07 septiembre 2014

A cuento de dos poemas de Alberto Da Costa e Silva, Premio Camões 2014


Una rápida lectura a las notas con que la prensa lisboeta saludó la concesión del más reciente Premio Camões al brasileiro Alberto da Costa e Silva (São Paulo, 1931) despertó de inmediato mi interés. De entrada, por la instintiva camaradería que nos acerca a aquel con quien compartimos profesión, pues comenzaban aquellas líneas subrayando que el brasileiro es diplomático, con una larga y exitosa carrera a las espaldas, ejercida casi por completo en el ámbito de la “latinidad” (Caracas, Bogotá, Asunción, Madrid, Roma y Lisboa, donde sirvió en dos períodos) y en África (puestos en Benin y Nigeria) e incluyendo varias Jefaturas de Misión. Pero si aquello llamó mi atención, más aún lo hizo lo poco que en esas nótulas pude entrever acerca de su obra literaria, compuesta por una decena de títulos de poesía y unos pocos ensayos sobre asuntos cercanos a mi interés y títulos más que sugerentes: O Vício da África e outros Vícios, A Enxada e a Lança: a África antes dos portugueses o A Manilha e o Libambo: a África e a Escravidão. Inmediatamente sentí la necesidad de hacerme con alguna de esas obras, y a ello me puse con afán, solo para darme de bruces una vez más con la sólida certeza de que los libros brasileños simplemente no llegan a Portugal, por motivos diversos y que aquí no vienen al caso —el que quiera comprobarlo, pregunte en las librerías de Lisboa por obra tan central en la literatura en lengua portuguesa del siglo pasado como el Grande Sertão de Guimarães Rosa; yo, en cuatro años, solo he encontrado un ejemplar en lance: de la edición de Seix Barral con magnífica traducción a nuestra lengua de Ángel Crespo. Espoleado por el fracaso, indagué cerca de varios amigos informados en estos asuntos que suponía debían conocerlo, de quienes tampoco conseguí rascar mucho más: aunque alguno de ellos recordaba haber compartido mesa y mantel con el brasileiro en su última estancia lisboeta, siendo este embajador de su país, y aun es posible que tuvieran en su biblioteca alguno de sus libros, tuve la sensación de que el recuerdo que Da Costa e Silva había dejado en ellos era lejano, leve, como una huella no demasiado profunda, que probablemente es lo máximo que los pasos de un diplomático aspiran a dejar en los lugares que lo acogen —aun un diplomático como da Costa e Silva en un país como Portugal, unidos ambos por una tupida red de hilos biográficos e intelectuales.








Pero ayer, inopinadamente, en una de esas librerías de centro comercial, tan improbables como lisboetas, encontré por fin dos libros del más reciente Premio Camões: uno de memorias ficcionadas, Espelho do Príncipe (1994), y otro de poemas, Ao lado de Vera (1997). Sin tiempo aún para dar cuenta del primero, sí he leído, de un tirón y con notable gusto, el segundo. Obra de madurez, Ao lado de Vera es un conjunto de poemas teñidos con un tono elegíaco, pero que nunca caen en esa querencia natural del alma lusíada que es el saudosismo, porque por detrás de la lente melancólica se adivina siempre una sensibilidad inquieta y comprometida con lo real, con la trascendencia de lo en apariencia insignificante. ¿Y cuáles son las coordenadas de la navegación de esa sensibilidad en el mundo? Las que representan los pequeños universos que todos nos formamos y que a todos nos amparan de la malaise que tarde o temprano acaba por alcanzarnos. Y de cuya calidez estamos si cabe más necesitados quienes hacemos nuestra vida en esta errancia por los caminos de Dios: no es por ello extraño que las galaxias más trasegadas por Da Costa e Silva en este poemario sean las la familia y las de la memoria, que son por fuerza las de la infancia. Si a lo anterior se añade una notable contención de los medios expresivos, que aleja esta poesía de los concretismos y otros "ismos" tan caros a la lírica brasileña (y que, como afirma Nilo Scalzo en la cuarta de forros, “recuerda a los grandes momentos de la poesía inglesa”), los poemas de Da Costa e Silva acaban por confluir con ciertos veneros de la poesía en portugués del siglo pasado que corren por encima de las fronteras nacionales, abriendo sugerentes caminos: los desbrozados antes por Pessoa, por Drummond de Andrade, por Rui Knopfli. Como muestra, aquí quedan dos de los poemas más emocionantes de Ao lado de Vera.    


p.s.: En la esclarecedora bibliografía del autor que ocupa las páginas finales de Ao lado de Vera se puede leer que varios de sus libros de poemas fueron lo que entre nosotros se suele llamar con cierta displicencia “autoeditados”. El poeta prefiere indicar que son “ediciones para los amigos, fuera del comercio”; y en esa pequeña indicación leo yo un manifiesto: en tiempos como los que corren, en que los atrios de todas las iglesias han sido tomados por los mercaderes, Da Costa e Silva entiende el oficio poético como la sola tarea intelectual que aún puede salvarse de resultar contaminada por ciertas compañías indeseables; y concibe el poema como la única ofrenda posible a los amigos verdaderos, donde caben todos los lectores que sepan apreciarla —yo, lector suyo, ya me considero su amigo. Desafortunadamente, reflexión tan placentera fue interrumpida por cierto escritorzuelo de cuarta, cuyo nombre me ahorro para no contaminar los poemas que siguen, quien escribió recientemene en su cuenta de facebook que se proponía limpiarla de “poetas autoeditados”. También me ahorro la lista de los “poetas autoeditados” cuya lectura redundaría en beneficio de su cultura literaria (es un decir). Pero la culpa no es suya. Bien empleado me está por “aceptar amistades” fuera de aquellas que se forjan en las páginas de los libros ofrecidos y recibidos, compartidos y admirados. Ahora sí, a lo que de verdad importa: los poemas.





A UN HIJO QUE CUMPLIÓ DIECIOCHO AÑOS


*

António,
los dioses pintan mariposas,
pero nosotros sabemos que
los hombres sueñan
y sangran.

Existe el río.
Existe el campo. Existen
amapolas y un cielo temprano.
Existen el no, y la pascua, y la noche obesa,
y el ocio furioso. El iluminado
sabor a fiebre y a herida existe.
Existen lo eterno y la sombra
de un cielo hosco y desierto
sobre cuanto olvidamos.

Existen
veleros y sonámbulos, el día,
las escamas del pez, la alegría.
Existen la soledad —zambullida y asombro—
y soñar contigo.
El dolor existe.


**

António,
enséñame a no tener miedo
a caminar despierto,
y a recibir el azote del éxtasis.

Devuélveme el asombro
frente a la iniquidad
y el rugir de la fiera.

Repón en mí la fuerza
para resistir al cansancio
de tanto cielo y abismo.
Perdóname la tristeza,
como si fueses mi padre,
y no mi hijo.
                        Usciamo a riveder le stelle.



***

Como un compañero, António, en secreto,
así el cuerpo se va vistiendo de amor.
Así el cuerpo se reclina en la tristeza.
Así el tiempo recoge las flores, en brazados.

Todo es silencio, vuelto del revés. La vida
es una vieja cansada. La vida cubre
el sol.
            Siempre ha sido pobre
la mano que traza esta raya en el día,
esta raya en lo oscuro,
incomprensible e inútil
como llevar a un buey a pastar en la playa.

(Pero los dedos de la vieja mueven los bolillos
y la luz vuela)




ELEGÍA DE LAGOS

Aquí
los viejos navíos
venían a limpiar sus cascos,
no de las olas, ni de los vientos, ni de lo que sueña en la distancia,
sino de lo que tiende a tierra y a piedra, al caracol, al sapo y al lagarto,
a lo que es feo y se aferra
a la superficie del mundo
y es inercia y espera.

Bajo
la calle de mi infancia, de camino a la playa,
y acabo en este puerto de esclavos.
Aquí,
en los charcos,
los niños
venden mangos y gallinas,
varias gallinas atadas por las piernas,
como un ramo de flores, las cabezas desesperadas
huyendo del agua,
los pescuezos en u,
las líneas puntiagudas
surgiendo, pistilos, de los picos semiabiertos.

Pasa un muchacho
con una penca de plátanos
en equilibrio sobre la cabeza,
con la misma displicencia con que Dios
traza en sí mismo la curva del universo.
Y otro
canta,
y tamborilea
en la madera podrida
por la lluvia, esta tristeza
de las lanchas de pesca con las redes lanzadas
sobre las aguas del canal y todas las ausencias.

Hace mucho tiempo, mi cuerpo sobre la playa
podía ser un barco puesto a secar.
Aún quedaba
el envite salino del futuro. La vida
no nos negó las mareas, los tifones, y las fiebres,
el abismo y las plagas.
La vida no acostó
al niño,
con el libro iluminado,
en la silla de lona, descansando de haber sido
un sueño y algunos versos
en que el amor está en todas las vocales, envejecido
de jardín y de sol.

Crece la papaya en el huerto de mi casa.
Pero ya no sé sacar de su rama la simple flauta
y el débil silbido.
Desaprendí
a lanzar la peonza
y a correr sobre los muros,
aunque viva
en la abundancia de flores amarillas,
del calor y de las garzas.

Este jumento manso,
perseguido por las moscas,
cierta mañana, después de la lluvia, entre los cestos
de palomos.
Camina lento,
tal la luz húmeda,
por un huerto ya acabado.
Allí,
sentí que la muerte de alguien en mí sucedía,
cuando el cestero, con el mango
del cuchillo apretado contra el vientre,
iba trenzando el mimbre, y el cuchillo
abría apenas el espacio para enlazar
las fibras; no hería, solo cortaba
el remate de las varas —como la noche
solo cierra los ojos
del exacto fin
de la tarde.

Llega el borrico junto al muro en que me siento,
desvistiéndome de la vida.
La muerte
se descasca
como una haba: caen
de su interior los días,
aun el más antiguo,
en que oímos su nombre por primera vez.
Ella nos pone su hocico, es un perro, en las rodillas
y está llena de sarna, de infancia y de miedo.

Me abandona lo que veo
y queda en mí preso.
Fui
lo que nunca imaginé haber sido. Sé que los días
me abrazan.
Por eso,
ahora,
paso la mano humildemente por el pelo del cachorro,
casi pidiendo
al maldito,
al olvidado,
que se acomode en mis pies
y aquí
se quede.


27 agosto 2014

A propósito de Acantilado

La muerte del editor Vallcorba ha llenado estos días pasados los periódicos patrios de necrológicas, loas fúnebres y valoraciones más o menos ligeras acerca de su labor de décadas como editor al frente de Quaderns Crema y, sobre todo, de Acantilado. Me ahorraré referirme a aquellas que por su estupidez (producto, quiero creer, del despoblamiento estacional de las redacciones) se descalifican a sí mismas: por ejemplo, a esas listas sobre los principales “descubrimientos literarios” de Acantilado, con Montaigne, Chateaubriand y Pessoa a la cabeza. No conocí a Vallcorba personalmente ni tengo referencias directas de su trabajo académico, y por lo tanto no seré yo quien discuta la segura justicia de las alabanzas recibidas por uno y otro. Tampoco tengo elementos de juicio para valorar lo que pueda haber significado para el libro en catalán Quaderns Crema, cuyo catálogo y circunstancia solo conozco muy someramente. Ciñéndome, pues, a Acantilado, hago notar mi sorpresa por no haber encontrado entre toda esa literatura volátil ninguna referencia a la que siempre me ha parecido principal virtud de Vallcorba: la de haber sido un magnífico empresario, esto es, alguien con un don especial para adicionar un “valor” a su producto. No de otra manera consigo explicarme algunos de sus éxitos como editor. Por ejemplo, su traducción de los Essais de Montaigne. ¿Por qué Acantilado conseguía vender a 58 euros, y no mal por lo que parece, lo que otros editores tenían dificultades para colocar a la mitad de precio? ¿Por criterios estrictamente literarios: una mejor traducción, por ejemplo? No parece que en este caso esa sea la razón principal, como aquí se apunta. ¿Cómo entonces? Conociendo los gustos y pretensiones de sus consumidores, los potenciales compradores de esos libros. Y vistiendo al santo con razones a veces literarias y otras no tanto. En el caso de los Ensayos del de Montaigne, vendiendo no tanto al autor cuanto una edición que se anuncia como “definitiva” del mismo—como si lo esencial no fuesen las más de mil páginas de sabiduría montaigneana que por fuerza coinciden en una u otra edición, sino aquello que hacía especial la de Acantilado: y que generaba en el comprador la necesidad de hacerse con ella a cualquier precio, por más que ese mismo comprador no conociese ninguna de las ediciones anteriores (ni por tanto pudiese tomar un punto de comparación), ni tampoco tuviese ninguna intención de leer la nueva. Ese conocimiento del mercado ha ido siempre acompañado de un ejercicio de marketing extremadamente eficaz. Y de la recuperación de algunos instrumentos de difusión que se creían superados o poco apropiados para la "literatura seria": la publicación de Zweig, conscientemente espaciada a lo largo de un buen número de años, es en sí misma un folletín, y uno muy eficaz si se tiene en cuenta la cantidad de lectores que así nos hemos "enganchado" al mundo del vienés, quien, por cierto, y por más que ahora se quiera pasar por alto este extremo, nunca había dejado de ser editado entre nosotros. Herramientas todas ellas que han convertido a Acantilado en una marca lo suficientemente fuerte como para generar un nicho de consumidores fieles. He conocido, en España y también en México, a un buen número de ellos que compraban sus libros por la misma razón que un consumidor habitual de hamburguesas prefiere una marca a la otra: por fidelidad a esa marca. Un modelo de negocio que quizás sea ya objeto de estudio en las business schools -o quizás no; al fin y al cabo no tengo la certeza de que a la gente del mundo de los negocios le interese uno tan sufrido y por lo que dicen los editores tan poco rentable.

04 agosto 2014

Una de revistas: Novais Teixeira y Rangel


Coinciden en agosto dos artículos de quien esto escribe sobre dos vidas que merecen ser contadas. En el número 112 de Clarín la del periodista y "mediador" cultural portugués Joaquim Novais Teixeira, otra biografía de mil exilios que esclarece lo atribulado del siglo que dejamos atrás. Y que, además, testimonia lo mucho que las relaciones culturales hispano-lusas han dependido siempre de impulsos individuales, como el del propio Novais. Y en el 127 de la revista mexicana de fotografía Cuartoscuro (número que será presentado este próximo viernes 8 de agosto en la Fototeca de Zacatecas y que ya está disponible para consulta online en este enlace) la del grandísimo fotógrafo mozambiqueño Ricardo Rangel, retratista de la Lourenço Marques (la actual Maputo) de los años sesenta y setenta. Una ciudad en la que nunca he estado, pero que he aprendido a amar en la lente esclarecedora de Rangel -y en las palabras vibrantes de sus dos poetas mayores: Craveirinha y Knopfli. 

02 julio 2014

Ladran...

luego cabalgamos. 

14 junio 2014

En Cáceres, con Júdice

El pasado martes, 10 de junio, 434.º aniversario de la muerte de Camões, presentamos en Cáceres Navegación sin rumbo, la traducción de Navegação de acaso, el último libro de poemas hasta ahora publicado por Nuno Júdice. Sobra decir que, para quien esto escribe, fue un día especial. Y largo. Comenzó en Lisboa, a eso del mediodía, junto a la plaza de toros del Campo Pequeno (a un lado viven los Júdice, al otro yo), donde Manuela,  Nuno y yo mismo nos subimos a un coche con dirección a Cáceres. El viaje dio de sí: malentendido con el lugar de partida (Manuela quejándose amargamente, y con razón, de que no se puede dejar organizar nada a dos poetas); frugal comida en un área de servicio de la autopista y una larga conversación sobre lo humano y lo divino, puntuada con muchos silencios de Nuno, en los que uno lee, en lo más hondo, un compromiso irrenunciable con el valor de cada palabra. Por la tarde, (breve) paseo por la parte antigua, (breve) visita a Jaime Naranjo (para rescatar un Gabino-Alejandro Carriedo allí varado hace algún tiempo) y, después, lo realmente importante: en “Los siete jardines” (lugar “ameno” en palabras de Miguel Ángel Lama), asomados a las traseras ruinosas del que fuera convento de los jesuitas, la oportunidad de oír a Júdice leer sus poemas y el lujo de poder acompañarlo con las versiones castellanas. Banda sonora de pájaros y de un perro que se cruzó, y que a punto estuvo de poner el toque de realidad a uno de los poemas del libro, en que justamente un ladrido lejano de perros desencadena un ejercicio de memoria —esos toques de realidad, esos ejercicios de memoria a los que Júdice tan acostumbrados nos tiene y que siempre nos acaban por atrapar. Conversación con unos cuantos amigos, que se acercaron a oír a Júdice. Cena con Rosa Lencero, estupenda anfitriona todo el día, y a cuyo entusiasmo se debe esta feliz retoma de las “Letras portuguesas” de la Editora. Al día siguiente, el viaje de vuelta a Lisboa, saliendo casi de madrugada, más silenciosos los tres, con el recogimiento de esa hora tan propicia para sumirse en el interior de uno mismo: para pensar que volvemos al flujo de la vida cotidiana (en apariencia interrumpido por el viaje), para fijarse en las gradaciones del paisaje a lo largo del trayecto o para comenzar a valorar en su justa medida la suerte que supone haber emprendido esta Navegación sin rumbo con Júdice. Queda aquí el texto de mi presentación. Y quedan, sobre todo, los poemas de otro magnífico libro de Júdice. Y el compromiso, que creo permanente, de mi tierra con las “Letras portuguesas”.

***

Hemos aprendido a leer a los grandes poetas de otras lenguas en antologías. Tan así que con frecuencia perdemos la conciencia de las peculiaridades de esa experiencia lectora. La unidad de medida (si es que algo así existe) en la lectura de la poesía contemporánea de nuestra propia lengua es el libro; así ha sido desde los inicios de la poesía —la culta, claro está, que la oral ha transitado siempre otros caminos. Pero, cuando se trata de poetas extranjeros, aun contemporáneos nuestros, que se expresan regularmente en su propia lengua mediante libros, esa unidad de medida queda habitualmente preterida por la antología: un “continuum” más o menos artificial (pues ninguna obra poética seria navega sobre una laguna, sino en mar abierto, al albur de profundas corrientes que alteran las coordenadas de su rumbo, por mucho que no se noten a simple vista). Y en el que, además, una tercera subjetividad se cuela, de rondón, entre lector y autor: la del antólogo, quien elige lo que cree más representativo (o más comercial, o más profundo, los criterios son tantos como los antólogos) de la obra antologada. Una obra, por cierto, que por su propia naturaleza viva, está destinada a continuar creciendo y, quizás, a desbordar algunos cauces que hasta entonces habrían podido darse por ciertos. Razones más que suficientes para que a un compañero de promoción de Nuno Júdice, Joaquim Manuel Magalhães, las antologías le recuerden a “un pinar inundado de niebla”; y le parezca que “con el tiempo tienden a volverse vanas”.

Por eso uno que, como muchos de los presentes, tanto debe en su formación lectora a las antologías, comienza a dudar de ellas. Continúan siendo útiles, eso sí, cuando sirven para “presentar” a un autor extranjero; a un autor que, como consecuencia de las vicisitudes editoriales (y de la dificultad con que la poesía circula por los mercados de la edición), es mayormente desconocido y no fácilmente accesible para el lector de otra lengua —objetivo que uno persiguió, por ejemplo, con su antología del portugués Alberto de Lacerda. Pero esta condición está lejos de cumplirse en el caso de Nuno Júdice y la lengua española. La concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en su edición de 2013 ha venido a consagrar lo que ya antes del premio se apuntaba: la espléndida relación de Júdice con nuestra lengua. No creo que haya poeta portugués vivo más traducido en los tiempos recientes; y, si miramos hacia atrás, y dejamos de lado al ubicuo Pessoa (si, para Borges, Quevedo era “una literatura en sí mismo”, Pessoa aún lo será con más razón para nosotros), quizás sólo Eugénio de Andrade en todo el XX pueda comparársele en este punto —y aun en la comparación Júdice parte con alguna ventaja, pues Andrade es sobradamente conocido en España, pero nunca fue tan leído al otro lado del Atlántico como Júdice lo es hoy. Circunscribiéndonos ahora a España, Júdice figura en buen número de las antologías de poesía lusa publicadas en las tres últimas décadas (comenzando por Los nombres del mar, que Campos Pámpano dio a las prensas en 1985), y las recientes antologías monográficas de Pedro Serra para la Universidad de Salamanca/Patrimonio Nacional y Juan Carlos Reche para Pre-textos vienen a sumarse, al menos, a las publicadas por José Luis Puerto en Calambur, por Vicente Araguas en Visor y por Manuela Júdice en Hiperión (con traducción de Jesús Munarriz y centrada en su poesía amorosa).

Hoy, por tanto, Júdice cuenta en nuestro país con un número respetable de lectores fieles, que conocen bien el rumbo general de su navegación poética, y a quienes no tiene demasiado sentido ofrecer una nueva carta de marear, y sí, sin embargo, la etapa más reciente de su singladura. No otra es la razón de que Nuno, Rosa y yo mismo decidiéramos hace unos meses en Lisboa no añadir una nueva antología a la respetable colección, y sí en cambio entregar al lector español este Navegación sin rumbo que hoy presentamos, el poemario más reciente de los hasta ahora por él publicados —y que apareció en Portugal a finales del año pasado, editado por la Dom Quixote. En él, el lector que ya conozca su obra, descubrirá que no sólo es autor de muchos poemas definitivos, sino también demiurgo capaz de situar a esos individuos en un bello hábitat; orfebre capaz de engarzar esos poemas en libros redondos, como el que ahora tienen entre sus manos. Lo anterior, claro está, no excluye de la travesía a los que aún no hayan tenido la suerte de surcar esas aguas: Navegación sin rumbo está lleno de puertas y de razones para atravesarlas y recorrer los pasillos laberínticos y gozosos de la obra de Júdice. Uno y otro lector podrán, en cualquier caso, confirmar lo que ha dejado de ser intuición para convertirse en certeza: estamos ante una de las voces más poderosas de la poesía de nuestro tiempo, más allá de distinciones de lengua. Y por eso hoy la consideramos, en buena medida, incorporada a nuestro propio canon, y esperamos ardientemente escucharla en cada nueva modulación.

Esa obra, levantada a lo largo de más de cuatro décadas de menester y que incluye ya una treintena de títulos de poesía —a los que habría que sumar otras cuantas decenas de obras de otros géneros: ensayo, novela, teatro—, fluye por los cauces de la espléndida tradición lírica lusa del XX (su “século de ouro” para Eugénio de Andrade). El propio Júdice es uno de los analistas más lúcidos de esa tradición y de la tarea que, en su seno, corresponde a los poetas de su generación. Afirma el poeta: “La generación […] aparecida en los años setenta restaura la dignidad de lo retórico y lo discursivo”; y a continuación desgrana, sin afán programático, algunos de sus herramientas privilegiadas: “Regreso a una cierta narratividad, un juego temático que recorre tanto a lo cotidiano como a la Historia o la mitología, […] una confrontación entre referencias diversas recuperadas por el discurso en el seno de una intertextualidad consciente, que colocan a esta poesía en la senda de un Pound o un Eliot, en el aspecto más intelectual de su poesía o en lo que ella hay de juego constante con la tradición; en la de un Kavafis o un Gotfried Benn, por lo que estos tienen de rehabilitación aparentemente episódica o anecdótica de la vida cotidiana; y aun en la línea de un cierto Pessoa, el menos modernista y sin embargo del más moderno, el Pessoa-Álvaro de Campos de Tabacaria o el Pessoa-Alberto Caeiro”. Así pues, Júdice y los de su tiempo no renuncian a priori a ninguna herramienta del lenguaje en su búsqueda de nombrar la realidad. Y eso los convierte en genial consumación del proyecto de modernidad que Pessoa y la generación de Orpheu concibieron como alucinado sueño; cuando los de la promoción del setenta definan el lugar de su poesía ya no lo harán sólo, ni siquiera de manera predominante, con respecto a la tradición lusa, sino con respecto aquella que es ya, de pleno derecho, la suya: la tradición de la mejor poesía universal.

Nutriéndose de tan caudalosas fuentes, la poesía de Júdice vuelve a brotar en este Navegación sin rumbo como un torrente poderoso; con una pulsación personalísima y potente, dominadora como pocas de la amplísima variedad de las herramientas con que trabaja el poeta. Porque, por encima de las diferentes etapas que se pueden obviamente identificar en un canto de cuatro décadas, por encima incluso de temas y motivos, en Júdice, como en todos los grandes, lo que al cabo importa es la voz inconfundible que suena tras cada uno de sus versos, desde los primeros de aquel ya lejano A noção de poema (1972) hasta estos del más reciente Navegación sin rumbo. Una voz que se cuestiona siempre, pero que en cierta nostálgica desesperanza siempre encuentra razones para volver a hablar, para volver a conectar al hombre con lo absoluto por medio de la palabra. Una voz que, en su sonido denso, caudaloso, magmático, atrapa siempre al lector en el interior del poema. Una voz que nunca se pierde en el eco narcisista del yo (léase el espléndido “Narciso” de esta colección), ni es tañida desde la alta ventana de ningún esteticismo. Si existe un característico “tono Júdice” (en absoluto ajeno al del último Ruy Belo), hay también por detrás de cada uno de sus poemas —sea aquel que describe algo tan aparentemente insustancial como un encuentro amoroso en una cafetería, o aquel otro, en apariencia tan profundo, que recrea el mito platónico de la caverna— una poderosa “sensibilidad” (deudora del mejor Jorge de Sena), que guía desde hace cuatro décadas el timón de su decir con una dirección, sin rumbo, pero bien cierta: la de lo real. Y que de este modo convierte su inquebrantable fe en la palabra en eficaz gesto de resistencia frente a la disolución, en afirmación del valor de lo dicho frente a los silencios tramposos de la posmodernidad.

En Navegación sin rumbo, Júdice vuelve a cabalgar los temas que ya se han convertido en la marca de agua de su poesía: el amor y la memoria, siempre sutilmente tejidos (hasta hacer invisibles las costuras) en la trama del poema. Entre nosotros, algún  lector apresurado de su poesía lo ha calificado de “neorromántico”: donde lo “romántico” valdría como proximidad a ciertas vetas de nuestra hodierna poesía de la experiencia. Pero nada de eso hallará en la poesía de Júdice el lector sincero. Encontrará Romanticismo, sí, pero con mayúsculas; aquel que, en la distinción de Kant, prefiere lo sublime a lo bello; aquel que, en Novalis y Hölderlin, acaba por definir la condición del poeta de nuestro tiempo. El poeta que sabe hablar de amor, de memoria (el poeta, quiso Schiller, es ciudadano no solo de su país, sino también de su tiempo), o del propio poema, porque conoce que su oficio es emanación de un, en palabras del propio Júdice, “deseo de conocimiento de lo que en sí es inconcebible”. Un deseo de conocimiento que acaba por revelarse tan frágil como obstinado, aquella “pequenina luz” (una luz pequeñita) del poema de Jorge de Sena; aquella esperanza desesperanzada que impulsa el acto creador (aquí diseccionado en poemas como “Las tijeras de Van Gogh” o “El pintor Van Eyck reconstruye el rostro de la infanta”), que se construye al tiempo que nos construye, que se afirma en la obstinada negación, que es, al cabo, la esencia de toda existencia posible.

Sostuvo hace algunos años el crítico y poeta portugués Luís Miguel Nava que la de Júdice es (y ha sido desde sus inicios) una “poética del agua”. Y este sí me parece un elemento distintivo de su poética, también de un buen número de los poemas contenidos en Navegação de acaso. No se trata solo de que el agua-elemento, encarnado en el mar —que es infancia— o en el río —que es presente y ni siquiera precisa ser nombrado—, sea presencia continua y aparente en Júdice. Su influjo es mucho más profundo, pues acaba por teñir la lente del poeta, su mirada sobre el mundo, entrenada para distinguir en el mar (epítome de lo uniforme para quien no sabe mirar) todos los nombres (esto es, toda la paleta de la existencia que puede ser nombrada). Así, el agua es, sobre todo, un modo de diseccionar la realidad; una sutil aptitud para romper la costra de monotonía que cubre el presente; para bucear en la realidad hasta rescatar de lo más profundo del lecho de la existencia un fulgor de transcendencia (recorrido como el descrito en el poema “Tsunami”). Y es que si la poesía lusa ha podido subirse al tren de la modernidad ha sido, en buena medida, por su capacidad de restaurar, desde Pessoa, un vector de trascendencia entre lo cotidiano y lo absoluto, que vuelve a situar al hombre —sí, a este hombre disforme, empantanado en la costumbre, escindido y atravesado por mil contradicciones— en el centro mismo del poema.

Navegación sin rumbo sirve de brillantísimo pórtico a la nueva singladura de la serie “Letras portuguesas” de la Editora Regional de Extremadura, cuya importancia en las relaciones entre las dos literaturas peninsulares no debe ser minusvalorada. Desde que la vuelta de la democracia a nuestros dos países iniciara el deshielo entre las dos sociedades (ese oscuro período de mutua desconfianza al que los portugueses se refieren como “costas voltadas”), es mucho lo que desde aquí se ha hecho por el acercamiento de las dos naciones, de los dos pueblos y, en particular, de sus dos literaturas. La historia de la incorporación de la poesía lusa del XX a nuestro canon no puede hacerse sin unos cuantos nombres ligados a nuestra tierra. Y que, en una u otra fase de esa empresa, contaron con el apoyo institucional, que se prolonga hasta hoy. No puedo más que felicitar a las autoridades presentes, en particular a la Directora de la Editora Regional de Extremadura, por mantener esa apuesta, más aún en tiempos difíciles como los que corren. Como no puedo más que agradecerle haberme confiado una responsabilidad en que me precedieron otros a quienes me une una deuda de reconocimiento, el amor por las letras lusas y la desconfianza hacia las fronteras; en particular hacia aquellas tan artificiales que quieren separar lo que por definición ha de ser uno, pues concita en sí a todos los hombres: el pensamiento y la creación artística.

Ya terminando, permítanme que, por un momento, me quite el sombrero de poeta y me ponga el de diplomático. La cultura nunca es un lujo, nunca sobra. Menos aún cuando hablamos de relaciones entre pueblos y se consideran los complejos equilibrios en que se sostiene el entendimiento entre vecinos con una larga historia común e infinitas historias particulares a las espaldas. El conocimiento del Otro, de esa expresión privilegiada de su modo de pensar que es su cultura, constituye —por más que sea ajeno a valoraciones cortoplacistas de rentabilidad económica— el único fundamento sólido de ese tipo de relaciones, el cimiento de esas casas de entendimiento que tanto nos ha costado levantar. Los que dedicamos nuestro día a día a cuidar de esas casas pasamos y pasaremos, pero me gustaría pensar que el trabajo hecho por traer la cultura lusíada entre nosotros, el trabajo de las “Letras portuguesas”, el trabajo de este Navegación sin rumbo queda para las generaciones venideras. Como quedará, de eso sí no me cabe duda, la oportunidad, valórenla como merece, de oír, en el día de Camões,  algunos de sus poemas en la voz del propio Nuno Júdice.

Lisboa, a 3 de junio de 2014
(leído en Cáceres, a 10 de junio de 2014)

04 junio 2014

“Navegación sin rumbo”, de Nuno Júdice


Este de la foto es Navegación sin rumbo, el último libro de poemas de Nuno Júdice, que uno ha tenido la honra y el placer de traducir. Una honra y un placer que son dobles: esta Navegación retoma la andadura de la histórica colección “Letras portuguesas” de la Editora Regional de Extremadura. Más adelante hablaremos largo y tendido sobre el poemario y sobre la colección. Por ahora, queda el convite: el próximo martes, 10 de junio, presentaremos Navegación sin rumbo en Cáceres, coincidiendo con el Día de Portugal. La cita, a las 19:30 en “Los Siete Jardines” (Calle Rincón de la Monja, 9). Y, lo más importante, lo haremos con la presencia del propio Júdice. Un lujo.

27 abril 2014

Un poema de Vasco Graça Moura (1942-2014)

CAMPOSANTO EN LEÇA DE PALMEIRA

mi padre está en leça de palmeira, junto al faro de boa nova,
en un cementerio azotado por el viento del norte y el olor de la marea,
no lejos de las mejores cosas de siza vieira y de los lugares de antónio nobre,
no lejos de la petrogalp y de sus grandes cilindros metálicos,
no lejos del lugar donde nació, en una casa más tarde demolida para las obras de leixões

cuando él era pequeño, un día mécia de sena trajo una fotografía,
cedida por un amigo común, de una hilera de casas junto al mar.
me hice una idea de la casa de mis abuelos en la leça de finales de siglo
y de cómo el mundo es aún más pequeño de lo que uno se imagina.
ahora mi padre sólo escucha el bordón de la sirena y las bocinas de la niebla,

y le pasa por encima, en cadencia regular, una antorcha de luz que rasga la noche.
ahora ya no ve a las bañistas meneándose entre el sol, la arena y el agua,
ni dice “mira, aquella qué potable está” con una risa que siempre irritaba a mi madre.
ahora tengo yo la integral de balzac que se pasó la vida leyendo,
y me impresiona profundamente que él esté allí sin libros, sin eça, sin nosotros.

mi padre vivía allí cerca. en el silencio de las lunas ya no se sabe dónde estaba su casa.
nosotros pasamos los días de costumbre a dejarle flores y algún recogimiento,
o quizás uno de nosotros dice “fui con madre al cementerio”, sin pronunciar su nombre.
y no es una tachadura, es una señal más fuerte que perturba la densidad de las palabras,
porque mi padre tenía los ojos muy azules, y ese color a veces está allí, en el mar


 (De O Concerto Campestre; traducción: LMM)

25 abril 2014

Abril en Lisboa

Sobre fotografía de Eduardo Gageiro


25 Avril

Esta é a madrugada que eu esperava
O dia inicial inteiro e limpo
Onde emergimos da noite e do silêncio
E livres habitamos a substância do tempo.

Sophia de Mello Breyner Andresen (De O nome das coisas, Caminho)

16 abril 2014

¿Ha muerto la poesía?

Es bien posible que el primer lector del Gilgamesh o de la Iliada, tras acabar su lectura, se preguntase: ¿Ha muerto la poesía? La persistencia de la pregunta a lo largo del tiempo, hasta casi convertirla en tópico, no hace sino demostrar la necesidad de seguir formulándosela, la incerteza de todas las respuestas hasta hoy ensayadas. Canek Zapata, de la revista mexicana La Otra, ha vuelto a preguntar a unos cuantos poetas: cubanos, argentinos, brasileños, españoles (Juan Carlos Abril y quien esto escribe) y, por supuesto, mexicanos. El resultado puede leerse aquí.

08 abril 2014

Piedra y cielo

De entre las revistas literarias que se publican hoy en España, Suroeste Piedra y cielo son, probablemente, las más fieles a su compromiso con las letras portuguesas. Compromiso que tiene doble mérito, y que merece por tanto doble agradecimiento a quienes están detrás de ellas: a la dificultad inherente a cualquier emprendimiento literario en los tiempos que corren se añade la sensación (subjetiva ésta) de que las letras portuguesas no están de moda en un país tan de modas como el nuestro. Un estado de cosas que ni siquiera Pessoa -¿acaso no es otra de esas modas la insistencia de nuestros editores en volver a publicar por enésima vez lo ya publicado?- ha ayudado a cambiar. No pasa nada. Ya lo dijo Alberto Caeiro -que, por otro lado, dijo casi todo lo importante: "Peço que, se se quiserem ralar por minha causa,/ Que não se ralem./ Se assim aconteceu, assim está certo". Lo anterior obliga a celebrar con particular alegría la publicación de cada nuevo número de esas dos revistas. Y ahora le toca el turno al sexto de Piedra y cielo, que viene una vez más cargado de asuntos lusófonos: dos poemas de mi estimada Hatherly, unos cuantos fragmentos en prosa del gran Camilo Pessanha y una aproximación de quien esto escribe a algunos de los "novísimos" poetas lusos. A disfrutarlo.