27 junio 2015

"Las tentaciones de Lisboa", frente a "Las tentaciones de Lisboa"

Lisboa me tenía reservada una bella sorpresa a modo de despedida. Me refiero a la oportunidad de presentar mis Tentaciones de Lisboa frente a aquellas en que se inspiran y con las que dialogan, las de San Antonio, el eremita, imaginadas por Jéronimo Bosco, y expuestas en el Museo de las Janelas Verdes. Fue en la sala 61, justo delante de ese tríptico en el que tanto he aprendido acerca de tantas cosas: por ejemplo, acerca de lo poco apropiada que es la palabra "espectador" para definir el vínculo que nos une a la obra de arte que amamos, eso que nos pasa cada vez que la contemplamos; o de cómo el museo hodierno busca justamente hacer de nosotros "espectadores" y de la contemplación de la obra una experiencia aséptica y, por así decir, de producción en serie, y así desprovista del único sentido verdadero del arte: cambiar la vida de aquel que lo observa (una tendencia a la que resulta mucho más fácil escapar en un museo como el de Arte Antiga de Lisboa, que continúa siendo, paradoja de los tiempos, humano). Pero, sin duda, de lo que más he aprendido delante de las tablas del Bosco es de mí mismo, de la dicha y del dolor que producen la verdadera soledad. Ese oasis, al que con frecuencia me he escapado en estos años huyendo del barullo (el circundante y el interio), se llenó el otro día de amigos para escuchar a Eduardo Lourenço y a Nuno Júdice hablar, con su lucidez compartida (y, sin embargo, de estirpe tan diversa: universal por humanista la del filósofo; sobria y siempre humana la del poeta), de Las tentaciones. Uno, con la emoción del momento, y con semejante compañía, apenas pudo, en las palabras que abajo se reproducen,  dar las gracias y traer la memoria de otros maestros; otros que, como Ángel Campos Pámpano, también experimentaron la soledad irrepetible, inolvidable, de ser frente al Bosco de Lisboa: "No me podré olvidar nunca —decías— de aquella tarde lluviosa en Janelas Verdes. Solos ante un cuadro del Bosco”.


En la presentación de Las Tentaciones de Lisboa
Museu de Arte Antiga, 23 de junio de 2015


Hoy es un día especial para mí y ningún sentido tendría negarlo. No es solo que se acerquen los tiempos, siempre difíciles, de hacer las maletas y emprender camino una vez más, que también. Esos tiempos de mudanza que, pese a la juventud, uno va acumulando, y que son propicios para la efusión de sentimientos, en la que siempre cabe una ración de sentimentalismo que procuraré, no sé si con demasiada fortuna, ahorrarles.

Hoy es un día especial sobre todo por la compañía que me rodea. Y digo que me rodea en el sentido literal del término. Me explico. Es habitual en este tipo de actos que comparezcan, del lado del público, amigos, conocidos y gentes que estiman al autor (por razones que no solo tienen que ver con lo literario, incluso diré por razones  que explican la amistad pese a lo literario). Y en este punto puedo darme modestamente por satisfecho. Porque ahí, frente a mí, veo caras conocidas, veo a unos cuantos amigos y amigas queridas que Lisboa me ha ido regalando a lo largo de estos cinco años, y a los que, en cierto modo, llevo ya para siempre en la maleta. A todos, gracias por acompañarme.

Ya menos habitual es que quienes nos presentan los libros sean quienes nosotros hemos elegido. Y menos todavía que sean quienes en algún momento imaginamos presentadores ideales de ese libro. Son tantos los factores que se cruzan en los caminos que solo una especial alineación de los planetas, de esas a las que tan largos estudios dedicó Fernando Pessoa, llega a hacerlo posible. Si hoy estuviera aquí, Don Fernando probablemente daría fe de que solo una tal confluencia de azares me ha deparado el honor de que me acompañen en esta mesa dos que son maestros en mucho, Eduardo Lourenço y Nuno Júdice. Gracias a los dos por aceptar la invitación.

Por si esa selecta compañía, al frente y a mi alrededor, no bastase, otra bien especial completa el círculo, tras de mí. Tan especial que si alguien, cuando llegué a esta Lisboa hace cinco años, me hubiera dicho que estaría hoy presentando un libro delante de Las tentaciones de San Antonio, lo habría tachado de demente. Y ello a pesar de los muchos sueños de juventud que, en un muchacho nacido a unos pocos cientos de quilómetros, Tajo arriba, con cierta inclinación a los versos y a la vida de los caminos, inspiró durante años esta ciudad que nosotros veremos siempre blanca. Blanca, claro está, como en los versos de Ángel Campos Pámpano. Hoy, con mi paisano Ángel, repito: “No me podré olvidar nunca —decías— de aquella tarde lluviosa en Janelas Verdes. Solos ante un cuadro del Bosco”. Puede que hoy no llueva, y quizás no estemos solos, pero lo que tengo meridianamente claro es que difícilmente podré olvidar esta tarde. Gracias, pues, a los que han hecho posible que nos juntemos aquí, a espaldas nosotros, ustedes de frente, a las imaginaciones de Jerónimo Bosco. Muito obrigado, António, gracias Javier.

Vayan por delante estos agradecimientos para que nadie se me ofenda por lo que ahora diré: junto a este tríptico he pasado algunos de los mejores ratos que Lisboa me reservaba. Y no es que esta ciudad esté falta de atractivos ni que uno no aprecie vuestra compañía, que ha hecho más llevaderos los trabajos de estos años, pero, necesitados como estamos por momentos de lugares que restablezcan nuestros vínculos con la trascendencia, aquí he encontrado, cada vez que lo he buscado, el mío. Un oasis, o mejor, uno de esos promontorios en medio del desierto egipcio, a los que se retiraban los eremitas y, más tarde, los cenobitas, siguiendo el ejemplo del santo que está retratado a nuestras espaldas, San Antonio o, por ser más exactos, San Antón a partir del siglo III de nuestra era.  Y donde hallaban estos la fuente de todos sus desvelos, pero también de todas sus dichas.

Y en este promontorio, de pie frente a los grillos de Jerónimo Bosco, abismado en la mirada desasosegante de Antonio que ahora siento fija en mis espaldas, en sus tentaciones, que son divinas, pero sobre todo humanas, reconozco haber sentido, en cierta medida como hoy, una soledad densamente poblada; una compañía extrañamente solitaria. Y no me parece que las definiciones más exactas del genio y de la obra de arte (la verdadera) se alejen de esto: solo es arte aquello que afirma mi limitada subjetividad, pero que al tiempo me hace reconocerme miembro de la misma Especie a la que pertenece quien fue capaz de dictar, sobre las tablas de un roble, con pigmentos vegetales y minerales, este profundísimo tratado de filosofía. La misma Especie de aquellos que, en la carta de Jorge de Sena a sus hijos sobre los fusilamientos de Goya: "amaram o seu semelhante no que nele tinha de único,/ de insólito, de livre, de diferente,/ e foram sacrificados, torturados, espancados,/ e entregues hipócritamente à secular justiça".

Los maestros, pese a la opinión común, enseñan pocas certezas. Enseñan, si acaso, a hacerse preguntas. Muchas me han surgido a lo largo de los años de la contemplación de estas tres tablas y las dos grisallas que cierran lo que fue (o quiso ser) altar portátil (esto es, trascendencia para ser llevada con nosotros, de un lugar a otro). Preguntas que tienen que ver con nuestro lugar en el mundo; con las mejores, y también, las peores potencialidades que el hombre contiene. Como pago a todas esas preguntas solo he obtenido una intuición: lo somero que es el conocimiento, aun el más profundo, frente a la impresión que causa la obra artística, aun la más ligera. Razones por las que un día me aventuré a escribir estas divagaciones, que hablan de Antonio, el egipcio, de Jerónimo, el flamenco, de Flaubert o de Pessoa, de Meliès o de Tarkovski, pero que hablan, lo siento, soy poeta al fin y al cabo, fundamentalmente de mí. De la impresión duradera que en mi alma han dejado los personajes que ahora contemplan. Que hablan, y perdón por volver a Sena (pero siempre volvemos a Sena), de que el arte, todo arte verdadero, es, en estos tiempos de indigencia, esa “pequenina luz” que alumbra la certeza de que: "nenhum mundo, que nada nem ninguém/ vale mais que uma vida ou a alegria de tê-la./ É isso o que mais importa—essa alegria".

18 junio 2015

Organización pessoana

Miquel Barceló, Sin título,
tomado de El País, 11/08/2002

"Organiza tu vida como una obra literaria. Pon en ella toda la unidad que sea posible".


Fernando Pessoa, Rule of Life

17 junio 2015

Dos presentaciones

Se acumulan, ahora que se acerca el final de los tiempos portugueses, las presentaciones. 

Hoy, 17 de junio, estaré con Antonio Sáez Delgado en la presentación lisboeta de su magnífico Pessoa y España (en la Casa Fernando Pessoa, dónde si no, a las 19:00). Honrado de poder compartir la palabra con quien es ya, pese a su edad, "maestro" en el sentido más genuino de la palabra, pues ha abierto caminos por donde otros hoy circulan (circulamos) en esto de la lusitanidad.


Y la semana que viene, el 23 de junio, presentaremos mis Tentaciones de Lisboa (en la sala 61 del Museu de Arte Antiga, frente al tríptico del Bosco, dónde si no, a las 18:30). Me acompañarán Eduardo Lourenço y Nuno Júdice, un auténtico lujo. En ambas, por si fuera poco, oficiará de moderador Javier Rioyo. 


20 mayo 2015

Rui Knopfli, "El país de los otros"

Escribía antesdeayer que los últimos estertores del Imperio portugués no impidieron que los territorios que pronto dejarían de ser coloniales nutrieran a brillantes poetas, algunos de los mejores de esa lengua en las décadas del cincuenta y el sesenta. Es el caso de Rui Knopfli (RK), nacido en Mozambique y autor de los poemas reunidos en El país de los otros, nueva entrega de las Letras Portuguesas de la Editora Regional de Extremadura. Muchos de esos poetas se perdieron en el limbo existencial de los que no son de ningún lado, de los condenados -la razón de la condena aquí poco importa- a vivir en países que pertenecen a los otros. Y en esos terrenos tan pantanosos del extrañamiento sembraron su palabra, y recogieron frutos, acerbos y emocionantes, que el paso del tiempo ha demostrado hechos de la materia de la poesía verdadera. Rescatarlos del otro limbo (el editorial) es tarea antes gozosa que urgente. La urgencia es descartada de antemano por el propio RK, quien ha escrito con lucidez y no sin ironía acerca de los renglones torcidos en los que se escribe el canon literario: "Entonces/ mi nombre comenzará a aparecer/ en antologías y, para tedio/ de maestros y niños, se harán/ ediciones escolares de mis libros./ Ese día seré olvidado" ("Posteridad", Mangas verdes com sal). El gozo, ese, es el que sentimos cada vez que un poema de RK mueve algo en nuestro interior. Probablemente se trate de un poema sencillo, discreto y dicho como en voz baja, en la intimidad insuperable de la página. Pero también es muy probable que su lectura nos invite a franquear las puertas de una cofradía indisoluble, aquella que forman el poeta y sus humildes "treinta lectores". De esos treinta, unos pocos son nuestros. En el prólogo a "El país de los otros" me refiero a los más tempranos, Crespo y, sobre todo, Gabino-Alejandro Carriedo, que se correspondió durante años con el portugués nacido en Mozambique. Entre los modernos, no puedo dejar de mencionar a dos, Martín López-Vega y José Ángel Cilleruelo, con quienes antes he compartido conversas de admiración por el poeta de "vago, extraño nombre" ("Autorretrato", Mangas verdes com sal) y comparto, desde hoy, el placer de haberlo traducido. 


25 abril 2015

Dos poemas de Ruy Cinatti

Ruy Cinatti, Lisboa, 1965,
fotografía de João Cutileiro
Por el imperio colonial portugués en descomposición anduvieron algunos de los mejores poetas que esa lengua ha dado en la segunda mitad del siglo pasado. Si Rui Knopfli es el poeta de Lourenço Marques, Ruy Cinatti (1915-1986) lo será de Timor Oriental. Nacido en Londres (en una familia de diplomáticos), formado como ingeniero agrónomo, fundador en Lisboa de la influyente revista Cadernos de poesia, Cinatti pronto comenzará a trasegar los caminos del imperio. Tras un paso iniciático por las islas atlánticas de São Tomé e Príncipe y Cabo Verde, a mediados de los cuarenta desembarca en esa otra isla, "roja y verde", de Timor, que habrá de marcar definitivamente su existencia. A ella volverá en otros periodos, sirviendo en diversos puestos de la Administración colonial. Y a ella dedicará parte sustancial de su obra como antropólogo (por ejemplo, un bello Cancioneiro para Timor donde el estudio de costumbres se funde con la fotografía y la poesía), pero también y sobre todo algunos de sus mejores poemas, casi siempre los más emocionantes en el conjunto de una obra tan amplia como irregular. Aquí quedan dos, extraídos del libro Uma Sequência Timorense (1970).


PROPÓSITO INAPLAZABLE

Lo que duele es ver al pobre
timorense escuálido beber
agua del pantano,
donde desaguan desperdicios,
comer tierra
y saludarme, cuando
circulo por la carretera,
dios ocioso.

Tantos y tantos otros,
timorenses escuálidos,
me miran como si su deber fuese
cavar fosas,
plantar un banquete
de maíz, arroz y carne,
llenar copas vacías,
de borrachera y sueño,
que no duela,
mortifique el ocio,
reanime el tiempo.

Huir es mejor que prometer
esperanza para mejores días.

Huir es atrasar
el discurso límite
frenado por las ruedas
de la duda maníaca.

Yo no prometo nada.
Invoco los montes
heridos por la luz,
el mar que me circunda
en Dili, tierra-tedio y de mala gente.

Me afino según el timbre
limpio de las almas
de los timorenses escuálidos
que me deletrean vivo.

Y sigo,
limpios el alma y el rostro,
sujeto a la condición que me redime.
Los timorenses solo tendrán razón
cuando me maten.


EN TIERRAS DE NÁRI-LAUTEM

De la gente,
el bullicio matutino.
De la gente
bello el acorde de los gallos
abriendo las alas
sobre los túmulos.
Bello
el sol que limpiaba
los ojos
de los niños
que tropezaban con el día.
De la gente,
también, y sabio,
el pensar de los viejos.

Y solo quedó
el cementerio pegado
a las casas ya podridas.

Solo los muertos no han muerto
en Nari, tierra de gente.


Traducción: LMM

23 febrero 2015

"Dispersa sed", una antología de António Ramos Rosa


Este de arriba viene de lejos, de México para ser exacto. Ha tardado sus buenas cinco o seis semanas en cruzar el charco. Teniendo en cuenta ese largo viaje, no deja de ser curioso que los poemas que en él se contienen fueran escritos aquí mismo, en un apartamento situado cuatro bloques más arriba del lugar en el que escribo estas líneas, en las Avenidas Novas de Lisboa. Pues aquí al lado vivió durante cuarenta años António Ramos Rosa, y en ese modesto apartamento escribió a buen seguro parte sustancial de los poemas que su hija, Maria Filipe, ha seleccionado ahora para esta antología, la primera amplia del poeta algarvío que se publica en México, y que uno ha tenido el placer de traducir con Piedad Montero para La Otra, la editora del poeta mexicano José Ángel Leyva. Aunque en España Ramos Rosa está parcialmente editado, con magníficas traducciones, entre otros de Campos Pámpano y Janés, siempre es buena la ocasión de volver a uno de los poetas más definitivos de la segunda mitad del XX. Uno de esos (y con el paso de los años uno se da cuenta de que no son tantos) que aguantan la ordalía de la relectura, que cada vez renuevan la epifanía que sentimos en el primer hallazgo de sus versos. Un poeta cuya palabra es siempre nueva, en el sentido que Alberto Caeiro le enseñó a su discípulo Álvaro de Campos, y que este dejó escrito en el tratado de filosofía más verdadero que uno haya leído, las Notas para a recordação do Meu Mestre Caeiro -que todo lo dejó dicho, y eso  explica no poco de la deriva de todas las filosofías que siguieron. Dice Caeiro: "Todas las cosas que vemos debemos verlas siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que las vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aunque sea la misma de ayer. La gente ya no es la misma ni tampoco la flor. El amarillo en sí no puede ser ya el mismo. Es una lástima que la gente no tenga ojos para saber eso, porque entonces todos seríamos felices". Palabras que hablan de cosas sencillas: flores, colores, ojos, hombres felices y hombres desgraciados. Palabras que hablan de cosas sencillas, como las del mítico "Poema dum funcionário cansado" de António Ramos Rosa: "¿Por qué me siento irremediablemente perdido en mi cansancio?/ Deletreo viejas palabras generosas/ Flor muchacha amigo niño/ hermano beso novia/ madre estrella música/ Son las palabras cruzadas de mi sueño/ palabras soterradas en la prisión de mi vida/ así todas las noches del mundo en una única noche larga/ en un cuarto solo".

10 febrero 2015

El oficio según Al Berto


Fotografía de Felicienne Marboeuf

“Crees que eres escritor y vives como escritor. Con independencia de lo que escribas, te inventas un escenario de escritor. Porque vives con mitos en la cabeza y eso te parece bellísimo. Crees que un escritor debe comprarse unas pantuflas y una bata. Piensas que es indispensable. Un escritor tiene que tener unas pantuflas y una bata. Tiene que tener una buena pluma estilográfica. Tiene que tener varias cosas que forman parte del mundo de la escritura, aunque no escriba nada. (…) Escribes y tienes que vivir rodeado de todas esas cosas que forman parte de la escritura: los papeles, los cuadernos, algunos libros. No muchos. Has perdido en parte la locura de querer tener todos los libros, permanentemente, sobre ti, la biblioteca ambulante encima. De eso ya no queda mucho. Pero lo hubo. ¿Te acuerdas? No te movías sin tus libros. Fue quizás lo último que perdiste. Quizás ya no sea demasiado importante andar con todo eso detrás.
El escritor tiene siempre un millar de personas dentro de sí —murmuras mientras te miras al espejo. Ves a alguien que necesita un litro de café y una buena ducha para despertarse, y que encuentra una dificultad inmensa para reconciliarse con el día. Colocas la bata para tapar el pecho descubierto. Esto es muy difícil. Cada mañana, despertar siempre. De noche es siempre más fácil, por lo menos reconocerte en esa imagen. Es obvio. La soledad se paga… Pero un escritor está por encima de la condición humana. Esto es, necesita nombrar las cosas para que existan. Y, en el momento en que las nombra, uno se coloca en una posición de dios o demiurgo. Desde este punto de vista el escritor tiene la posibilidad de desdoblarse en todo, no solo en personas sino en objetos, animales, en todo. El universo entero debe estar en su interior, si no, no es un escritor.
A día de hoy solo escribes en casa. Y eso te protege del exterior. Escribes siempre a mano, no te gustan los ordenadores, pero te gusta el ruido de la máquina de escribir. Sientes una inclinación hacia el lado físico de la escritura: el papel, el olor de la tinta, las plumas. Hay una faceta en la belleza del momento en que se escribe que tiene que ver con eso y que siempre provoca en ti un gran placer, que la escritura no siempre provoca. Odias los bolígrafos. Ni siquiera eres capaz de escribir con ellos. Con la pluma estilográfica, la textura de la tinta en el papel forma parte del propio placer de la escritura. Durante muchos años escribiste metido en la cama —y actualmente solo consigues leer acostado— pero ahora, como tienes una ventana mirando al mar con una vista suntuosa, te sientas ahí a trabajar. Cuando cambias de lugar, tienes tendencia a escribir cosas emocionales. Hay que producir durante el invierno, porque a partir de la primavera otorgas mucha atención a los vinos, las comidas, las salidas nocturnas… Para decir verdad, no te apetece hacer nada, el verano para ti es algo muy físico. Quizás es porque eres Capricornio…
Ahora podrías poner un disco […] Pero ahora escribes. Y cuando escribes no oyes música. Tienes un ruido de fondo que normalmente es la radio. Curiosamente. Por razones obvias: hace muchos años no había dinero para discos ni tocadiscos. Y basta con que haya un ruido, y muchas veces ni identificas lo que estás oyendo. Hace compañía. Luego, a veces hay algo que despierta la atención y oyes un poco más sin llegar a saber quién toca. Es, como se dice, tener compañía, mucho más que el ruido. Esto te hace estar concentrado, te obliga a concentrarte.
Cuando pasas al papel, el ritmo de trabajo se altera. Mantienes una disciplina absolutamente férrea: no sales de casa, adoptas hábitos alimentarios frugales y tienes una capacidad de trabajo de veinticuatro horas al día si es necesario. Es lo que tú asumes como trabajo de escritor. La primera versión es una carta de marear, tiene siempre algo de residual: al pasar al papel algo se pierde. Es preciso retomar eso y ese proceso es extremadamente doloroso porque hay cosas que la memoria borra completamente y porque el efecto físico de la escritura es otra realidad. Hay una versión, entre líneas otra, en el margen de las hojas hay listas inmensas de palabras, ideas para otros poemas, pequeñas iluminaciones… Hay un momento en que sientes la necesidad de despersonalizar todo aquello, para una primera limpieza en serio, y eso presupone pasarlo a máquina. Es la parte más terrible: para que no haya ninguna corrección a mano, llegas a pasar un poema doscientas veces a máquina y a veces acabas por volver a la versión inicial, que es la más desequilibrada pero la que más te gusta… No conservas esas versiones: en cuanto hay una nueva, las anteriores van a la basura. Pero el trabajo de corrección, la depuración, no te fascinan, porque tu vida es cada vez más barroca: te fascina asumir enteramente la vida de “escritor”, con todos sus rituales. No solo los propios, sino los de los otros: tener pantuflas a lo Tenessee Wiliams, bastón a lo Borges,… No eres capaz de releer De repente, el último verano sin tener al lado una nevera portátil con vasos de cristal y mucho güisqui y una bata y unas pantuflas como Tennessee Williams aparece en fotografías. Esto se complica cuando lo asumes en lo que escribes: por momentos, te sientes el actor de tu propia escritura...”
Al Berto, “Os dias sem ninguém”, distintas procedencias, tomado de Anghel, Golgona: A Metafísica do Medo: Leituras da obra de Al Berto, tesis de Doctorado en Literatura Portuguesa Comparada, Universidad de Lisboa, 2008, pp. 219 ss.
Traducción de L.M.M. (con Íñigo Linaje y Karla Olvera en mente).

29 diciembre 2014

Mucho Júdice

Gracias al oído atento de Hugo Gutiérrez Vega y Marco Antonio Campos, el suplemento cultural de La Jornada dedica buena parte de su último número del año al poeta luso, clausurando por todo lo alto el que bien podríamos llamar "año Júdice": aquel en que, por fin, quedó asentada entre nosotros su condición de clásico de nuestro tiempo. Dos poemas inéditos del propio Nuno (que, como siempre, dan para mucho) y estudios acerca de distintos aspectos de su obra por García Montero, el poeta y ensayista portugués António Carlos Cortez (buen amigo, y, con Pedro Eiras, uno de los criticos más brillantes de su generación) y, sobre todo, por varios de sus traductores: la mexicana Blanca Luz Pulido, Jenaro Talens y quien estas líneas escribe, honrado, y, por qué no decirlo, algo abrumado por semejante compañía. Aprovecho para dejar constancia de una errata que se ha colado en mi texto: donde dice "anti-Camões" debe decir "supra-Camões". Dicho queda. El número puede leerse, íntegro, sin suscripciones ni historias, aquí. Ay, las comparaciones...

27 diciembre 2014

La crítica en España

La crítica (1906), aguafuerte de Julio Ruelas

Sostiene el crítico en las páginas de uno de los suplementos culturales (?) de referencia en nuestro país: "Hecho en falta contiene 79 poemas. Sin duda, una cantidad suficiente". Sin duda. Y, ay, de quién se atreva a dudarlo.


24 diciembre 2014

"Segunda elegía de Londres", de Alberto de Lacerda

Portada de Elegías de Londres (1987), en la
edición de la Imprensa Nacional-
Casa da Moeda, sobre dibujo de Paula Rego.
Una reciente conversación con Luís Amorim de Sousa, albacea literario de Alberto de Lacerda (y que continúa dedicando sus mejores esfuerzos, ahora desde Oxford, para conseguir que la obra de este último no se pierda en el olvido), me trae de vuelta a la poesía de Lacerda, que nunca realmente he llegado a abandonar. Dentro de su obra de madurez, la Segunda elegía de Londres ocupa un lugar especial. Fechada en la capital británica en febrero de 1985, en sus versos recrea el poeta aquellos espacios de la remota infancia africana que ya solo existen en su memoria. Los espacios de un imperio extemporáneo, "emblema de injusticia universal" que, no obstante, en los ojos del niño se revisten de humanidad, volviéndose habitables. Y que son revisados con esa mezcla de "buena fe y mala conciencia" (las palabras son de Eugénio Lisboa) con que fueron sentidos por aquellos a los que tocó vivir la descomposición de aquel último imperio (Knopfli, Cinatti. Luandino Vieira o los propios Lisboa o Amorim de Sousa).





SEGUNDA ELEGÍA

Ver lentamente transparente
lo que desde el inicio casi siempre
se ocultara —
la misma luz de la infancia
                                           emanando
del interior del ser y del centro de la tierra
(el cuerpo de cinco años un cuerpo de luz
por entre la luz apabullante del huerto africano
que mi madre plantara)
hasta ese promontorio extremo
de la percepción deslumbrada
era un balcón
                        al cabo
                                     secreto
ambigua presencia
sin relación con todo pero
que oprimía

Desde siempre
                        hubo planes
sin relación intrínseca
cuyo desencuentro yo sufría
las fuentes
que no se tocaban
por detrás de todo
la tiranía doméstica
emblema de la injusticia
universal

Pero la luz me llevaba siempre
de la mano

La propia inocencia prolongada del cuerpo
era una iridiscencia
que sobrevivió a la túnica rasgada
muchos años más tarde
en la roca del deseo

En el terror se ocultaba lo que yo no entendía
miasma de la soledad brutal

Todo era ajeno
                         todo me era voluntariamente
alejado de la alianza
que el corazón gritaba cada vez más alto
queriendo alcanzar

Ambiente
                        decían
                                    impropio para el consumo
Todos los días se hablaba de regreso

Niños negros con quienes raramente jugaba
en la sanzala
lejos bien lejos de la casa
casa grande
que llamaban palacio

Noches
noches enteras
                         un batuque
muy muy lejano

Son que me laceraba hasta la angustia
en un deseo en una nostalgia sin nombre
de no sé qué no sé dónde

Lo que nunca tiene explicación
comenzó en ese ritmo lejanísimo
oído interminablemente toda la noche

Joaquín ayo adorado
que me bañaba y sin palabras
me dejaba lavar
                           las partes que Camões
llama vergonzosas
y no lo son
                        nunca lo fueron

El cocinero —no recuerdo su nombre—
que me contaba historias en que siempre había animales
dentro de otros animales

Regreso
conversaciones obsesivas
sobre el regreso
                            siempre frustrado
a Europa
                (la metrópoli era Moscú
para aquella gente en nada parecida a la dulzura
de las tres hermanas chejovianas)
pero era allí
en aquella oriental costa africana
donde yo había nacido
                                      aunque espiritualmente me la negaran
después de la violación secular

Barquitos de corteza de sumaúma
que puse a flote en Mentangula
en el lago Niassa
mes paradisíaco de mi infancia

Los crepúsculos vistos desde la terraza del palacio
en Villa Cabral
lejos muy lejanamente
                                      en la franja postrera del horizonte
el Lago ardiendo en plata

Por todos lados el misterio se encarnaba
natural como la selva a dos pasos
de la casa grande

Solo siendo adulto he habitado en la memoria
ese misterio que la tiranía blanca
intentó destruir

El enigma de ciertas miradas africanas
sobre todo las madres
                                    pegadas a los hijos al cuerpo
por la capulana

Mirada semejante a la que me vino a traspasar
siglos después en los indios de México

Clotilde que era joven feliz y murió en el parto

Dada la alarma
dejado yo a solas en el caserón con los criados
oí un grito que era imposible que hubiese oído
y fue una mueca
                            un vagido cósmico
                                                            el primero

La soledad clavaba garras profundas
imborrables

El amor se dilataba en un horizonte tan lejano

que solo las lágrimas a veces alcanzaban