se quedó sin blanca a causa de un fuego, volvió a levantar su casa con dos pequeños volúmenes de Cicerón.

Las investigaciones de los literatos para la restauración de la literatura se basaban en la siguiente idea: Europa entera había sido saqueada. Si se considera este glorioso objetivo, hay algo sublime en esta modesta industria que cada cierto tiempo descubría un autor de la antigüedad perdido, dando así un clásico más al mundo. Esta ocupación era desempeñada con entusiasmo, una especie de manía se apoderaba de muchos que invertían todas sus fortunas en viajes lejanos y altos precios. Abunda la correspondencia de los italianos ilustrados de la época, que ha llegado profusamente hasta nosotros, en anécdotas de la caza del manuscrito: sus raptos, sus alegrías, a veces sus penas, e incluso sus censuras son todas inmoderadas y excesivas. La adquisición de una provincia no habría dado tanta satisfacción como el descubrimiento de un autor poco o completamente desconocido. “!Oh, extraordinaria ganancia! ¡Oh, felicidad inesperada! Te ruego, Poggio mío, me envíes el manuscrito tan pronto como te sea posible, para que pueda verlo antes de morir”, ruega Aretino, en una carta desbordante de entusiasmo, a Poggio, que acababa de descubrir una copia de Quintiliano. Algunos de los aspirantes a sabios que participaban semejantes partidas de caza acababan expulsados, y otros recibían un elevado pago por manuscritos no auténticos; el bribón jugaba con el aficionado a los manuscritos, cuya credulidad era de mayor tamaño aun que su bolsa. Pero también entre los entendidos hubo disputas: el que había obtenido mayor éxito en adquirir manuscritos era envidiado por el de menor fortuna, y la gloria de poseer un manuscrito de Cicerón parecía aproximada a la de ser su autor. No obstante, John Aurispa, que trajo varios cientos de manuscritos de Grecia, lamenta haber elegido autores profanos antes que sagrados. Una preferencia que, nos dice, debía a los propios griegos, que no se separaban fácilmente de obras teológicas, pero que no estimaban en mucho a los autores profanos.

Se hallaron manuscritos en los más recónditos recovecos de los monasterios; no solo prisioneros en bibliotecas, sino también pudriéndose en el olvido, en rincones sucios, oscuros y apartados. Se requería menos ingenuidad para encontrar lugares en los que buscar que para entender el valor de lo adquirido cuando se obtenía. Prevalecía entonces una ignorancia universal sobre los escritores antiguos. Un estudiante de esa época considera el primero de entre los escritores latinos a un tal Valerio, sin precisar si se trata de Marcial o Máximo; coloca a Platón y Tulio entre los poetas, e imagina que Ennio y Estracio son contemporáneos. Una biblioteca de seiscientos volúmenes era reputada una colección extraordinaria.

Entre quienes dedicaron su vida a esta tarea destaca el florentino Poggio, quien se queja de que su celo no recibió la asistencia divina. En una torre perteneciente al monasterio de San Gallo, escondida en un cofre destartalado bajo un montón de basura, encontró la obra de Quintiliano. Indignado por su triste estado, decía que al menos podrían haberlo conservado en la biblioteca monacal; aunque haberlo encontrado in teterrimo quodam et obscuro carcere le permitío, con gran placer, ¡rescatar a Quintiliano de su tumba! Se ha considerado a los monjes los centinelas de la literatura, pero hechos como el que se acaba de narrar ponen en duda que su estima fuera real.

La copia más valiosa de Tácito, uno de los autores más buscados, fue descubierta en un monasterio de Westfalia. Es una circunstancia curiosa en la historia de la literatura que debamos todo Tácito a esta sola copia; pues el emperador romano así llamado hizo colocar copias de las obras de su ilustre ancestro en todas las bibliotecas del imperio, y cada año hacía transcribir diez nuevas copias; pero parece que todas las bibliotecas romanas han sido destruidas, y que la protección imperial nada significa frente al desgaste del tiempo.

El manuscrito original de las Pandectas de Justiniano fue descubierto por los habitantes de Pisa, accidentalmente, cuando tomaron una ciudad en Calabria; ese vasto código de leyes era de alguna manera desconocido desde los tiempos de aquel emperador. Este curioso libro fue llevado a Pisa, y cuando Pisa fue tomada por los florentinos, transferido a Florencia, donde aún se conserva.

A veces los manuscritos han sido descubiertos en los últimos estertores de su existencia. Papirius Masón descubrió en la casa de un encuadernador de Lyon las obras de Agobart; el artesano estaba a punto de usar los manuscritos para alinear las cubiertas de sus libros. Se dice que una página de la segunda década de Livio fue hallada por un hombre de letras en el forro de su raqueta de bádminton, mientras jugaba en el campo. Se apresuró a ir ante el fabricante de la raqueta, pero llegó demasiado tarde. El hombre había acabado la última página de Livio - ¡apenas una semana antes!

Muchas son, sin duda, las obras que han desaparecido sin pasar del estado de manuscritos. Según se deduce de una petición del Dr. Dee a la Reina Mary, parece que el De República de Cicerón se conservó en algún momento en la biblioteca cotoniana. Huet observa que Petronio probablemente estaba completo en los días de John de Salisbury, quien cita fragmentos que hoy no se pueden hallar en lo que queda de la obra del bardo romano. Raimond Soranzo, un abogado en la corte papal, poseía dos libros de Cicerón sobre la Gloria, que mostró a Petrarca, quien los prestó a un pobre y viejo hombre de letras, antiguamente su preceptor. Urgido por una necesidad extrema, el viejo los dio en prenda, muriendo repentinamente al volver a su casa sin haber revelado a nadie donde los había dejado. Nunca han sido recuperados. Petrarca habla de ellos en éxtasis y nos dice que los habría estudiado perpetuamente. Dos siglos más tarde, este tratado de Cicerón sobre la Gloria era mencionado en un catálogo de libros legados a un convento de monjas, pero cuando se les preguntó por él ya estaba perdido; se supuso que Petrus Alcyonus, médico del convento, lo había robado y, tras transcribir todo lo que pudo en sus propios escritos, había destruido el original. Obervan los críticos que Alcyonus, en su obra De exilio, tiene muchos pasajes espléndidos, que permanecen aislados en la obra, y estaban muy por encima de su genio. El mendigo, o en este caso el ladrón, fue descubierto por remendar sus harapos con parches de púrpura y oro.

En esta era del manuscrito no hay razón alguna para suponer que, cuando una obra desconocida llegaba por accidente a manos de un hombre de letras, éste haría el mejor uso de la obra y no la escondería a sus contemporáneos. Leonardo Aretino, un distinguido estudioso que vivió en los albores de la literatura moderna, encontró un manuscrito griego del De Bello Gothico de Procopio, lo tradujo al latín y publicó la obra, pero ocultando el nombre del autor y haciéndolo pasar por suya; sólo al aparecer otro manuscrito de la misma obra quedó expuesto su fraude. Barbosa, un obispo de Ugento, hizo imprimir en 1649 entre sus obras un tratado que, se decía, había obtenido al ver a uno de sus criados traer un pescado enrollado en una hoja de papel escrito, que su curiosidad le llevó a examinar. El interés que la hoja suscitó en Barbosa fue tal que salió corriendo a buscar la pescadería, hasta que encontró el manuscrito del que había sido arrancada. Lo publicó con el título de Officio Episcopi. Maquiavelo actuó mejor en un caso similar: habiendo llegado a sus manos un manuscrito de Plutarco sobre los apotegmas de los antiguos, seleccionó los que más le gustaron y los puso en boca de su héroe Castruccio Castricani.

En tiempos más recientes podríamos recoger muchas anécdotas curiosas sobre manuscritos. Sir Robert Cotton descubrió un día que su sastre llevaba en la mano, lista para tomar medidas, una Carta Magna original, con todos sus apéndices de sellos y firmas. Compró la singular curiosidad por una bagatela, ¡recuperando de esta manera lo que durante mucho tiempo se había dado por perdido! Nos cuenta esta anécdota Colomiés, quien residió largo tiempo y murió en este país. Una Carta Magna original se conserva en la biblioteca cotoniana; presenta marcas de decrepitud, pero dejo a la investigación arqueológica descifrar si tales marcas son producto de la guadaña invisible del tiempo o de las humildes tijeras de un sastre.

El cardenal Granvela dejó tras de sí varios baúles llenos de una prodigiosa cantidad de cartas, escritas en lenguas diferentes, comentadas, anotadas y subrayadas por su propia mano. Estos curiosos manuscritos, tras su muerte, quedaron en un desván a merced de la lluvia y las ratas. El administrador vendió cinco o seis de los baúles a tenderos. Fue entonces cuando dicho tesoro quedó al descubierto. Varios hombres ilustrados se dedicaron a reunir tantas de estas reliquias literarias como pudieron. Lo que salvaron formó ocho gruesos infolios. Entre estas cartas originales se cuenta un gran número escrito por casi todas las coronas de Europa, con instrucciones para sus embajadores, así como muchos otros documentos oficiales.

Recientemente, una historia secreta de Sir George Mackenzie, Lord Advocate de Escocia, se encontró entre una masa de papel usado vendida a un tendero, que tuvo el sentido común de discriminarlo, poniendo este curioso memorial en conocimiento del Dr. M’Crie; el original, escrito a mano por su autor, ha sido depositado en la biblioteca de los abogados. Hay un vacío, que contenía la historia de seis años. Esta obra despertó la curiosidad sobre el resto de manuscritos, que demostraron ser poco más que los desechos de la oficina de un fiscal.

El Diario de viaje a Italia de Montaigne sólo recientemente ha sido dado a la prensa. Un capellán de Perigord, que viajaba por esta provincia para hacer investigaciones relativas a su historia, llegó al antiguo castillo de Montaigne, en posesión de un descendiente de este gran hombre. Preguntó si se conservaban archivos. Le mostraron un cofre comido por los gusanos, en el que durante largo tiempo se habían guardado papeles intactos por las abúlicas generaciones de Montaignes. El capellán, con intrepidez filosófica, y tras superar nubes de polvo, consiguió finalmente quedarse con el manuscrito de los viajes de Montaigne. Dos tercios de la obra están escritos de puño y letra por Montaigne, y el resto fue escrito por un criado, que hacía las funciones de su secretario, y quien siempre habla de su señor en tercera persona. Pero, al final, lo importante es que escribió lo que Montaigne dictaba, ya que las expresiones y egotismos son propios de Montaigne. La caligrafía y la ortografía, nefastas, lo hacen casi ininteligible. Prueba, asimismo, afirma el editor, de que Montaigne no mentía al decir que era poco diligente en la corrección de sus obras.

Nuestros ancestros eran grandes ocultadores de manuscritos: los singulares manuscritos del Dr. Dee fueron hallados en uno de los compartimentos secretos de un cofre, que había pasado por muchas manos sin ser descubierto; y aquella vasta colección de documentos oficiales de Thurloe, el secretario de Cromwell, que formaban en torno a setenta volúmenes en los manuscritos originales, cayeron accidentalmente del falso techo de una habitación del Lincoln Inn.

Yo mismo descubrí una proporción nada desdeñable de las cartas de Lady Mary Wortley Montague en manos de un fiscal. Hoy se hallan muchos manuscritos valiosos entre los papeles familiares de los descendientes de personas célebres; pero las publicaciones póstumas de este tipo se llevan normalmente a cabo por los más sórdidos motivos; el discernimiento y el buen gusto sólo perjudicarían los puntos de vista de los editores.
Traducción: L.M.M.

07 abril 2013

Oficio poético: correspondencia Jorge de Sena - António Ramos Rosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son ya varios los volúmenes de la ingente correspondencia de Jorge de Sena que han visto la luz en los últimos tiempos gracias a la labor de su viuda, Mécia de Sena, y de Jorge Fazenda Lourenço; entre otros, los que recogen las cartas intercambiadas entre Sena y Sophia de Mello, Eduardo Lourenço, José Régio, Vergílio Ferreira,… El de más reciente aparición recoge parte sustancial de las jugosas cartas que Sena y António Ramos Rosa se enviaron entre 1952 y el año de la muerte del primero. Como a buen seguro la correspondencia entre estos dos gigantes dará para mucho (y a ella volveremos a referirnos), quedémonos hoy con un trecho de la relación epistolar en que ambos correspondientes definen su visión del oficio poético. La de Sena es su breve, pero definitiva, versión de la rilkeana Carta al joven poeta; la de Ramos Rosa, la inevitable respuesta del joven poeta al maestro (que nos negó Rilke). Dos veneros que nacen de fuentes distintas (la del compromiso radicalmente individual Sena; la de la aspiración del todo Ramos Rosa), pero que confluyen inevitablemente en la pasión con que ambos dedican sus vidas al poema.

Jorge de Sena: “La poesía es un veneno que liquida más o menos deprisa a la persona que inocula. Siempre ha sido así: no se imagine que eso es una conquista amena de la poesía moderna. No. Siempre lo fue, como actividad absorbente del espíritu, como ocupada ociosidad. Lo que nunca fue, a no ser después de brillantes épocas, es un veneno de segunda mano, es decir, un veneno no por sí mismo sino porque nos dejemos llevar en el aroma que desprenden otros realmente envenenados… Para mí el mayor peligro es precisamente este: el de, si somos poetas, serlo menos arriesgadamente de lo que merecería la pena. La comunión de la poesía ajena, de la mejor, es un incentivo insaciable y una consolación. ¿Me permite que le diga algo? Tengo la impresión de que ustedes [los jóvenes poetas] leen demasiada poesía (¿sabe usted que nosotros, los poetas, somos tradicionalmente los peores y más descuidados lectores de versos?) – se embeben de poesía… y van después a verla, a buscarla, a identificarla, en las cosas, en los acontecimientos, en las palabras. Y claro que la encuentran. Pero aquella otra, única, que habría de acercase un día hasta ustedes –esa nunca llega. Y después, se pierde el hábito… y puede que no vuelva nunca más. Y la persona continúa siendo poeta por ocupación, más perspicaz y más hábil cuanto más siente que huye la otra, y que necesita justificar a sus propios ojos una existencia comprometida por la mirada ajena. Porque no es el derecho de no hacer lo que no queremos hacer lo que nos convierte en poetas: es la propia actividad poética la que nos niega ciertas cosas en que no puede ella apoltronarse perezosamente.” (27/01/1953)

António Ramos Rosa: “!Qué difícil y qué fácil ser poeta! Ser poeta –he ahí el enorme problema: ¿se es poeta? Reconociendo la osadía de basarme en mí mismo, diré que yo, si soy poeta, al cabo no lo soy porque de nada me ha valido serlo. Ser poeta debería imponer una presencia constante, válida, luminosa, el poeta debería bastarse enteramente a sí mismo y transportar consigo el universo. Pero, ¿quien, !ay!, se siente hoy con fuerzas para semejante tarea? ¿Acaso no está muriendo la poesía? ¿La posibilidad de este imponderable que es la poesía no es al final un resultado de un todo cultural, socio-económico que falta aquí por completo? ¿Dónde queda esa independencia del poeta o, por otro lado, no es la independencia algo que se consigue gracias a ese complejo todo socio-económico-cultural? Claro que los que no son poetas tienen siempre mil determinismos para explicar la razón por la que no son genios… ¿Pero no se puede plantear la cuestión en estos términos?” (18/04/1953)

Otras dos reseñas

Enrique García Fuentes escribió ayer en el “Trazos” del Diario Hoy una generosa e inteligente reseña de “Limo y luz”; aquí dejo su último párrafo:

“Nos une la lengua común pero parece separarnos una distancia más espiritual que física; dicho de otra manera, el DF que nos presenta Marina es algo que, aun considerándolo casi propio no terminamos de lograr hacer nuestro del todo. ¿Tal vez porque el limo que sustenta la poliédrica escritura de este libro está fermentado en nombres que nuestro sustrato no alcanza o porque la luz que esta madura remembranza transmite es demasiado compacta para nuestros ojos vueltos sólo a lo que consideramos estrictamente cercano? Pues sepan todos que esta obra es de las que derriba tópicos y nos enfrenta a realidades que sólo están distanciadas por nuestros prejuicios; tarea de cada uno será afrontarlo desde la lectura concentrada de tan delicado canto de amor como es este libro.”

También recientemente ha aparecido, en el segundo número de la revista canaria “Piedra y cielo”, una curiosa reseña de “El encantamiento”, la antología de Alberto de Lacerda. Curiosa entre otras razones porque el reseñista, Régulo Hernández, parece más preocupado en demostrar que conocía la poesía de Lacerda antes de la aparición de esta antología que en la propia tarea de reseñarla. No importa. Lo que de verdad importa es que “El encantamiento” haya servido de excusa para que la revista dedique buena parte de su espacio a Alberto de Lacerda (incluyendo, además de la reseña, una traducción de siete poemas extraídos de los “Selected poems”). En la tarea de difundir la vasta obra de Lacerda no sobra ningún esfuerzo.

05 abril 2013

Amistad y más caminos errados

Siempre he pensado que la amistad no es accesoria a la tarea de la escritura, sino elemento que habita en su mismo centro. “El encantamiento”, la antología de Lacerda, surgió de la amistad con Luís Amorim de Sousa, y además me regaló a otro amigo, Elías Moro, quien ha tenido la gentileza, él que domina este género como pocos, de publicar en su blog algunos aforismos de mis “Caminos errados”.

08 marzo 2013

He escrito el libro…

Oigo y leo con cada vez más frecuencia, aun a gente que uno tiene por inteligente, una frase que causa cierto placer al oído la primera vez que se escucha, pero que, cuando comienza a repetirse y amenaza ya con volverse lugar común, acaba por revelar su verdadera naturaleza: la de ocurrencia, cuando no simple y llanamente la de estupidez. Pese a ello el escritor, siempre afectado, consciente de la trascendencia de las palabras que va a pronunciar, se planta delante del micrófono —esto se dice siempre delante de un micrófono, y si es posible delante de una cámara, pues delante del espejo produce un efecto mucho menos espectacular— y sentencia sobre su último libro: “He escrito el libro que me habría gustado leer”.  A mí me suele pasar justo lo contrario: de vez en cuando encuentro libros que me habría gustado escribir. Rareza mía.

18 febrero 2013

Dos poemas de A.M. Pires Cabral

EN EL CASTILLO DE ANSIÃES

Ya sé que lo que pasado pasado está,
la historia no es una serpiente
que se muerde la cola;

que los que aquí vivieron ya ni huesos son,
sopló sobre ellos el viento
extinguiendo la poca llama que fueron;

que cesó todo ruido, de fiesta o querella,
descompuesto en la acidez de los días;

que los lugares donde acaso podría haber quedado
impresa alguna huella accidental,
alguna hendidura en la piedra con vocación de historia,
están cubiertos por zarzas y avena salvaje.

Ya sé que los horizontes
que vamos recogiendo de lo alto de la muralla
con las cautelosas pinzas del afecto,
contrariamente a los que murieron,
ahí siguen
perpetuo desafío al viento y la mirada.

¿Y si ya sé todo eso:
carne frágil, minerales perennes;
y si con todo eso me conformo, como hombre
sobre quien también un día ha de soplar
el tiempo, y está dispuesto a perdonar;

por qué esta agua insumisa
que lentamente me moja el reverso de los ojos?


¿DE QUÉ SE RÍE YORICK?

I

¿Qué hace reír al bobo Yorick?
Completamente carcomido, circunscrito
a una caja de huesos vagamente redondeada
con algunos orificios
por donde se diría que entró la vida
y ahora no entran sino escarabajos,
babosas, larvas, las extensas
raíces de las hierbas dañinas
-¿qué hará reír a este hombre que fue?

Solo quizás –digo yo-  las impertinentes
cosquillas de la eternidad.

Que también a mí algunas veces
me han hecho reír antes de tiempo.


(De ARADO, Cotovia, 2009; Traducción: L.M.M.)

17 febrero 2013

Coloquios con Berenson

Berenson_positive
De uno de mis últimos viajes a México me traje en la maleta los Coloquios con Berenson de Umberto Morra, libro que había leído citado en algún otro libro que -como me suele pasar- ya no recuerdo. Confundido desde entonces en una de las pilas en el suelo de la biblioteca, ha llegado esta semana, cuando ya ni me acordaba de él, hasta mis manos, intonso aún. La edición, la del Fondo de Cultura Económica de 1968, es (hasta donde sé) la primera en nuestra lengua, y se encuentra sin mayores dificultades en  lance. En España (repito, hasta donde sé, ojalá alguien me corrija), los Coloquios permanecen inéditos, algo que hasta cierto punto esperaba.  Confieso que me ha sorprendido más descubrir que las obras más conocidas y leídas de Berenson, su serie de cuatro estudios sobre los maestros italianos agrupados bajo el título Italian Painters of the Renaissance , no han vuelto a ser publicadas entre nosotros desde la edición de Garriga en 1954.  De nuevo aquí, México nos llevó la delantera: la editorial Leyenda (fundada en tierras mexicanas por el exiliado valenciano Bolea) los publicó en 1944. En bella edición con prólogo y traducción de otro exiliado, Juan de la Encina, admirador de la obra de Berenson y quien se empeñó por introducirla entre nosotros –con escaso éxito, como se puede comprobar.
Formado en Harvard y Oxford, relacionado con los mayores coleccionistas de arte, Berenson fue considerado uno de los historiadores del arte más relevantes de su tiempo, hasta tal punto que sus cuatro obras mayores eran conocidas en la disciplina como “los cuatro evangelios”, destacando por su ingente labor de atribución de obras. Sus libros, por ejemplo los de la serie de los pintores italianos del Renacimiento, recogen largas listas de obras clasificadas por autores, pero también brillantísimos ensayos introductorios que abren los ojos de cualquier profano acerca de las circunstancias en que se desarrollan cada una de las escuelas y las peculiaridades del pincel de cada uno de los maestros.
Entre 1931 y 1940, el periodista italiano Umberto Morra frecuentó la residencia de los Berenson, la villa “I Tatti”, en las colinas de Settignano, a las afueras de Florencia. Pronto el periodista comenzó, provisto de cuaderno, a tomar notas de las conversaciones con Berenson. Esos apuntes conforman la base de los Colloqui, que Morra publica en 1963, poco despúés de la muerte de Berenson y en los que la única voz que suena es la del maestro.
A continuación se transcriben algunos fragmentos de estos jugosos Coloquios (que en algúm momento fueron editados con el subtítulo “Del arte y la vida”), en los que Berenson revela una inteligencia vastísima, pero nunca abstracta, siempre apegada a la materia de que el hombre y, sobre todo, el arte están hechos, al mundo. A la filosofía (envanecida de su tiempo), Berenson opone la materialidad de la historia, la materialidad de la belleza hecha arte. Una inteligencia que se define a través de la lente del arte más bello, el arte de la última época de la historia occidental en que creímos que podíamos ser dioses. 

Arte

Para apreciar la pintura, una sola enseñanza es posible: mirar; mirar hasta que la pintura haya penetrado adentro y forme parte del ánimo… He pasado días enteros en el Louvre, parado frente a los cuadros… He aprendido a conocerlos todos, uno por uno, a volver a verlos en mi memoria, como estaban dispuestos en las salas; entonces han empezado a trabajar dentro de mí…

*

Nada me satisface como el arte antiguo. Su necesidad, su sencillez, su inmediación, su verdadera humanidad, a la que yo vuelvo como una necesidad. Comer pan, beber agua, para mí es lo mismo.

*

En el barroco se toma contacto nuevamente con la tierra, el arte se hace, así, popular; por esto también se puede seguir fabricando barroco naturalmente.

*

Los brazos del Moisés son musculosos pero delgados; lo demás, tronco, cabeza, barba y pies son de un gigantesco Dios fluvial; ningún misterio en la ideación, sino una gran forma marina vestida con profusión de algas. Las tablas de la ley desaparecen. Pero la delgadez de los brazos, pegados a las grandes espaldas y a las grandes manos, !cómo es ya un signo barroco!

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La esencia de lo bello. Según mi parecer, si se proecede indagando, en el fondo de lo bello se encuentra lo bueno, como en el fondo de lo bueno se encuentra lo bello; es una fusión que forma el sentido del destino humano; bello (y bueno) lo que no contradice, sino que ayuda y acompaña el destino humano, un quid que tiene, por lo tanto, en sí algo de heroico y trágico.

*

Miguel Ángel hubiera debido morir a los cuarenta años, al terminar la Capilla Sixtina., Se habría perdido así su Juicio Universal, las tumbas, la capilla Paolina y otras obras; pero, por otra parte, se habría ganado con no tener que hacer cuentas, ahora, con su prepotente influjo que se ha difundido por dondequiera. En Florencia el camino del arte estaba ya marcado; pero en otras partes los efectos del ejemplo de Miguel Ángel fueron deletéreos. La retórica del músculo, del esfuerzo, de lo enorme, del sentimiento heroico sobre las almas que no habían nacido para participar en eso, enturbió por todas partes la época sucesiva; de los Carracci a Tiziano, y a Tintoretto y hasta el último Rafael, sin contar a los extranjeros. La energía humana cuando es tan potente es devastadora; piénsese en Wagner.

Libros

La fama del África, el poema latino de Petrarca, es provocada por la dificultad y por el tedio de la lectura,; quien llega al fondo está tan apresado por la importancia de su cansancio, que los pocos versos bellos que se encuentran en él le parecen maravillosos.

*

Leer las cosas nuevas con el solo objeto de “estar al corriente” es uno de los pecados contra el espíritu. A las cosas nuevas no hay que dedicarle más que la décima parte del propio tiempo y una parte mínima de la propia energía.

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Mary (Berenson; su mujer) ha arruinado mi vida alentándome a escribir libros. Si no hubiese escrito libros, ¿qué me habría vuelto? Me habría vuelto un verdadero gentleman.

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El arte del narrador es distinto del “saber escribir”… Los ingleses lo tienen en un grado sumo; por eso son excelentes historiadores…Si un libro está bien “narrado” lo leemos con gusto, y luego apreciamos también sus otras cualidades.

Otros

En Nápoles sentía un éxtasis como el de la Virgen Anunciada ante el Ángel. El milagro se debe al hecho de que la vida civil en Nápoles, como en casi toda Italia, dura desde hace tres mil años. No es así en todas partes: hay vacíos de siglos. Especialmente en Grecia.

*

Los filósofos, todos, usan palabras que repiten continuamente sin haberlas definido; cada uno tiene su preferida, como Croce la palabra “espíritu”; yo entiendo más o menos lo que significa, pero quisiera que la explicase él por sí mismo.

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Los psicoanalistas no se ocupan de la mente de los pacientes, no creen en la mente sino en un intestino cerebral.

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Los hombres no saben resistir la atracción de los automóviles. Si se hubiese podido presentar un automóvil a Platón, Platón se habría vuelto Ford.

16 febrero 2013

Álvaro Valverde lee “Limo y luz”

La siempre inteligente lectura de Álvaro Valverde, hoy en su blog: http://mayora.blogspot.pt/2013/02/un-mundo-raro.html

En la presentación de LyL en Madrid, esta misma semana, decía yo, y perdón por la cita:

“¿Por qué “Estampas luminosas de la ciudad de México”? Por homenaje también. Homenaje por partida doble: a Manuel Gutiérrez Nájera, uno de los fundadores de la crónica contemporánea en nuestra lengua; y homenaje a Alfonso Reyes, que entre 1914 y 1917 escribió los Cartones de Madrid y de esa manera dejó en nuestra plaza (en la Puerta del Sol o en la Plaza Mayor, aquí a unos cuantos pasos) un guante que solo alguno de los exiliados españoles que recalaron en mexicanas tierras (pienso en el Rejano de La esfinge mestiza; el Moreno Villa de las dos Cornucopias mexicanas; antes que ellos en el Zorrilla de México y los mexicanos) buscó recoger, con desigual éxito, y con igual (por nula) recepción en España.”

Pues lo dicho, Álvaro, muchas gracias.