29 diciembre 2014

Mucho Júdice

Gracias al oído atento de Hugo Gutiérrez Vega y Marco Antonio Campos, el suplemento cultural de La Jornada dedica buena parte de su último número del año al poeta luso, clausurando por todo lo alto el que bien podríamos llamar "año Júdice": aquel en que, por fin, quedó asentada entre nosotros su condición de clásico de nuestro tiempo. Dos poemas inéditos del propio Nuno (que, como siempre, dan para mucho) y estudios acerca de distintos aspectos de su obra por García Montero, el poeta y ensayista portugués António Carlos Cortez (buen amigo, y, con Pedro Eiras, uno de los criticos más brillantes de su generación) y, sobre todo, por varios de sus traductores: la mexicana Blanca Luz Pulido, Jenaro Talens y quien estas líneas escribe, honrado, y, por qué no decirlo, algo abrumado por semejante compañía. Aprovecho para dejar constancia de una errata que se ha colado en mi texto: donde dice "anti-Camões" debe decir "supra-Camões". Dicho queda. El número puede leerse, íntegro, sin suscripciones ni historias, aquí. Ay, las comparaciones...

27 diciembre 2014

La crítica en España

La crítica (1906), aguafuerte de Julio Ruelas

Sostiene el crítico en las páginas de uno de los suplementos culturales (?) de referencia en nuestro país: "Hecho en falta contiene 79 poemas. Sin duda, una cantidad suficiente". Sin duda. Y, ay, de quién se atreva a dudarlo.


24 diciembre 2014

"Segunda elegía de Londres", de Alberto de Lacerda

Portada de Elegías de Londres (1987), en la
edición de la Imprensa Nacional-
Casa da Moeda, sobre dibujo de Paula Rego.
Una reciente conversación con Luís Amorim de Sousa, albacea literario de Alberto de Lacerda (y que continúa dedicando sus mejores esfuerzos, ahora desde Oxford, para conseguir que la obra de este último no se pierda en el olvido), me trae de vuelta a la poesía de Lacerda, que nunca realmente he llegado a abandonar. Dentro de su obra de madurez, la Segunda elegía de Londres ocupa un lugar especial. Fechada en la capital británica en febrero de 1985, en sus versos recrea el poeta aquellos espacios de la remota infancia africana que ya solo existen en su memoria. Los espacios de un imperio extemporáneo, "emblema de injusticia universal" que, no obstante, en los ojos del niño se revisten de humanidad, volviéndose habitables. Y que son revisados con esa mezcla de "buena fe y mala conciencia" (las palabras son de Eugénio Lisboa) con que fueron sentidos por aquellos a los que tocó vivir la descomposición de aquel último imperio (Knopfli, Cinatti. Luandino Vieira o los propios Lisboa o Amorim de Sousa).





SEGUNDA ELEGÍA

Ver lentamente transparente
lo que desde el inicio casi siempre
se ocultara —
la misma luz de la infancia
                                           emanando
del interior del ser y del centro de la tierra
(el cuerpo de cinco años un cuerpo de luz
por entre la luz apabullante del huerto africano
que mi madre plantara)
hasta ese promontorio extremo
de la percepción deslumbrada
era un balcón
                        al cabo
                                     secreto
ambigua presencia
sin relación con todo pero
que oprimía

Desde siempre
                        hubo planes
sin relación intrínseca
cuyo desencuentro yo sufría
las fuentes
que no se tocaban
por detrás de todo
la tiranía doméstica
emblema de la injusticia
universal

Pero la luz me llevaba siempre
de la mano

La propia inocencia prolongada del cuerpo
era una iridiscencia
que sobrevivió a la túnica rasgada
muchos años más tarde
en la roca del deseo

En el terror se ocultaba lo que yo no entendía
miasma de la soledad brutal

Todo era ajeno
                         todo me era voluntariamente
alejado de la alianza
que el corazón gritaba cada vez más alto
queriendo alcanzar

Ambiente
                        decían
                                    impropio para el consumo
Todos los días se hablaba de regreso

Niños negros con quienes raramente jugaba
en la sanzala
lejos bien lejos de la casa
casa grande
que llamaban palacio

Noches
noches enteras
                         un batuque
muy muy lejano

Son que me laceraba hasta la angustia
en un deseo en una nostalgia sin nombre
de no sé qué no sé dónde

Lo que nunca tiene explicación
comenzó en ese ritmo lejanísimo
oído interminablemente toda la noche

Joaquín ayo adorado
que me bañaba y sin palabras
me dejaba lavar
                           las partes que Camões
llama vergonzosas
y no lo son
                        nunca lo fueron

El cocinero —no recuerdo su nombre—
que me contaba historias en que siempre había animales
dentro de otros animales

Regreso
conversaciones obsesivas
sobre el regreso
                            siempre frustrado
a Europa
                (la metrópoli era Moscú
para aquella gente en nada parecida a la dulzura
de las tres hermanas chejovianas)
pero era allí
en aquella oriental costa africana
donde yo había nacido
                                      aunque espiritualmente me la negaran
después de la violación secular

Barquitos de corteza de sumaúma
que puse a flote en Mentangula
en el lago Niassa
mes paradisíaco de mi infancia

Los crepúsculos vistos desde la terraza del palacio
en Villa Cabral
lejos muy lejanamente
                                      en la franja postrera del horizonte
el Lago ardiendo en plata

Por todos lados el misterio se encarnaba
natural como la selva a dos pasos
de la casa grande

Solo siendo adulto he habitado en la memoria
ese misterio que la tiranía blanca
intentó destruir

El enigma de ciertas miradas africanas
sobre todo las madres
                                    pegadas a los hijos al cuerpo
por la capulana

Mirada semejante a la que me vino a traspasar
siglos después en los indios de México

Clotilde que era joven feliz y murió en el parto

Dada la alarma
dejado yo a solas en el caserón con los criados
oí un grito que era imposible que hubiese oído
y fue una mueca
                            un vagido cósmico
                                                            el primero

La soledad clavaba garras profundas
imborrables

El amor se dilataba en un horizonte tan lejano

que solo las lágrimas a veces alcanzaban

19 diciembre 2014

Daniel Faria

pd-087No podía ser de otro modo. Discreto, casi en silencio, llega entre nosotros Daniel Faria (1971-1999). Podría decir que es, quizás, el proyecto literario al que más ilusión he dedicado en estos últimos años; podría, también, dejar escrito que Faria, no me cabe duda de ello, es el mejor poeta portugués de las dos últimas décadas –y eso no es poco en país con tradición lírica tan asentada y pujante como este. Pero una y otra cosa, que serán dichas a su debido tiempo, violentarían lo que ahora realmente importa: la palabra del poeta. La palabra del primero de sus libros mayores, Explicación de los árboles y de otros animales, que acaba de publicar Sígueme. Violentarían el asombro que sentí al leerlo por vez primera, al compartir con Faria el espacio inacabable, aterido y sin embargo acogedor, de sus páginas. Un espacio al que el lector español queda, desde hoy, convocado.

27 noviembre 2014

Dos recensiones de los "Nueve poemas"

Quedan aquí las dos reseñas que el diario Hoy de Badajoz ha publicado con apenas unos días de diferencia de mis Nueve poemas a Sofía y otras historias. De esas que le animan a uno a seguir, a no desfallecer. Mi agradecimiento a sus autores, Enrique García Fuentes y Manuel Pecellín. Seguimos.






TÚ, SIEMPRE, ACUÉRDATE

Marina (1978) es diplomático y escritor. Licenciado en Derecho. Trabajó en la Embajada de España en México y  actualmente en la de Lisboa.  Suyos son los poemarios Lo que los dioses aman ( 2008), Continuo mudar  (2011) y  Materia de las  nubes (2014),  más un libro de crónicas sobre la ciudad de México, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México ( 2012). Ha antologado y traducido al poeta luso Alberto de Lacerda (El encantamiento, Olifante, 2012) y hecho  las versiones de otros escritores portugueses, como Nuno Júdice (a quien rememora en la entrega que presentamos merced a “Meninha olhando para o rio”).  Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías en México y España. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Clarín, revista de Nueva Literatura   y La Jornada Semanal y escribe regularmente en La Otra y la Revista UIC (Universidad Intercontinental de México). Actualmente dirige la serie "Letras Portuguesas", de la Editora Regional de Extremadura. Aunque el propio autor presenta Nueve poemas a Sofía como una sencilla plaquette -volumen 53 de la colección "Papeles de Trasmoz"-  sus nueve composiciones pasan de cuatro centenares sus versos, escritos en Lisboa entre octubre 2012 y mayo 2014.  Se trata, pues, de un auténtico libro, en los que no faltan los recursos experimentales (el más llamativo, la total ausencia de signos de puntuación). La capital lisboeta, hermosamente evocada, sus plazas, hoteles, comercios, tantos rincones repletos de saudade y sobre todo esa  habitación 405 en planta cuarta planta del  hospital cerca del Tajo, forman el  escenario  donde discurre el asombro que aquí se evoca: la llegada al mundo de la hija primera. A Sofía, con la añoranza del "tacto de sus tres sílabas de salitre" (pág. 32), concitará insistente la voz poética, que, no obstante, junto al gozo de la sangre acrecentada,  sufre también porque no quiere una "memoria blanca".  La alegría no puede hacerle olvidar las grandes tragedias del mundo todo. Digamos, por ejemplo,  las que simbolizan hiroshima, ettersberg, víznar (siempre con minúsculas) o esas cunetas que hay que abrir a dentelladas/para con su tierra cubrirnos los ateridos huesos (pág. 28). Sutilmente, de forma ocasional, pero perceptible, se deslizan también algunas huellas "de aquel niño triste que fui" (pág. 38), imágenes de una infancia siempre a punto de emergencia. Cual otro árbol de Jesé, símbolo tan frecuentado en el vecino país, el poeta feliz reconoce acrecentada su genealogía, aunque le ternura del nuevo le asuste tanto como le ilusiona. No es precisamente un mundo ideal el que aguarda a Sofía, si bien ella podrá contar con el cielo protector de quien  ya comenzó a enseñarle cómo defenderse y sobrevivir con dignidad, tal Goytisolo a Julia.  Algún día  ella leerá su “Testamento”  (pp. 20-23), un poema magnífico, donde le adelanta las más sabias  luces , si bien no se  le oculta que, según bien avisase Freud,  el padre de forma ineludible quedará  resuelto en escombros. Marina compone  siempre con voz serena incluso cuando aborda las cuestiones más trascendentales o construye atrevidas imágenes. Modula con asombrosa naturalidad el ritmo de sus versos, blancos y libres, haciendo cómplice al lector de las emociones que lo conmueven. Chica es la calandria y chico el ruiseñor/pero más dulce cantan que otra ave mayor, avisaba el maestro Juan Ruiz. Más valen supuestas plaquettes que farragosos constructos.
MANUEL PECELLÍN


04 noviembre 2014

Nueve poemas a Sofía

© Felicienne Marboeuf
© Felicienne Marboeuf


Con estos dos collages, cortesía de la finísima Felicienne Marboeuf (antes conocida como Karlatone), quedan oficialmente presentados mis últimos poemas. Nueve para ser exactos, recogidos en una "plaquette" que edita Olifante con su cuidado habitual. Y de los que solo alcanzo a decir que son los poemas más verdaderos que he escrito hasta ahora. 

31 octubre 2014

Leyendo "Materia de las nubes"

Vista del Tejo desde la Rocha
do Conde de Óbidos (c. 1900)
Materia de las nubes no es un libro fácil. Me doy cuenta ahora de que no lo es su lectura; como no lo fue el atribulado proceso de su escritura. Y es que hubo un día en que yo también pensé que escribiría sobre Lisboa al prisma de su proverbial luz blanca; con la cadencia natural con que sus promontorios desembocan dramáticamente en el río-mar, con silencios de paquebotes alejándose por la barra y profusión de azules pastel —ningún destino más natural para el que busca escribir versos sobre una de las ciudades más líricas del mundo, más consabidamente bellas. Pero las ciudades son tan luminosas para los turistas como oscuras para quienes las habitan. Y el tiempo pasó, y el destino me trajo a Lisboa y entonces acabé —acaso es posible evitarlo— por enfangarme en su realidad. Y descubrí que aquella luz tan clara se compadecía con lo radicalmente gris de su “real cotidiano”, el que odiaron y quisieron rehabilitar algunos de sus poetas. Y, para mi sorpresa (o no tanto), algunas de sus gentes me dijeron que preferían mil veces la oscuridad de “Madrid, París, San Petersburgo, el mundo” a aquel fulgor de su ciudad, para ellos anegada de cotidianeidad. Y en sus “pastelarias” me crucé algunas veces con esos semblantes helados de los que se rió siempre Cesariny: “Que al final lo que importa es subirse el cuello del abrigo/ al salir de la “pastelaria” y desde fuera —¡ah, desde fuera!— reírse de todo”. Y del brazo de Cesário Verde reparé en el “color monótono y londrino” de ciertos edificios y con él, asomado a una ventana, me compadecí de la tísica que eternamente plancha y que se irá a la cama sin nada que llevarse a la boca. Y así lo que era luz meridiana empezó a grisear, oscurecida por ese color tan mediano del que estamos hechos la mayoría los hombres. Y un día, quién sabe cómo ni dónde, quizás en una de esas iglesias pombalinas de rectilíneo exterior —gris y anodino— y retorcido interior —oscurísimo y deslumbrante—, me descubrí pensando que el alma de esta ciudad es barroca; y que, por barroca, y por querencia del metafísico engaño, se enmascara de luz y se nombra con las palabras más claras. Como un laberinto, como un caracol, como Pessoa: “una madeja enredada hacia dentro”, lo vio quien bien lo conocía, Caeiro. Y así, de este barroco nacieron las prosas de Materia de las nubes, que de esa materia evanescente lo único que no conservan es el color. Aparecen ahora sus primeras reseñas, que justamente por exigir al lector (aun a aquellos tan conspicuos como los que ahora lo leen) sumergirse en aguas tan poco claras y aun, a ratos, nadar a contracorriente, agradezco de manera especial. La primera la escribe Manuel Pecellín para la web de la Real Academia de Extremadura, y por ser breve aquí queda completa.

Licenciado en Derecho y diplomático de carrera, Marina (Cáceres, 1978) estuvo representando a España en México (ver sus obras Lo que los dioses aman, 2008 y Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México, 2012). Lo hace ahora en Portugal (ha traducido y antologado al poeta luso Alberto de Lacerda en el libro El encantamiento, 2012). Materia de las nubes, auténtica fusión de géneros, está escrito en prosa poética, con atrevidas innovaciones (sobre todo, en lo referente a la construcción de neologismos; eliminación de las mayúsculas; algún caligrama; uso mínimo de la puntuación y la mezcla de idiomas: castellano, inglés, portugués, italiano). Es un cálido homenaje lírico a a Lisboa, donde tanto abundan los lugares que reclaman el tributo de un poema. Digamos rochadocondedeóbidos, paláciogalveias, jardimbotánico o miradordagraça, como escribe Marina los nombres de los sitios que componen las cuatro partes de su obra. Y es que, ciertamente, "Lisboa és un pretext de meditacions permanents", según dijese en su día el catalán Josep Plà y repitiera nuestro Ángel Campos. M.P.L.

Más amplia y sustanciosa, la segunda la firma Miguel Ángel Lama en el más reciente número (113, octubre-noviembre) de la ovetense Clarín. Aquí queda uno de sus párrafos: "La palabra de Luis María Marina localizada en esos espacios de Lisboa tan evocadores es la de un cuaderno o diario —la referencia temporal explícita a una mañana de febrero al inicio— en donde el que escribe constata la dualidad de su escritura, instrumental y práctica unas horas del día —la del burócrata, el diplomático— y sublime y poética, contemplativa, creativa durante otros momentos; y así el libro entra en una dimensión de ensayo sobre la propia escritura, y sobre otras escrituras, las de los autores admirados, que van apareciendo a lo largo de esas páginas: Assis Pacheco, Ruy Belo, Cesário Verde, António Ramos Rosa, Luís Amorim de Sousa". El resto, en las páginas de Clarín.

23 octubre 2014

"El fruto de la gramática", nuevos poemas de Nuno Júdice



Cada nuevo libro de poemas de Nuno Júdice es motivo de celebración, una promesa de verdadera poesía. El más reciente se titula O fruto da gramática (El fruto de la gramática), y acaba de publicarlo la Dom Quixote. Aquí quedan tres de sus poemas, en los que Júdice vuelve, con aire nuevo, a algunos de los asuntos que nunca ha llegado a abandonar.



QUÉ ES LA POESÍA

Es posible que este poema no sea
un poema. De hecho, aunque escrito en verso,
con cesuras que están en el lugar en que
deben, unas, y donde no deben, otras,
y a pesar del ritmo que sigue algunas de las reglas
propias de un discurso con marcas musicales,
que produce el placer de la armonía de vocales
y consonantes para los oídos más atentos, este
poema puede, en la consideración de algunos,
no ser un poema, o no formar parte
de aquello a que se da el nombre de poesía. Una frase
más larga de lo habitual, en vez del discurso
equilibrado y acorde con los hábitos
de la dicción; o un raciocinio que nace de una discusión
técnica sobre las reglas que el poeta debería
seguir para llegar a su objetivo; he aquí
dos motivos más que suficientes para que se diga
que este poema no es tal. No obstante, otros pueden
traer argumentos más profundos: que falta aquí
una trascendencia, un sublime, un contacto
con lo divino. Estos son los clásicos. O que
no se siente la presencia de una inspiración de carne
y hueso, de la piel tersa de aquella que se aproxima, sin
que aún podamos verla, y que nos dice al oído la palabra
de amor: son los románticos. O incluso que nada de este
debería tener un sentido, y que las imágenes tendrían
que ir las unas contra las otras en la bolsa de la estrofa: son
los modernos.
Dejo que discutan los unos con los otros, intercambiando
sus argumentos y sus ambiciones, y espero a que
me digas que este poema que todo apartó cuando
llegaste a mi lado, es un poema; y si me lo dices,
sabré entonces que es tuyo este poema, y el resto
que quede para quien cree saber qué es,
o no es, la poesía.


NUEVO TRATADO DE BOTÁNICA

Cuando encuentro en un libro nombres de árboles, de flores,
de cualquier planta que no conozco, no voy a los tratados
de botánica a ver la imagen natural con la respectiva
descripción. Me basta con imaginarlas, aunque pinte de azul
flores que son blancas en la realidad, o vea hojas largas
en un árbol de hojas pequeñas, y descubra raíces
profundas en un arbusto que se arranca simplemente con la mano. De hecho,
la vegetación poética va a encontrar en los nombres de las plantas
su verdadera naturaleza. El nenúfar se transforma
en una planta aérea, como una gran nube que pasa
por el cielo de la memoria; y los lirios son como cardúmenes
que huyen por entre los versos, dejando un rastro
de violín a su paso. Necesitaría una estrofa
grande como un invernadero para cultivar lo que solo
crece en la tierra de las palabras; y cuando llegase
la primavera, aunque esta no fuese más que
el lugar común de la poesía lírica, la vestiría con
el amarillo de los abetos, el morado de las espigas y el rojo
sangre de las violetas. Caminaría bajo la melancolía
de los pinos, y oiría cantar a los pájaros en las copas
frondosas de una palmera. ¿Y la ciencia, me preguntais?
En el poema, respondo, la única ciencia es la realidad
que las imágenes inventan; y cuando miro hacia
el campo, por la ventanilla del automóvil, no quiero saber
qué árboles son aquellos, ni cuál el color de sus flores.



RECUERDOS DE VIAJE

En los hoteles de provincias, las ventanas
cerradas a la calle y abiertas a
oscuros zaguanes, había siempre una biblia
en la mesa de cabecera. Parecía que sus hojas,
atadas por una goma, no habían sido
nunca abiertas; y el polvo de la capa nos ensuciaría
los dedos si llegásemos a tocarla. No sé
qué había dentro de esas biblias; y
si nunca las abrí fue para no encontrar
unas líneas que alguien habría escrito contando
su soledad, un subrayado en que se intenta
dar una respuesta al miedo a la muerte, o
un simple punto de interrogación en la frase
oscura del profeta, como si el destino
de lo sagrado fuese representar el misterio. Pero
nunca me acerqué esas biblias al oído, para
que me contasen lo que habían oído en las noches
de una habitación sombría de un hotel
de provincias, las ventanas abiertas
al zaguán donde gritos y gemidos
de amor se habían perdido, y sordas confesiones
todavía fluctúan en un limbo
de antiguas existencias.






10 octubre 2014

El Nobel de Literatura y Mourinho

Pues sí, la escena de cada año vuelve a repetirse. La reacción de algunos a la concesión del Nobel de Literatura me recuerda a la de Mourinho ante el desenlace de los torneos futbolísticos de verano: si lo ganan ellos o uno de los suyos (esto es, uno de quien hayan leído algo, y sí, también vale una reseña en un suplemento cultural), el Nobel les parece la corona de laurel que le franquea a ese autor —y, por ende, a ellos, sus lectores— las puertas del Parnaso; si lo pierden (es decir, si se lo dan a alguien a quien no han leído), se acuerdan de Echegaray.

07 septiembre 2014

A cuento de dos poemas de Alberto Da Costa e Silva, Premio Camões 2014


Una rápida lectura a las notas con que la prensa lisboeta saludó la concesión del más reciente Premio Camões al brasileiro Alberto da Costa e Silva (São Paulo, 1931) despertó de inmediato mi interés. De entrada, por la instintiva camaradería que nos acerca a aquel con quien compartimos profesión, pues comenzaban aquellas líneas subrayando que el brasileiro es diplomático, con una larga y exitosa carrera a las espaldas, ejercida casi por completo en el ámbito de la “latinidad” (Caracas, Bogotá, Asunción, Madrid, Roma y Lisboa, donde sirvió en dos períodos) y en África (puestos en Benin y Nigeria) e incluyendo varias Jefaturas de Misión. Pero si aquello llamó mi atención, más aún lo hizo lo poco que en esas nótulas pude entrever acerca de su obra literaria, compuesta por una decena de títulos de poesía y unos pocos ensayos sobre asuntos cercanos a mi interés y títulos más que sugerentes: O Vício da África e outros Vícios, A Enxada e a Lança: a África antes dos portugueses o A Manilha e o Libambo: a África e a Escravidão. Inmediatamente sentí la necesidad de hacerme con alguna de esas obras, y a ello me puse con afán, solo para darme de bruces una vez más con la sólida certeza de que los libros brasileños simplemente no llegan a Portugal, por motivos diversos y que aquí no vienen al caso —el que quiera comprobarlo, pregunte en las librerías de Lisboa por obra tan central en la literatura en lengua portuguesa del siglo pasado como el Grande Sertão de Guimarães Rosa; yo, en cuatro años, solo he encontrado un ejemplar en lance: de la edición de Seix Barral con magnífica traducción a nuestra lengua de Ángel Crespo. Espoleado por el fracaso, indagué cerca de varios amigos informados en estos asuntos que suponía debían conocerlo, de quienes tampoco conseguí rascar mucho más: aunque alguno de ellos recordaba haber compartido mesa y mantel con el brasileiro en su última estancia lisboeta, siendo este embajador de su país, y aun es posible que tuvieran en su biblioteca alguno de sus libros, tuve la sensación de que el recuerdo que Costa e Silva había dejado en ellos era lejano, leve, como una huella no demasiado profunda, que probablemente es lo máximo que los pasos de un diplomático aspiran a dejar en los lugares que lo acogen —aun un diplomático como Costa e Silva en un país como Portugal, unidos ambos por una tupida red de hilos biográficos e intelectuales.








Pero ayer, inopinadamente, en una de esas librerías de centro comercial, tan improbables como lisboetas, encontré por fin dos libros del más reciente Premio Camões: uno de memorias ficcionadas, Espelho do Príncipe (1994), y otro de poemas, Ao lado de Vera (1997). Sin tiempo aún para dar cuenta del primero, sí he leído, de un tirón y con notable gusto, el segundo. Obra de madurez, Ao lado de Vera es un conjunto de poemas teñidos con un tono elegíaco, pero que nunca caen en esa querencia natural del alma lusíada que es el saudosismo, porque por detrás de la lente melancólica se adivina siempre una sensibilidad inquieta y comprometida con lo real, con la trascendencia de lo en apariencia insignificante. ¿Y cuáles son las coordenadas de la navegación de esa sensibilidad en el mundo? Las que representan los pequeños universos que todos nos formamos y que a todos nos amparan de la malaise que tarde o temprano acaba por alcanzarnos. Y de cuya calidez estamos si cabe más necesitados quienes hacemos nuestra vida en esta errancia por los caminos de Dios: no es por ello extraño que las galaxias más trasegadas por Costa e Silva en este poemario sean las la familia y las de la memoria, que son por fuerza las de la infancia. Si a lo anterior se añade una notable contención de los medios expresivos, que aleja esta poesía de los concretismos y otros "ismos" tan caros a la lírica brasileña (y que, como afirma Nilo Scalzo en la cuarta de forros, “recuerda a los grandes momentos de la poesía inglesa”), los poemas de Costa e Silva acaban por confluir con ciertos veneros de la poesía en portugués del siglo pasado que corren por encima de las fronteras nacionales, abriendo sugerentes caminos: los desbrozados antes por Pessoa, por Drummond de Andrade, por Rui Knopfli. Como muestra, aquí quedan dos de los poemas más emocionantes de Ao lado de Vera.    


p.s.: En la esclarecedora bibliografía del autor que ocupa las páginas finales de Ao lado de Vera se puede leer que varios de sus libros de poemas fueron lo que entre nosotros se suele llamar con cierta displicencia “autoeditados”. El poeta prefiere indicar que son “ediciones para los amigos, fuera del comercio”; y en esa pequeña indicación leo yo un manifiesto: en tiempos como los que corren, en que los atrios de todas las iglesias han sido tomados por los mercaderes, Da Costa e Silva entiende el oficio poético como la sola tarea intelectual que aún puede salvarse de resultar contaminada por ciertas compañías indeseables; y concibe el poema como la única ofrenda posible a los amigos verdaderos, donde caben todos los lectores que sepan apreciarla —yo, lector suyo, ya me considero su amigo. Desafortunadamente, reflexión tan placentera fue interrumpida por cierto escritorzuelo de cuarta, cuyo nombre me ahorro para no contaminar los poemas que siguen, quien escribió recientemene en su cuenta de facebook que se proponía limpiarla de “poetas autoeditados”. También me ahorro la lista de los “poetas autoeditados” cuya lectura redundaría en beneficio de su cultura literaria (es un decir). Pero la culpa no es suya. Bien empleado me está por “aceptar amistades” fuera de aquellas que se forjan en las páginas de los libros ofrecidos y recibidos, compartidos y admirados. Ahora sí, a lo que de verdad importa: los poemas.





A UN HIJO QUE CUMPLIÓ DIECIOCHO AÑOS


*

António,
los dioses pintan mariposas,
pero nosotros sabemos que
los hombres sueñan
y sangran.

Existe el río.
Existe el campo. Existen
amapolas y un cielo temprano.
Existen el no, y la pascua, y la noche obesa,
y el ocio furioso. El iluminado
sabor a fiebre y a herida existe.
Existen lo eterno y la sombra
de un cielo hosco y desierto
sobre cuanto olvidamos.

Existen
veleros y sonámbulos, el día,
las escamas del pez, la alegría.
Existen la soledad —zambullida y asombro—
y soñar contigo.
El dolor existe.


**

António,
enséñame a no tener miedo
a caminar despierto,
y a recibir el azote del éxtasis.

Devuélveme el asombro
frente a la iniquidad
y el rugir de la fiera.

Repón en mí la fuerza
para resistir al cansancio
de tanto cielo y abismo.
Perdóname la tristeza,
como si fueses mi padre,
y no mi hijo.
                        Usciamo a riveder le stelle.



***

Como un compañero, António, en secreto,
así el cuerpo se va vistiendo de amor.
Así el cuerpo se reclina en la tristeza.
Así el tiempo recoge las flores, en brazados.

Todo es silencio, vuelto del revés. La vida
es una vieja cansada. La vida cubre
el sol.
            Siempre ha sido pobre
la mano que traza esta raya en el día,
esta raya en lo oscuro,
incomprensible e inútil
como llevar a un buey a pastar en la playa.

(Pero los dedos de la vieja mueven los bolillos
y la luz vuela)




ELEGÍA DE LAGOS

Aquí
los viejos navíos
venían a limpiar sus cascos,
no de las olas, ni de los vientos, ni de lo que sueña en la distancia,
sino de lo que tiende a tierra y a piedra, al caracol, al sapo y al lagarto,
a lo que es feo y se aferra
a la superficie del mundo
y es inercia y espera.

Bajo
la calle de mi infancia, de camino a la playa,
y acabo en este puerto de esclavos.
Aquí,
en los charcos,
los niños
venden mangos y gallinas,
varias gallinas atadas por las piernas,
como un ramo de flores, las cabezas desesperadas
huyendo del agua,
los pescuezos en u,
las líneas puntiagudas
surgiendo, pistilos, de los picos semiabiertos.

Pasa un muchacho
con una penca de plátanos
en equilibrio sobre la cabeza,
con la misma displicencia con que Dios
traza en sí mismo la curva del universo.
Y otro
canta,
y tamborilea
en la madera podrida
por la lluvia, esta tristeza
de las lanchas de pesca con las redes lanzadas
sobre las aguas del canal y todas las ausencias.

Hace mucho tiempo, mi cuerpo sobre la playa
podía ser un barco puesto a secar.
Aún quedaba
el envite salino del futuro. La vida
no nos negó las mareas, los tifones, y las fiebres,
el abismo y las plagas.
La vida no acostó
al niño,
con el libro iluminado,
en la silla de lona, descansando de haber sido
un sueño y algunos versos
en que el amor está en todas las vocales, envejecido
de jardín y de sol.

Crece la papaya en el huerto de mi casa.
Pero ya no sé sacar de su rama la simple flauta
y el débil silbido.
Desaprendí
a lanzar la peonza
y a correr sobre los muros,
aunque viva
en la abundancia de flores amarillas,
del calor y de las garzas.

Este jumento manso,
perseguido por las moscas,
cierta mañana, después de la lluvia, entre los cestos
de palomos.
Camina lento,
tal la luz húmeda,
por un huerto ya acabado.
Allí,
sentí que la muerte de alguien en mí sucedía,
cuando el cestero, con el mango
del cuchillo apretado contra el vientre,
iba trenzando el mimbre, y el cuchillo
abría apenas el espacio para enlazar
las fibras; no hería, solo cortaba
el remate de las varas —como la noche
solo cierra los ojos
del exacto fin
de la tarde.

Llega el borrico junto al muro en que me siento,
desvistiéndome de la vida.
La muerte
se descasca
como una haba: caen
de su interior los días,
aun el más antiguo,
en que oímos su nombre por primera vez.
Ella nos pone su hocico, es un perro, en las rodillas
y está llena de sarna, de infancia y de miedo.

Me abandona lo que veo
y queda en mí preso.
Fui
lo que nunca imaginé haber sido. Sé que los días
me abrazan.
Por eso,
ahora,
paso la mano humildemente por el pelo del cachorro,
casi pidiendo
al maldito,
al olvidado,
que se acomode en mis pies
y aquí
se quede.