20 mayo 2015

Rui Knopfli, "El país de los otros"

Escribía antesdeayer que los últimos estertores del Imperio portugués no impidieron que los territorios que pronto dejarían de ser coloniales nutrieran a brillantes poetas, algunos de los mejores de esa lengua en las décadas del cincuenta y el sesenta. Es el caso de Rui Knopfli (RK), nacido en Mozambique y autor de los poemas reunidos en El país de los otros, nueva entrega de las Letras Portuguesas de la Editora Regional de Extremadura. Muchos de esos poetas se perdieron en el limbo existencial de los que no son de ningún lado, de los condenados -la razón de la condena aquí poco importa- a vivir en países que pertenecen a los otros. Y en esos terrenos tan pantanosos del extrañamiento sembraron su palabra, y recogieron frutos, acerbos y emocionantes, que el paso del tiempo ha demostrado hechos de la materia de la poesía verdadera. Rescatarlos del otro limbo (el editorial) es tarea antes gozosa que urgente. La urgencia es descartada de antemano por el propio RK, quien ha escrito con lucidez y no sin ironía acerca de los renglones torcidos en los que se escribe el canon literario: "Entonces/ mi nombre comenzará a aparecer/ en antologías y, para tedio/ de maestros y niños, se harán/ ediciones escolares de mis libros./ Ese día seré olvidado" ("Posteridad", Mangas verdes com sal). El gozo, ese, es el que sentimos cada vez que un poema de RK mueve algo en nuestro interior. Probablemente se trate de un poema sencillo, discreto y dicho como en voz baja, en la intimidad insuperable de la página. Pero también es muy probable que su lectura nos invite a franquear las puertas de una cofradía indisoluble, aquella que forman el poeta y sus humildes "treinta lectores". De esos treinta, unos pocos son nuestros. En el prólogo a "El país de los otros" me refiero a los más tempranos, Crespo y, sobre todo, Gabino-Alejandro Carriedo, que se correspondió durante años con el portugués nacido en Mozambique. Entre los modernos, no puedo dejar de mencionar a dos, Martín López-Vega y José Ángel Cilleruelo, con quienes antes he compartido conversas de admiración por el poeta de "vago, extraño nombre" ("Autorretrato", Mangas verdes com sal) y comparto, desde hoy, el placer de haberlo traducido. 


25 abril 2015

Dos poemas de Ruy Cinatti

Ruy Cinatti, Lisboa, 1965,
fotografía de João Cutileiro
Por el imperio colonial portugués en descomposición anduvieron algunos de los mejores poetas que esa lengua ha dado en la segunda mitad del siglo pasado. Si Rui Knopfli es el poeta de Lourenço Marques, Ruy Cinatti (1915-1986) lo será de Timor Oriental. Nacido en Londres (en una familia de diplomáticos), formado como ingeniero agrónomo, fundador en Lisboa de la influyente revista Cadernos de poesia, Cinatti pronto comenzará a trasegar los caminos del imperio. Tras un paso iniciático por las islas atlánticas de São Tomé e Príncipe y Cabo Verde, a mediados de los cuarenta desembarca en esa otra isla, "roja y verde", de Timor, que habrá de marcar definitivamente su existencia. A ella volverá en otros periodos, sirviendo en diversos puestos de la Administración colonial. Y a ella dedicará parte sustancial de su obra como antropólogo (por ejemplo, un bello Cancioneiro para Timor donde el estudio de costumbres se funde con la fotografía y la poesía), pero también y sobre todo algunos de sus mejores poemas, casi siempre los más emocionantes en el conjunto de una obra tan amplia como irregular. Aquí quedan dos, extraídos del libro Uma Sequência Timorense (1970).


PROPÓSITO INAPLAZABLE

Lo que duele es ver al pobre
timorense escuálido beber
agua del pantano,
donde desaguan desperdicios,
comer tierra
y saludarme, cuando
circulo por la carretera,
dios ocioso.

Tantos y tantos otros,
timorenses escuálidos,
me miran como si su deber fuese
cavar fosas,
plantar un banquete
de maíz, arroz y carne,
llenar copas vacías,
de borrachera y sueño,
que no duela,
mortifique el ocio,
reanime el tiempo.

Huir es mejor que prometer
esperanza para mejores días.

Huir es atrasar
el discurso límite
frenado por las ruedas
de la duda maníaca.

Yo no prometo nada.
Invoco los montes
heridos por la luz,
el mar que me circunda
en Dili, tierra-tedio y de mala gente.

Me afino según el timbre
limpio de las almas
de los timorenses escuálidos
que me deletrean vivo.

Y sigo,
limpios el alma y el rostro,
sujeto a la condición que me redime.
Los timorenses solo tendrán razón
cuando me maten.


EN TIERRAS DE NÁRI-LAUTEM

De la gente,
el bullicio matutino.
De la gente
bello el acorde de los gallos
abriendo las alas
sobre los túmulos.
Bello
el sol que limpiaba
los ojos
de los niños
que tropezaban con el día.
De la gente,
también, y sabio,
el pensar de los viejos.

Y solo quedó
el cementerio pegado
a las casas ya podridas.

Solo los muertos no han muerto
en Nari, tierra de gente.


Traducción: LMM

23 febrero 2015

"Dispersa sed", una antología de António Ramos Rosa


Este de arriba viene de lejos, de México para ser exacto. Ha tardado sus buenas cinco o seis semanas en cruzar el charco. Teniendo en cuenta ese largo viaje, no deja de ser curioso que los poemas que en él se contienen fueran escritos aquí mismo, en un apartamento situado cuatro bloques más arriba del lugar en el que escribo estas líneas, en las Avenidas Novas de Lisboa. Pues aquí al lado vivió durante cuarenta años António Ramos Rosa, y en ese modesto apartamento escribió a buen seguro parte sustancial de los poemas que su hija, Maria Filipe, ha seleccionado ahora para esta antología, la primera amplia del poeta algarvío que se publica en México, y que uno ha tenido el placer de traducir con Piedad Montero para La Otra, la editora del poeta mexicano José Ángel Leyva. Aunque en España Ramos Rosa está parcialmente editado, con magníficas traducciones, entre otros de Campos Pámpano y Janés, siempre es buena la ocasión de volver a uno de los poetas más definitivos de la segunda mitad del XX. Uno de esos (y con el paso de los años uno se da cuenta de que no son tantos) que aguantan la ordalía de la relectura, que cada vez renuevan la epifanía que sentimos en el primer hallazgo de sus versos. Un poeta cuya palabra es siempre nueva, en el sentido que Alberto Caeiro le enseñó a su discípulo Álvaro de Campos, y que este dejó escrito en el tratado de filosofía más verdadero que uno haya leído, las Notas para a recordação do Meu Mestre Caeiro -que todo lo dejó dicho, y eso  explica no poco de la deriva de todas las filosofías que siguieron. Dice Caeiro: "Todas las cosas que vemos debemos verlas siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que las vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aunque sea la misma de ayer. La gente ya no es la misma ni tampoco la flor. El amarillo en sí no puede ser ya el mismo. Es una lástima que la gente no tenga ojos para saber eso, porque entonces todos seríamos felices". Palabras que hablan de cosas sencillas: flores, colores, ojos, hombres felices y hombres desgraciados. Palabras que hablan de cosas sencillas, como las del mítico "Poema dum funcionário cansado" de António Ramos Rosa: "¿Por qué me siento irremediablemente perdido en mi cansancio?/ Deletreo viejas palabras generosas/ Flor muchacha amigo niño/ hermano beso novia/ madre estrella música/ Son las palabras cruzadas de mi sueño/ palabras soterradas en la prisión de mi vida/ así todas las noches del mundo en una única noche larga/ en un cuarto solo".

10 febrero 2015

El oficio según Al Berto


Fotografía de Felicienne Marboeuf

“Crees que eres escritor y vives como escritor. Con independencia de lo que escribas, te inventas un escenario de escritor. Porque vives con mitos en la cabeza y eso te parece bellísimo. Crees que un escritor debe comprarse unas pantuflas y una bata. Piensas que es indispensable. Un escritor tiene que tener unas pantuflas y una bata. Tiene que tener una buena pluma estilográfica. Tiene que tener varias cosas que forman parte del mundo de la escritura, aunque no escriba nada. (…) Escribes y tienes que vivir rodeado de todas esas cosas que forman parte de la escritura: los papeles, los cuadernos, algunos libros. No muchos. Has perdido en parte la locura de querer tener todos los libros, permanentemente, sobre ti, la biblioteca ambulante encima. De eso ya no queda mucho. Pero lo hubo. ¿Te acuerdas? No te movías sin tus libros. Fue quizás lo último que perdiste. Quizás ya no sea demasiado importante andar con todo eso detrás.
El escritor tiene siempre un millar de personas dentro de sí —murmuras mientras te miras al espejo. Ves a alguien que necesita un litro de café y una buena ducha para despertarse, y que encuentra una dificultad inmensa para reconciliarse con el día. Colocas la bata para tapar el pecho descubierto. Esto es muy difícil. Cada mañana, despertar siempre. De noche es siempre más fácil, por lo menos reconocerte en esa imagen. Es obvio. La soledad se paga… Pero un escritor está por encima de la condición humana. Esto es, necesita nombrar las cosas para que existan. Y, en el momento en que las nombra, uno se coloca en una posición de dios o demiurgo. Desde este punto de vista el escritor tiene la posibilidad de desdoblarse en todo, no solo en personas sino en objetos, animales, en todo. El universo entero debe estar en su interior, si no, no es un escritor.
A día de hoy solo escribes en casa. Y eso te protege del exterior. Escribes siempre a mano, no te gustan los ordenadores, pero te gusta el ruido de la máquina de escribir. Sientes una inclinación hacia el lado físico de la escritura: el papel, el olor de la tinta, las plumas. Hay una faceta en la belleza del momento en que se escribe que tiene que ver con eso y que siempre provoca en ti un gran placer, que la escritura no siempre provoca. Odias los bolígrafos. Ni siquiera eres capaz de escribir con ellos. Con la pluma estilográfica, la textura de la tinta en el papel forma parte del propio placer de la escritura. Durante muchos años escribiste metido en la cama —y actualmente solo consigues leer acostado— pero ahora, como tienes una ventana mirando al mar con una vista suntuosa, te sientas ahí a trabajar. Cuando cambias de lugar, tienes tendencia a escribir cosas emocionales. Hay que producir durante el invierno, porque a partir de la primavera otorgas mucha atención a los vinos, las comidas, las salidas nocturnas… Para decir verdad, no te apetece hacer nada, el verano para ti es algo muy físico. Quizás es porque eres Capricornio…
Ahora podrías poner un disco […] Pero ahora escribes. Y cuando escribes no oyes música. Tienes un ruido de fondo que normalmente es la radio. Curiosamente. Por razones obvias: hace muchos años no había dinero para discos ni tocadiscos. Y basta con que haya un ruido, y muchas veces ni identificas lo que estás oyendo. Hace compañía. Luego, a veces hay algo que despierta la atención y oyes un poco más sin llegar a saber quién toca. Es, como se dice, tener compañía, mucho más que el ruido. Esto te hace estar concentrado, te obliga a concentrarte.
Cuando pasas al papel, el ritmo de trabajo se altera. Mantienes una disciplina absolutamente férrea: no sales de casa, adoptas hábitos alimentarios frugales y tienes una capacidad de trabajo de veinticuatro horas al día si es necesario. Es lo que tú asumes como trabajo de escritor. La primera versión es una carta de marear, tiene siempre algo de residual: al pasar al papel algo se pierde. Es preciso retomar eso y ese proceso es extremadamente doloroso porque hay cosas que la memoria borra completamente y porque el efecto físico de la escritura es otra realidad. Hay una versión, entre líneas otra, en el margen de las hojas hay listas inmensas de palabras, ideas para otros poemas, pequeñas iluminaciones… Hay un momento en que sientes la necesidad de despersonalizar todo aquello, para una primera limpieza en serio, y eso presupone pasarlo a máquina. Es la parte más terrible: para que no haya ninguna corrección a mano, llegas a pasar un poema doscientas veces a máquina y a veces acabas por volver a la versión inicial, que es la más desequilibrada pero la que más te gusta… No conservas esas versiones: en cuanto hay una nueva, las anteriores van a la basura. Pero el trabajo de corrección, la depuración, no te fascinan, porque tu vida es cada vez más barroca: te fascina asumir enteramente la vida de “escritor”, con todos sus rituales. No solo los propios, sino los de los otros: tener pantuflas a lo Tenessee Wiliams, bastón a lo Borges,… No eres capaz de releer De repente, el último verano sin tener al lado una nevera portátil con vasos de cristal y mucho güisqui y una bata y unas pantuflas como Tennessee Williams aparece en fotografías. Esto se complica cuando lo asumes en lo que escribes: por momentos, te sientes el actor de tu propia escritura...”
Al Berto, “Os dias sem ninguém”, distintas procedencias, tomado de Anghel, Golgona: A Metafísica do Medo: Leituras da obra de Al Berto, tesis de Doctorado en Literatura Portuguesa Comparada, Universidad de Lisboa, 2008, pp. 219 ss.
Traducción de L.M.M. (con Íñigo Linaje y Karla Olvera en mente).

29 diciembre 2014

Mucho Júdice

Gracias al oído atento de Hugo Gutiérrez Vega y Marco Antonio Campos, el suplemento cultural de La Jornada dedica buena parte de su último número del año al poeta luso, clausurando por todo lo alto el que bien podríamos llamar "año Júdice": aquel en que, por fin, quedó asentada entre nosotros su condición de clásico de nuestro tiempo. Dos poemas inéditos del propio Nuno (que, como siempre, dan para mucho) y estudios acerca de distintos aspectos de su obra por García Montero, el poeta y ensayista portugués António Carlos Cortez (buen amigo, y, con Pedro Eiras, uno de los criticos más brillantes de su generación) y, sobre todo, por varios de sus traductores: la mexicana Blanca Luz Pulido, Jenaro Talens y quien estas líneas escribe, honrado, y, por qué no decirlo, algo abrumado por semejante compañía. Aprovecho para dejar constancia de una errata que se ha colado en mi texto: donde dice "anti-Camões" debe decir "supra-Camões". Dicho queda. El número puede leerse, íntegro, sin suscripciones ni historias, aquí. Ay, las comparaciones...

27 diciembre 2014

La crítica en España

La crítica (1906), aguafuerte de Julio Ruelas

Sostiene el crítico en las páginas de uno de los suplementos culturales (?) de referencia en nuestro país: "Hecho en falta contiene 79 poemas. Sin duda, una cantidad suficiente". Sin duda. Y, ay, de quién se atreva a dudarlo.


24 diciembre 2014

"Segunda elegía de Londres", de Alberto de Lacerda

Portada de Elegías de Londres (1987), en la
edición de la Imprensa Nacional-
Casa da Moeda, sobre dibujo de Paula Rego.
Una reciente conversación con Luís Amorim de Sousa, albacea literario de Alberto de Lacerda (y que continúa dedicando sus mejores esfuerzos, ahora desde Oxford, para conseguir que la obra de este último no se pierda en el olvido), me trae de vuelta a la poesía de Lacerda, que nunca realmente he llegado a abandonar. Dentro de su obra de madurez, la Segunda elegía de Londres ocupa un lugar especial. Fechada en la capital británica en febrero de 1985, en sus versos recrea el poeta aquellos espacios de la remota infancia africana que ya solo existen en su memoria. Los espacios de un imperio extemporáneo, "emblema de injusticia universal" que, no obstante, en los ojos del niño se revisten de humanidad, volviéndose habitables. Y que son revisados con esa mezcla de "buena fe y mala conciencia" (las palabras son de Eugénio Lisboa) con que fueron sentidos por aquellos a los que tocó vivir la descomposición de aquel último imperio (Knopfli, Cinatti. Luandino Vieira o los propios Lisboa o Amorim de Sousa).





SEGUNDA ELEGÍA

Ver lentamente transparente
lo que desde el inicio casi siempre
se ocultara —
la misma luz de la infancia
                                           emanando
del interior del ser y del centro de la tierra
(el cuerpo de cinco años un cuerpo de luz
por entre la luz apabullante del huerto africano
que mi madre plantara)
hasta ese promontorio extremo
de la percepción deslumbrada
era un balcón
                        al cabo
                                     secreto
ambigua presencia
sin relación con todo pero
que oprimía

Desde siempre
                        hubo planes
sin relación intrínseca
cuyo desencuentro yo sufría
las fuentes
que no se tocaban
por detrás de todo
la tiranía doméstica
emblema de la injusticia
universal

Pero la luz me llevaba siempre
de la mano

La propia inocencia prolongada del cuerpo
era una iridiscencia
que sobrevivió a la túnica rasgada
muchos años más tarde
en la roca del deseo

En el terror se ocultaba lo que yo no entendía
miasma de la soledad brutal

Todo era ajeno
                         todo me era voluntariamente
alejado de la alianza
que el corazón gritaba cada vez más alto
queriendo alcanzar

Ambiente
                        decían
                                    impropio para el consumo
Todos los días se hablaba de regreso

Niños negros con quienes raramente jugaba
en la sanzala
lejos bien lejos de la casa
casa grande
que llamaban palacio

Noches
noches enteras
                         un batuque
muy muy lejano

Son que me laceraba hasta la angustia
en un deseo en una nostalgia sin nombre
de no sé qué no sé dónde

Lo que nunca tiene explicación
comenzó en ese ritmo lejanísimo
oído interminablemente toda la noche

Joaquín ayo adorado
que me bañaba y sin palabras
me dejaba lavar
                           las partes que Camões
llama vergonzosas
y no lo son
                        nunca lo fueron

El cocinero —no recuerdo su nombre—
que me contaba historias en que siempre había animales
dentro de otros animales

Regreso
conversaciones obsesivas
sobre el regreso
                            siempre frustrado
a Europa
                (la metrópoli era Moscú
para aquella gente en nada parecida a la dulzura
de las tres hermanas chejovianas)
pero era allí
en aquella oriental costa africana
donde yo había nacido
                                      aunque espiritualmente me la negaran
después de la violación secular

Barquitos de corteza de sumaúma
que puse a flote en Mentangula
en el lago Niassa
mes paradisíaco de mi infancia

Los crepúsculos vistos desde la terraza del palacio
en Villa Cabral
lejos muy lejanamente
                                      en la franja postrera del horizonte
el Lago ardiendo en plata

Por todos lados el misterio se encarnaba
natural como la selva a dos pasos
de la casa grande

Solo siendo adulto he habitado en la memoria
ese misterio que la tiranía blanca
intentó destruir

El enigma de ciertas miradas africanas
sobre todo las madres
                                    pegadas a los hijos al cuerpo
por la capulana

Mirada semejante a la que me vino a traspasar
siglos después en los indios de México

Clotilde que era joven feliz y murió en el parto

Dada la alarma
dejado yo a solas en el caserón con los criados
oí un grito que era imposible que hubiese oído
y fue una mueca
                            un vagido cósmico
                                                            el primero

La soledad clavaba garras profundas
imborrables

El amor se dilataba en un horizonte tan lejano

que solo las lágrimas a veces alcanzaban

19 diciembre 2014

Daniel Faria

pd-087No podía ser de otro modo. Discreto, casi en silencio, llega entre nosotros Daniel Faria (1971-1999). Podría decir que es, quizás, el proyecto literario al que más ilusión he dedicado en estos últimos años; podría, también, dejar escrito que Faria, no me cabe duda de ello, es el mejor poeta portugués de las dos últimas décadas –y eso no es poco en país con tradición lírica tan asentada y pujante como este. Pero una y otra cosa, que serán dichas a su debido tiempo, violentarían lo que ahora realmente importa: la palabra del poeta. La palabra del primero de sus libros mayores, Explicación de los árboles y de otros animales, que acaba de publicar Sígueme. Violentarían el asombro que sentí al leerlo por vez primera, al compartir con Faria el espacio inacabable, aterido y sin embargo acogedor, de sus páginas. Un espacio al que el lector español queda, desde hoy, convocado.

27 noviembre 2014

Dos recensiones de los "Nueve poemas"

Quedan aquí las dos reseñas que el diario Hoy de Badajoz ha publicado con apenas unos días de diferencia de mis Nueve poemas a Sofía y otras historias. De esas que le animan a uno a seguir, a no desfallecer. Mi agradecimiento a sus autores, Enrique García Fuentes y Manuel Pecellín. Seguimos.






TÚ, SIEMPRE, ACUÉRDATE

Marina (1978) es diplomático y escritor. Licenciado en Derecho. Trabajó en la Embajada de España en México y  actualmente en la de Lisboa.  Suyos son los poemarios Lo que los dioses aman ( 2008), Continuo mudar  (2011) y  Materia de las  nubes (2014),  más un libro de crónicas sobre la ciudad de México, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México ( 2012). Ha antologado y traducido al poeta luso Alberto de Lacerda (El encantamiento, Olifante, 2012) y hecho  las versiones de otros escritores portugueses, como Nuno Júdice (a quien rememora en la entrega que presentamos merced a “Meninha olhando para o rio”).  Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías en México y España. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Clarín, revista de Nueva Literatura   y La Jornada Semanal y escribe regularmente en La Otra y la Revista UIC (Universidad Intercontinental de México). Actualmente dirige la serie "Letras Portuguesas", de la Editora Regional de Extremadura. Aunque el propio autor presenta Nueve poemas a Sofía como una sencilla plaquette -volumen 53 de la colección "Papeles de Trasmoz"-  sus nueve composiciones pasan de cuatro centenares sus versos, escritos en Lisboa entre octubre 2012 y mayo 2014.  Se trata, pues, de un auténtico libro, en los que no faltan los recursos experimentales (el más llamativo, la total ausencia de signos de puntuación). La capital lisboeta, hermosamente evocada, sus plazas, hoteles, comercios, tantos rincones repletos de saudade y sobre todo esa  habitación 405 en planta cuarta planta del  hospital cerca del Tajo, forman el  escenario  donde discurre el asombro que aquí se evoca: la llegada al mundo de la hija primera. A Sofía, con la añoranza del "tacto de sus tres sílabas de salitre" (pág. 32), concitará insistente la voz poética, que, no obstante, junto al gozo de la sangre acrecentada,  sufre también porque no quiere una "memoria blanca".  La alegría no puede hacerle olvidar las grandes tragedias del mundo todo. Digamos, por ejemplo,  las que simbolizan hiroshima, ettersberg, víznar (siempre con minúsculas) o esas cunetas que hay que abrir a dentelladas/para con su tierra cubrirnos los ateridos huesos (pág. 28). Sutilmente, de forma ocasional, pero perceptible, se deslizan también algunas huellas "de aquel niño triste que fui" (pág. 38), imágenes de una infancia siempre a punto de emergencia. Cual otro árbol de Jesé, símbolo tan frecuentado en el vecino país, el poeta feliz reconoce acrecentada su genealogía, aunque le ternura del nuevo le asuste tanto como le ilusiona. No es precisamente un mundo ideal el que aguarda a Sofía, si bien ella podrá contar con el cielo protector de quien  ya comenzó a enseñarle cómo defenderse y sobrevivir con dignidad, tal Goytisolo a Julia.  Algún día  ella leerá su “Testamento”  (pp. 20-23), un poema magnífico, donde le adelanta las más sabias  luces , si bien no se  le oculta que, según bien avisase Freud,  el padre de forma ineludible quedará  resuelto en escombros. Marina compone  siempre con voz serena incluso cuando aborda las cuestiones más trascendentales o construye atrevidas imágenes. Modula con asombrosa naturalidad el ritmo de sus versos, blancos y libres, haciendo cómplice al lector de las emociones que lo conmueven. Chica es la calandria y chico el ruiseñor/pero más dulce cantan que otra ave mayor, avisaba el maestro Juan Ruiz. Más valen supuestas plaquettes que farragosos constructos.
MANUEL PECELLÍN


04 noviembre 2014

Nueve poemas a Sofía

© Felicienne Marboeuf
© Felicienne Marboeuf


Con estos dos collages, cortesía de la finísima Felicienne Marboeuf (antes conocida como Karlatone), quedan oficialmente presentados mis últimos poemas. Nueve para ser exactos, recogidos en una "plaquette" que edita Olifante con su cuidado habitual. Y de los que solo alcanzo a decir que son los poemas más verdaderos que he escrito hasta ahora.