27 noviembre 2014

Dos reseñas de los "Nueve poemas"

Quedan aquí las dos reseñas que el diario Hoy de Badajoz ha publicado con apenas unos días de diferencia de mis Nueve poemas a Sofía y otras historias. De esas que le animan a uno a seguir, a no desfallecer. Mi agradecimiento a sus autores, Enrique García Fuentes y Manuel Pecellín. Seguimos.






TÚ, SIEMPRE, ACUÉRDATE

Marina (1978) es diplomático y escritor. Licenciado en Derecho. Trabajó en la Embajada de España en México y  actualmente en la de Lisboa.  Suyos son los poemarios Lo que los dioses aman ( 2008), Continuo mudar  (2011) y  Materia de las  nubes (2014),  más un libro de crónicas sobre la ciudad de México, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México ( 2012). Ha antologado y traducido al poeta luso Alberto de Lacerda (El encantamiento, Olifante, 2012) y hecho  las versiones de otros escritores portugueses, como Nuno Júdice (a quien rememora en la entrega que presentamos merced a “Meninha olhando para o rio”).  Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías en México y España. Ha colaborado en publicaciones periódicas como Clarín, revista de Nueva Literatura   y La Jornada Semanal y escribe regularmente en La Otra y la Revista UIC (Universidad Intercontinental de México). Actualmente dirige la serie "Letras Portuguesas", de la Editora Regional de Extremadura. Aunque el propio autor presenta Nueve poemas a Sofía como una sencilla plaquette -volumen 53 de la colección "Papeles de Trasmoz"-  sus nueve composiciones pasan de cuatro centenares sus versos, escritos en Lisboa entre octubre 2012 y mayo 2014.  Se trata, pues, de un auténtico libro, en los que no faltan los recursos experimentales (el más llamativo, la total ausencia de signos de puntuación). La capital lisboeta, hermosamente evocada, sus plazas, hoteles, comercios, tantos rincones repletos de saudade y sobre todo esa  habitación 405 en planta cuarta planta del  hospital cerca del Tajo, forman el  escenario  donde discurre el asombro que aquí se evoca: la llegada al mundo de la hija primera. A Sofía, con la añoranza del "tacto de sus tres sílabas de salitre" (pág. 32), concitará insistente la voz poética, que, no obstante, junto al gozo de la sangre acrecentada,  sufre también porque no quiere una "memoria blanca".  La alegría no puede hacerle olvidar las grandes tragedias del mundo todo. Digamos, por ejemplo,  las que simbolizan hiroshima, ettersberg, víznar (siempre con minúsculas) o esas cunetas que hay que abrir a dentelladas/para con su tierra cubrirnos los ateridos huesos (pág. 28). Sutilmente, de forma ocasional, pero perceptible, se deslizan también algunas huellas "de aquel niño triste que fui" (pág. 38), imágenes de una infancia siempre a punto de emergencia. Cual otro árbol de Jesé, símbolo tan frecuentado en el vecino país, el poeta feliz reconoce acrecentada su genealogía, aunque le ternura del nuevo le asuste tanto como le ilusiona. No es precisamente un mundo ideal el que aguarda a Sofía, si bien ella podrá contar con el cielo protector de quien  ya comenzó a enseñarle cómo defenderse y sobrevivir con dignidad, tal Goytisolo a Julia.  Algún día  ella leerá su “Testamento”  (pp. 20-23), un poema magnífico, donde le adelanta las más sabias  luces , si bien no se  le oculta que, según bien avisase Freud,  el padre de forma ineludible quedará  resuelto en escombros. Marina compone  siempre con voz serena incluso cuando aborda las cuestiones más trascendentales o construye atrevidas imágenes. Modula con asombrosa naturalidad el ritmo de sus versos, blancos y libres, haciendo cómplice al lector de las emociones que lo conmueven. Chica es la calandria y chico el ruiseñor/pero más dulce cantan que otra ave mayor, avisaba el maestro Juan Ruiz. Más valen supuestas plaquettes que farragosos constructos.
MANUEL PECELLÍN


04 noviembre 2014

Nueve poemas a Sofía



Con estos dos collages, cortesía de la finísima Felicienne Marboeuf (antes conocida como Karlatone), quedan oficialmente presentados mis últimos poemas. Nueve para ser exactos, recogidos en una "plaquette" que edita Olifante con su cuidado habitual. Y de los que solo alcanzo a decir que son los poemas más verdaderos que he escrito hasta ahora. 

31 octubre 2014

Leyendo "Materia de las nubes"

Materia de las nubes no es un libro fácil. Me doy cuenta de que no lo es su lectura; como no lo fue el atribulado proceso de su escritura. Y es que hubo un día en que yo también pensé que escribiría sobre Lisboa al prisma de su proverbial luz blanca; con la cadencia natural con que sus promontorios desembocan dramáticamente en el río-mar, con silencios de paquebotes alejándose por la barra y profusión de azules pastel —ningún destino más natural para el que busca escribir versos sobre una de las ciudades más líricas del mundo, más consabidamente bellas. Pero las ciudades son tan luminosas para los turistas como oscuras para quienes las habitan. Y el tiempo pasó, y el destino me trajo a Lisboa y entonces acabé —acaso es posible evitarlo— por enfangarme en su realidad. Y descubrí que aquella luz tan clara se compadecía con lo radicalmente gris de su “real cotidiano”, el que odiaron y quisieron rehabilitar algunos de sus poetas. Y, para mi sorpresa (o no tanto), algunas de sus gentes me dijeron que preferían mil veces la oscuridad de “Madrid, París, San Petersburgo, el mundo” a aquel fulgor de su ciudad, para ellos anegada de cotidianeidad. Y en sus “pastelarias” me crucé algunas veces con esos semblantes helados de los que se rió siempre Cesariny: “Que al final lo que importa es subirse el cuello del abrigo/ al salir de la “pastelaria” y desde fuera —¡ah, desde fuera!— reírse de todo”. Y del brazo de Cesário Verde reparé en el “color monótono y londrino” de ciertos edificios y con él, asomado a una ventana, me compadecí de la tísica que eternamente plancha y que se irá a la cama sin nada que llevarse a la boca. Y así lo que era luz meridiana empezó a grisear, oscurecida por ese color tan mediano del que estamos hechos la mayoría los hombres. Y un día, quién sabe cómo ni dónde, quizás en una de esas iglesias pombalinas de rectilíneo exterior —gris y anodino— y retorcido interior —oscurísimo y deslumbrante—, me descubrí pensando que el alma de esta ciudad es barroca; y que, por barroca, y por querencia del metafísico engaño, se enmascara de luz y se nombra con las palabras más claras. Como un laberinto, como un caracol, como Pessoa: “una madeja enredada hacia dentro”, lo vio quien bien lo conocía, Caeiro. Y así, de este barroco nacieron las prosas de Materia de las nubes, que de esa materia evanescente lo único que no conservan es el color. Aparecen ahora sus primeras reseñas, que justamente por exigir al lector (aun a aquellos tan conspicuos como los que ahora lo leen) sumergirse en aguas tan poco claras y aun, a ratos, nadar a contracorriente, agradezco de manera especial. La primera la escribe Manuel Pecellín para la web de la Real Academia de Extremadura, y por ser breve aquí queda completa.

Licenciado en Derecho y diplomático de carrera, Marina (Cáceres, 1978) estuvo representando a España en México (ver sus obras Lo que los dioses aman, 2008 y Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México, 2012). Lo hace ahora en Portugal (ha traducido y antologado al poeta luso Alberto de Lacerda en el libro El encantamiento, 2012). Materia de las nubes, auténtica fusión de géneros, está escrito en prosa poética, con atrevidas innovaciones (sobre todo, en lo referente a la construcción de neologismos; eliminación de las mayúsculas; algún caligrama; uso mínimo de la puntuación y la mezcla de idiomas: castellano, inglés, portugués, italiano). Es un cálido homenaje lírico a a Lisboa, donde tanto abundan los lugares que reclaman el tributo de un poema. Digamos rochadocondedeóbidos, paláciogalveias, jardimbotánico o miradordagraça, como escribe Marina los nombres de los sitios que componen las cuatro partes de su obra. Y es que, ciertamente, "Lisboa és un pretext de meditacions permanents", según dijese en su día el catalán Josep Plà y repitiera nuestro Ángel Campos. M.P.L.

Más amplia y sustanciosa, la segunda la firma Miguel Ángel Lama en el más reciente número (113, octubre-noviembre) de la ovetense Clarín. Aquí queda uno de sus párrafos: "La palabra de Luis María Marina localizada en esos espacios de Lisboa tan evocadores es la de un cuaderno o diario —la referencia temporal explícita a una mañana de febrero al inicio— en donde el que escribe constata la dualidad de su escritura, instrumental y práctica unas horas del día —la del burócrata, el diplomático— y sublime y poética, contemplativa, creativa durante otros momentos; y así el libro entra en una dimensión de ensayo sobre la propia escritura, y sobre otras escrituras, las de los autores admirados, que van apareciendo a lo largo de esas páginas: Assis Pacheco, Ruy Belo, Cesário Verde, António Ramos Rosa, Luís Amorim de Sousa". El resto, en las páginas de Clarín.

23 octubre 2014

"El fruto de la gramática", nuevos poemas de Nuno Júdice



Cada nuevo libro de poemas de Nuno Júdice es motivo de celebración, una promesa de verdadera poesía. El más reciente se titula O fruto da gramática (El fruto de la gramática), y acaba de publicarlo la Dom Quixote. Aquí quedan tres de sus poemas, en los que Júdice vuelve, con aire nuevo, a algunos de los asuntos que nunca ha llegado a abandonar.



QUÉ ES LA POESÍA

Es posible que este poema no sea
un poema. De hecho, aunque escrito en verso,
con cesuras que están en el lugar en que
deben, unas, y donde no deben, otras,
y a pesar del ritmo que sigue algunas de las reglas
propias de un discurso con marcas musicales,
que produce el placer de la armonía de vocales
y consonantes para los oídos más atentos, este
poema puede, en la consideración de algunos,
no ser un poema, o no formar parte
de aquello a que se da el nombre de poesía. Una frase
más larga de lo habitual, en vez del discurso
equilibrado y acorde con los hábitos
de la dicción; o un raciocinio que nace de una discusión
técnica sobre las reglas que el poeta debería
seguir para llegar a su objetivo; he aquí
dos motivos más que suficientes para que se diga
que este poema no es tal. No obstante, otros pueden
traer argumentos más profundos: que falta aquí
una trascendencia, un sublime, un contacto
con lo divino. Estos son los clásicos. O que
no se siente la presencia de una inspiración de carne
y hueso, de la piel tersa de aquella que se aproxima, sin
que aún podamos verla, y que nos dice al oído la palabra
de amor: son los románticos. O incluso que nada de este
debería tener un sentido, y que las imágenes tendrían
que ir las unas contra las otras en la bolsa de la estrofa: son
los modernos.
Dejo que discutan los unos con los otros, intercambiando
sus argumentos y sus ambiciones, y espero a que
me digas que este poema que todo apartó cuando
llegaste a mi lado, es un poema; y si me lo dices,
sabré entonces que es tuyo este poema, y el resto
que quede para quien cree saber qué es,
o no es, la poesía.


NUEVO TRATADO DE BOTÁNICA

Cuando encuentro en un libro nombres de árboles, de flores,
de cualquier planta que no conozco, no voy a los tratados
de botánica a ver la imagen natural con la respectiva
descripción. Me basta con imaginarlas, aunque pinte de azul
flores que son blancas en la realidad, o vea hojas largas
en un árbol de hojas pequeñas, y descubra raíces
profundas en un arbusto que se arranca simplemente con la mano. De hecho,
la vegetación poética va a encontrar en los nombres de las plantas
su verdadera naturaleza. El nenúfar se transforma
en una planta aérea, como una gran nube que pasa
por el cielo de la memoria; y los lirios son como cardúmenes
que huyen por entre los versos, dejando un rastro
de violín a su paso. Necesitaría una estrofa
grande como un invernadero para cultivar lo que solo
crece en la tierra de las palabras; y cuando llegase
la primavera, aunque esta no fuese más que
el lugar común de la poesía lírica, la vestiría con
el amarillo de los abetos, el morado de las espigas y el rojo
sangre de las violetas. Caminaría bajo la melancolía
de los pinos, y oiría cantar a los pájaros en las copas
frondosas de una palmera. ¿Y la ciencia, me preguntais?
En el poema, respondo, la única ciencia es la realidad
que las imágenes inventan; y cuando miro hacia
el campo, por la ventanilla del automóvil, no quiero saber
qué árboles son aquellos, ni cuál el color de sus flores.



RECUERDOS DE VIAJE

En los hoteles de provincias, las ventanas
cerradas a la calle y abiertas a
oscuros zaguanes, había siempre una biblia
en la mesa de cabecera. Parecía que sus hojas,
atadas por una goma, no habían sido
nunca abiertas; y el polvo de la capa nos ensuciaría
los dedos si llegásemos a tocarla. No sé
qué había dentro de esas biblias; y
si nunca las abrí fue para no encontrar
unas líneas que alguien habría escrito contando
su soledad, un subrayado en que se intenta
dar una respuesta al miedo a la muerte, o
un simple punto de interrogación en la frase
oscura del profeta, como si el destino
de lo sagrado fuese representar el misterio. Pero
nunca me acerqué esas biblias al oído, para
que me contasen lo que habían oído en las noches
de una habitación sombría de un hotel
de provincias, las ventanas abiertas
al zaguán donde gritos y gemidos
de amor se habían perdido, y sordas confesiones
todavía fluctúan en un limbo
de antiguas existencias.






10 octubre 2014

El Nobel de Literatura y Mourinho

Pues sí, la escena de cada año vuelve a repetirse. La reacción de algunos a la concesión del Nobel de Literatura me recuerda a la de Mourinho ante el desenlace de los torneos futbolísticos de verano: si lo ganan ellos o uno de los suyos (esto es, uno de quien hayan leído algo, y sí, también vale una reseña en un suplemento cultural), el Nobel les parece la corona de laurel que le franquea a ese autor —y, por ende, a ellos, sus lectores— las puertas del Parnaso; si lo pierden (es decir, si se lo dan a alguien a quien no han leído), se acuerdan de Echegaray.

07 septiembre 2014

A cuento de dos poemas de Alberto Da Costa e Silva, Premio Camões 2014


Una rápida lectura a las notas con que la prensa lisboeta saludó la concesión del más reciente Premio Camões al brasileiro Alberto da Costa e Silva (São Paulo, 1931) despertó de inmediato mi interés. De entrada, por la instintiva camaradería que nos acerca a aquel con quien compartimos profesión, pues comenzaban aquellas líneas subrayando que el brasileiro es diplomático, con una larga y exitosa carrera a las espaldas, ejercida casi por completo en el ámbito de la “latinidad” (Caracas, Bogotá, Asunción, Madrid, Roma y Lisboa, donde sirvió en dos períodos) y en África (puestos en Benin y Nigeria) e incluyendo varias Jefaturas de Misión. Pero si aquello llamó mi atención, más aún lo hizo lo poco que en esas nótulas pude entrever acerca de su obra literaria, compuesta por una decena de títulos de poesía y unos pocos ensayos sobre asuntos cercanos a mi interés y títulos más que sugerentes: O Vício da África e outros Vícios, A Enxada e a Lança: a África antes dos portugueses o A Manilha e o Libambo: a África e a Escravidão. Inmediatamente sentí la necesidad de hacerme con alguna de esas obras, y a ello me puse con afán, solo para darme de bruces una vez más con la sólida certeza de que los libros brasileños simplemente no llegan a Portugal, por motivos diversos y que aquí no vienen al caso —el que quiera comprobarlo, pregunte en las librerías de Lisboa por obra tan central en la literatura en lengua portuguesa del siglo pasado como el Grande Sertão de Guimarães Rosa; yo, en cuatro años, solo he encontrado un ejemplar en lance: de la edición de Seix Barral con magnífica traducción a nuestra lengua de Ángel Crespo. Espoleado por el fracaso, indagué cerca de varios amigos informados en estos asuntos que suponía debían conocerlo, de quienes tampoco conseguí rascar mucho más: aunque alguno de ellos recordaba haber compartido mesa y mantel con el brasileiro en su última estancia lisboeta, siendo este embajador de su país, y aun es posible que tuvieran en su biblioteca alguno de sus libros, tuve la sensación de que el recuerdo que Da Costa e Silva había dejado en ellos era lejano, leve, como una huella no demasiado profunda, que probablemente es lo máximo que los pasos de un diplomático aspiran a dejar en los lugares que lo acogen —aun un diplomático como da Costa e Silva en un país como Portugal, unidos ambos por una tupida red de hilos biográficos e intelectuales.








Pero ayer, inopinadamente, en una de esas librerías de centro comercial, tan improbables como lisboetas, encontré por fin dos libros del más reciente Premio Camões: uno de memorias ficcionadas, Espelho do Príncipe (1994), y otro de poemas, Ao lado de Vera (1997). Sin tiempo aún para dar cuenta del primero, sí he leído, de un tirón y con notable gusto, el segundo. Obra de madurez, Ao lado de Vera es un conjunto de poemas teñidos con un tono elegíaco, pero que nunca caen en esa querencia natural del alma lusíada que es el saudosismo, porque por detrás de la lente melancólica se adivina siempre una sensibilidad inquieta y comprometida con lo real, con la trascendencia de lo en apariencia insignificante. ¿Y cuáles son las coordenadas de la navegación de esa sensibilidad en el mundo? Las que representan los pequeños universos que todos nos formamos y que a todos nos amparan de la malaise que tarde o temprano acaba por alcanzarnos. Y de cuya calidez estamos si cabe más necesitados quienes hacemos nuestra vida en esta errancia por los caminos de Dios: no es por ello extraño que las galaxias más trasegadas por Da Costa e Silva en este poemario sean las la familia y las de la memoria, que son por fuerza las de la infancia. Si a lo anterior se añade una notable contención de los medios expresivos, que aleja esta poesía de los concretismos y otros "ismos" tan caros a la lírica brasileña (y que, como afirma Nilo Scalzo en la cuarta de forros, “recuerda a los grandes momentos de la poesía inglesa”), los poemas de Da Costa e Silva acaban por confluir con ciertos veneros de la poesía en portugués del siglo pasado que corren por encima de las fronteras nacionales, abriendo sugerentes caminos: los desbrozados antes por Pessoa, por Drummond de Andrade, por Rui Knopfli. Como muestra, aquí quedan dos de los poemas más emocionantes de Ao lado de Vera.    


p.s.: En la esclarecedora bibliografía del autor que ocupa las páginas finales de Ao lado de Vera se puede leer que varios de sus libros de poemas fueron lo que entre nosotros se suele llamar con cierta displicencia “autoeditados”. El poeta prefiere indicar que son “ediciones para los amigos, fuera del comercio”; y en esa pequeña indicación leo yo un manifiesto: en tiempos como los que corren, en que los atrios de todas las iglesias han sido tomados por los mercaderes, Da Costa e Silva entiende el oficio poético como la sola tarea intelectual que aún puede salvarse de resultar contaminada por ciertas compañías indeseables; y concibe el poema como la única ofrenda posible a los amigos verdaderos, donde caben todos los lectores que sepan apreciarla —yo, lector suyo, ya me considero su amigo. Desafortunadamente, reflexión tan placentera fue interrumpida por cierto escritorzuelo de cuarta, cuyo nombre me ahorro para no contaminar los poemas que siguen, quien escribió recientemene en su cuenta de facebook que se proponía limpiarla de “poetas autoeditados”. También me ahorro la lista de los “poetas autoeditados” cuya lectura redundaría en beneficio de su cultura literaria (es un decir). Pero la culpa no es suya. Bien empleado me está por “aceptar amistades” fuera de aquellas que se forjan en las páginas de los libros ofrecidos y recibidos, compartidos y admirados. Ahora sí, a lo que de verdad importa: los poemas.





A UN HIJO QUE CUMPLIÓ DIECIOCHO AÑOS


*

António,
los dioses pintan mariposas,
pero nosotros sabemos que
los hombres sueñan
y sangran.

Existe el río.
Existe el campo. Existen
amapolas y un cielo temprano.
Existen el no, y la pascua, y la noche obesa,
y el ocio furioso. El iluminado
sabor a fiebre y a herida existe.
Existen lo eterno y la sombra
de un cielo hosco y desierto
sobre cuanto olvidamos.

Existen
veleros y sonámbulos, el día,
las escamas del pez, la alegría.
Existen la soledad —zambullida y asombro—
y soñar contigo.
El dolor existe.


**

António,
enséñame a no tener miedo
a caminar despierto,
y a recibir el azote del éxtasis.

Devuélveme el asombro
frente a la iniquidad
y el rugir de la fiera.

Repón en mí la fuerza
para resistir al cansancio
de tanto cielo y abismo.
Perdóname la tristeza,
como si fueses mi padre,
y no mi hijo.
                        Usciamo a riveder le stelle.



***

Como un compañero, António, en secreto,
así el cuerpo se va vistiendo de amor.
Así el cuerpo se reclina en la tristeza.
Así el tiempo recoge las flores, en brazados.

Todo es silencio, vuelto del revés. La vida
es una vieja cansada. La vida cubre
el sol.
            Siempre ha sido pobre
la mano que traza esta raya en el día,
esta raya en lo oscuro,
incomprensible e inútil
como llevar a un buey a pastar en la playa.

(Pero los dedos de la vieja mueven los bolillos
y la luz vuela)




ELEGÍA DE LAGOS

Aquí
los viejos navíos
venían a limpiar sus cascos,
no de las olas, ni de los vientos, ni de lo que sueña en la distancia,
sino de lo que tiende a tierra y a piedra, al caracol, al sapo y al lagarto,
a lo que es feo y se aferra
a la superficie del mundo
y es inercia y espera.

Bajo
la calle de mi infancia, de camino a la playa,
y acabo en este puerto de esclavos.
Aquí,
en los charcos,
los niños
venden mangos y gallinas,
varias gallinas atadas por las piernas,
como un ramo de flores, las cabezas desesperadas
huyendo del agua,
los pescuezos en u,
las líneas puntiagudas
surgiendo, pistilos, de los picos semiabiertos.

Pasa un muchacho
con una penca de plátanos
en equilibrio sobre la cabeza,
con la misma displicencia con que Dios
traza en sí mismo la curva del universo.
Y otro
canta,
y tamborilea
en la madera podrida
por la lluvia, esta tristeza
de las lanchas de pesca con las redes lanzadas
sobre las aguas del canal y todas las ausencias.

Hace mucho tiempo, mi cuerpo sobre la playa
podía ser un barco puesto a secar.
Aún quedaba
el envite salino del futuro. La vida
no nos negó las mareas, los tifones, y las fiebres,
el abismo y las plagas.
La vida no acostó
al niño,
con el libro iluminado,
en la silla de lona, descansando de haber sido
un sueño y algunos versos
en que el amor está en todas las vocales, envejecido
de jardín y de sol.

Crece la papaya en el huerto de mi casa.
Pero ya no sé sacar de su rama la simple flauta
y el débil silbido.
Desaprendí
a lanzar la peonza
y a correr sobre los muros,
aunque viva
en la abundancia de flores amarillas,
del calor y de las garzas.

Este jumento manso,
perseguido por las moscas,
cierta mañana, después de la lluvia, entre los cestos
de palomos.
Camina lento,
tal la luz húmeda,
por un huerto ya acabado.
Allí,
sentí que la muerte de alguien en mí sucedía,
cuando el cestero, con el mango
del cuchillo apretado contra el vientre,
iba trenzando el mimbre, y el cuchillo
abría apenas el espacio para enlazar
las fibras; no hería, solo cortaba
el remate de las varas —como la noche
solo cierra los ojos
del exacto fin
de la tarde.

Llega el borrico junto al muro en que me siento,
desvistiéndome de la vida.
La muerte
se descasca
como una haba: caen
de su interior los días,
aun el más antiguo,
en que oímos su nombre por primera vez.
Ella nos pone su hocico, es un perro, en las rodillas
y está llena de sarna, de infancia y de miedo.

Me abandona lo que veo
y queda en mí preso.
Fui
lo que nunca imaginé haber sido. Sé que los días
me abrazan.
Por eso,
ahora,
paso la mano humildemente por el pelo del cachorro,
casi pidiendo
al maldito,
al olvidado,
que se acomode en mis pies
y aquí
se quede.


27 agosto 2014

A propósito de Acantilado

La muerte del editor Vallcorba ha llenado estos días pasados los periódicos patrios de necrológicas, loas fúnebres y valoraciones más o menos ligeras acerca de su labor de décadas como editor al frente de Quaderns Crema y, sobre todo, de Acantilado. Me ahorraré referirme a aquellas que por su estupidez (producto, quiero creer, del despoblamiento estacional de las redacciones) se descalifican a sí mismas: por ejemplo, a esas listas sobre los principales “descubrimientos literarios” de Acantilado, con Montaigne, Chateaubriand y Pessoa a la cabeza. No conocí a Vallcorba personalmente ni tengo referencias directas de su trabajo académico, y por lo tanto no seré yo quien discuta la segura justicia de las alabanzas recibidas por uno y otro. Tampoco tengo elementos de juicio para valorar lo que pueda haber significado para el libro en catalán Quaderns Crema, cuyo catálogo y circunstancia solo conozco muy someramente. Ciñéndome, pues, a Acantilado, hago notar mi sorpresa por no haber encontrado entre toda esa literatura volátil ninguna referencia a la que siempre me ha parecido principal virtud de Vallcorba: la de haber sido un magnífico empresario, esto es, alguien con un don especial para adicionar un “valor” a su producto. No de otra manera consigo explicarme algunos de sus éxitos como editor. Por ejemplo, su traducción de los Essais de Montaigne. ¿Por qué Acantilado conseguía vender a 58 euros, y no mal por lo que parece, lo que otros editores tenían dificultades para colocar a la mitad de precio? ¿Por criterios estrictamente literarios: una mejor traducción, por ejemplo? No parece que en este caso esa sea la razón principal, como aquí se apunta. ¿Cómo entonces? Conociendo los gustos y pretensiones de sus consumidores, los potenciales compradores de esos libros. Y vistiendo al santo con razones a veces literarias y otras no tanto. En el caso de los Ensayos del de Montaigne, vendiendo no tanto al autor cuanto una edición que se anuncia como “definitiva” del mismo—como si lo esencial no fuesen las más de mil páginas de sabiduría montaigneana que por fuerza coinciden en una u otra edición, sino aquello que hacía especial la de Acantilado: y que generaba en el comprador la necesidad de hacerse con ella a cualquier precio, por más que ese mismo comprador no conociese ninguna de las ediciones anteriores (ni por tanto pudiese tomar un punto de comparación), ni tampoco tuviese ninguna intención de leer la nueva. Ese conocimiento del mercado ha ido siempre acompañado de un ejercicio de marketing extremadamente eficaz. Y de la recuperación de algunos instrumentos de difusión que se creían superados o poco apropiados para la "literatura seria": la publicación de Zweig, conscientemente espaciada a lo largo de un buen número de años, es en sí misma un folletín, y uno muy eficaz si se tiene en cuenta la cantidad de lectores que así nos hemos "enganchado" al mundo del vienés, quien, por cierto, y por más que ahora se quiera pasar por alto este extremo, nunca había dejado de ser editado entre nosotros. Herramientas todas ellas que han convertido a Acantilado en una marca lo suficientemente fuerte como para generar un nicho de consumidores fieles. He conocido, en España y también en México, a un buen número de ellos que compraban sus libros por la misma razón que un consumidor habitual de hamburguesas prefiere una marca a la otra: por fidelidad a esa marca. Un modelo de negocio que quizás sea ya objeto de estudio en las business schools -o quizás no; al fin y al cabo no tengo la certeza de que a la gente del mundo de los negocios le interese uno tan sufrido y por lo que dicen los editores tan poco rentable.

04 agosto 2014

Una de revistas: Novais Teixeira y Rangel


Coinciden en agosto dos artículos de quien esto escribe sobre dos vidas que merecen ser contadas. En el número 112 de Clarín la del periodista y "mediador" cultural portugués Joaquim Novais Teixeira, otra biografía de mil exilios que esclarece lo atribulado del siglo que dejamos atrás. Y que, además, testimonia lo mucho que las relaciones culturales hispano-lusas han dependido siempre de impulsos individuales, como el del propio Novais. Y en el 127 de la revista mexicana de fotografía Cuartoscuro (número que será presentado este próximo viernes 8 de agosto en la Fototeca de Zacatecas y que ya está disponible para consulta online en este enlace) la del grandísimo fotógrafo mozambiqueño Ricardo Rangel, retratista de la Lourenço Marques (la actual Maputo) de los años sesenta y setenta. Una ciudad en la que nunca he estado, pero que he aprendido a amar en la lente esclarecedora de Rangel -y en las palabras vibrantes de sus dos poetas mayores: Craveirinha y Knopfli. 

02 julio 2014

Ladran...

luego cabalgamos. 

14 junio 2014

En Cáceres, con Júdice

El pasado martes, 10 de junio, 434.º aniversario de la muerte de Camões, presentamos en Cáceres Navegación sin rumbo, la traducción de Navegação de acaso, el último libro de poemas hasta ahora publicado por Nuno Júdice. Sobra decir que, para quien esto escribe, fue un día especial. Y largo. Comenzó en Lisboa, a eso del mediodía, junto a la plaza de toros del Campo Pequeno (a un lado viven los Júdice, al otro yo), donde Manuela,  Nuno y yo mismo nos subimos a un coche con dirección a Cáceres. El viaje dio de sí: malentendido con el lugar de partida (Manuela quejándose amargamente, y con razón, de que no se puede dejar organizar nada a dos poetas); frugal comida en un área de servicio de la autopista y una larga conversación sobre lo humano y lo divino, puntuada con muchos silencios de Nuno, en los que uno lee, en lo más hondo, un compromiso irrenunciable con el valor de cada palabra. Por la tarde, (breve) paseo por la parte antigua, (breve) visita a Jaime Naranjo (para rescatar un Gabino-Alejandro Carriedo allí varado hace algún tiempo) y, después, lo realmente importante: en “Los siete jardines” (lugar “ameno” en palabras de Miguel Ángel Lama), asomados a las traseras ruinosas del que fuera convento de los jesuitas, la oportunidad de oír a Júdice leer sus poemas y el lujo de poder acompañarlo con las versiones castellanas. Banda sonora de pájaros y de un perro que se cruzó, y que a punto estuvo de poner el toque de realidad a uno de los poemas del libro, en que justamente un ladrido lejano de perros desencadena un ejercicio de memoria —esos toques de realidad, esos ejercicios de memoria a los que Júdice tan acostumbrados nos tiene y que siempre nos acaban por atrapar. Conversación con unos cuantos amigos, que se acercaron a oír a Júdice. Cena con Rosa Lencero, estupenda anfitriona todo el día, y a cuyo entusiasmo se debe esta feliz retoma de las “Letras portuguesas” de la Editora. Al día siguiente, el viaje de vuelta a Lisboa, saliendo casi de madrugada, más silenciosos los tres, con el recogimiento de esa hora tan propicia para sumirse en el interior de uno mismo: para pensar que volvemos al flujo de la vida cotidiana (en apariencia interrumpido por el viaje), para fijarse en las gradaciones del paisaje a lo largo del trayecto o para comenzar a valorar en su justa medida la suerte que supone haber emprendido esta Navegación sin rumbo con Júdice. Queda aquí el texto de mi presentación. Y quedan, sobre todo, los poemas de otro magnífico libro de Júdice. Y el compromiso, que creo permanente, de mi tierra con las “Letras portuguesas”.

***

Hemos aprendido a leer a los grandes poetas de otras lenguas en antologías. Tan así que con frecuencia perdemos la conciencia de las peculiaridades de esa experiencia lectora. La unidad de medida (si es que algo así existe) en la lectura de la poesía contemporánea de nuestra propia lengua es el libro; así ha sido desde los inicios de la poesía —la culta, claro está, que la oral ha transitado siempre otros caminos. Pero, cuando se trata de poetas extranjeros, aun contemporáneos nuestros, que se expresan regularmente en su propia lengua mediante libros, esa unidad de medida queda habitualmente preterida por la antología: un “continuum” más o menos artificial (pues ninguna obra poética seria navega sobre una laguna, sino en mar abierto, al albur de profundas corrientes que alteran las coordenadas de su rumbo, por mucho que no se noten a simple vista). Y en el que, además, una tercera subjetividad se cuela, de rondón, entre lector y autor: la del antólogo, quien elige lo que cree más representativo (o más comercial, o más profundo, los criterios son tantos como los antólogos) de la obra antologada. Una obra, por cierto, que por su propia naturaleza viva, está destinada a continuar creciendo y, quizás, a desbordar algunos cauces que hasta entonces habrían podido darse por ciertos. Razones más que suficientes para que a un compañero de promoción de Nuno Júdice, Joaquim Manuel Magalhães, las antologías le recuerden a “un pinar inundado de niebla”; y le parezca que “con el tiempo tienden a volverse vanas”.

Por eso uno que, como muchos de los presentes, tanto debe en su formación lectora a las antologías, comienza a dudar de ellas. Continúan siendo útiles, eso sí, cuando sirven para “presentar” a un autor extranjero; a un autor que, como consecuencia de las vicisitudes editoriales (y de la dificultad con que la poesía circula por los mercados de la edición), es mayormente desconocido y no fácilmente accesible para el lector de otra lengua —objetivo que uno persiguió, por ejemplo, con su antología del portugués Alberto de Lacerda. Pero esta condición está lejos de cumplirse en el caso de Nuno Júdice y la lengua española. La concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en su edición de 2013 ha venido a consagrar lo que ya antes del premio se apuntaba: la espléndida relación de Júdice con nuestra lengua. No creo que haya poeta portugués vivo más traducido en los tiempos recientes; y, si miramos hacia atrás, y dejamos de lado al ubicuo Pessoa (si, para Borges, Quevedo era “una literatura en sí mismo”, Pessoa aún lo será con más razón para nosotros), quizás sólo Eugénio de Andrade en todo el XX pueda comparársele en este punto —y aun en la comparación Júdice parte con alguna ventaja, pues Andrade es sobradamente conocido en España, pero nunca fue tan leído al otro lado del Atlántico como Júdice lo es hoy. Circunscribiéndonos ahora a España, Júdice figura en buen número de las antologías de poesía lusa publicadas en las tres últimas décadas (comenzando por Los nombres del mar, que Campos Pámpano dio a las prensas en 1985), y las recientes antologías monográficas de Pedro Serra para la Universidad de Salamanca/Patrimonio Nacional y Juan Carlos Reche para Pre-textos vienen a sumarse, al menos, a las publicadas por José Luis Puerto en Calambur, por Vicente Araguas en Visor y por Manuela Júdice en Hiperión (con traducción de Jesús Munarriz y centrada en su poesía amorosa).

Hoy, por tanto, Júdice cuenta en nuestro país con un número respetable de lectores fieles, que conocen bien el rumbo general de su navegación poética, y a quienes no tiene demasiado sentido ofrecer una nueva carta de marear, y sí, sin embargo, la etapa más reciente de su singladura. No otra es la razón de que Nuno, Rosa y yo mismo decidiéramos hace unos meses en Lisboa no añadir una nueva antología a la respetable colección, y sí en cambio entregar al lector español este Navegación sin rumbo que hoy presentamos, el poemario más reciente de los hasta ahora por él publicados —y que apareció en Portugal a finales del año pasado, editado por la Dom Quixote. En él, el lector que ya conozca su obra, descubrirá que no sólo es autor de muchos poemas definitivos, sino también demiurgo capaz de situar a esos individuos en un bello hábitat; orfebre capaz de engarzar esos poemas en libros redondos, como el que ahora tienen entre sus manos. Lo anterior, claro está, no excluye de la travesía a los que aún no hayan tenido la suerte de surcar esas aguas: Navegación sin rumbo está lleno de puertas y de razones para atravesarlas y recorrer los pasillos laberínticos y gozosos de la obra de Júdice. Uno y otro lector podrán, en cualquier caso, confirmar lo que ha dejado de ser intuición para convertirse en certeza: estamos ante una de las voces más poderosas de la poesía de nuestro tiempo, más allá de distinciones de lengua. Y por eso hoy la consideramos, en buena medida, incorporada a nuestro propio canon, y esperamos ardientemente escucharla en cada nueva modulación.

Esa obra, levantada a lo largo de más de cuatro décadas de menester y que incluye ya una treintena de títulos de poesía —a los que habría que sumar otras cuantas decenas de obras de otros géneros: ensayo, novela, teatro—, fluye por los cauces de la espléndida tradición lírica lusa del XX (su “século de ouro” para Eugénio de Andrade). El propio Júdice es uno de los analistas más lúcidos de esa tradición y de la tarea que, en su seno, corresponde a los poetas de su generación. Afirma el poeta: “La generación […] aparecida en los años setenta restaura la dignidad de lo retórico y lo discursivo”; y a continuación desgrana, sin afán programático, algunos de sus herramientas privilegiadas: “Regreso a una cierta narratividad, un juego temático que recorre tanto a lo cotidiano como a la Historia o la mitología, […] una confrontación entre referencias diversas recuperadas por el discurso en el seno de una intertextualidad consciente, que colocan a esta poesía en la senda de un Pound o un Eliot, en el aspecto más intelectual de su poesía o en lo que ella hay de juego constante con la tradición; en la de un Kavafis o un Gotfried Benn, por lo que estos tienen de rehabilitación aparentemente episódica o anecdótica de la vida cotidiana; y aun en la línea de un cierto Pessoa, el menos modernista y sin embargo del más moderno, el Pessoa-Álvaro de Campos de Tabacaria o el Pessoa-Alberto Caeiro”. Así pues, Júdice y los de su tiempo no renuncian a priori a ninguna herramienta del lenguaje en su búsqueda de nombrar la realidad. Y eso los convierte en genial consumación del proyecto de modernidad que Pessoa y la generación de Orpheu concibieron como alucinado sueño; cuando los de la promoción del setenta definan el lugar de su poesía ya no lo harán sólo, ni siquiera de manera predominante, con respecto a la tradición lusa, sino con respecto aquella que es ya, de pleno derecho, la suya: la tradición de la mejor poesía universal.

Nutriéndose de tan caudalosas fuentes, la poesía de Júdice vuelve a brotar en este Navegación sin rumbo como un torrente poderoso; con una pulsación personalísima y potente, dominadora como pocas de la amplísima variedad de las herramientas con que trabaja el poeta. Porque, por encima de las diferentes etapas que se pueden obviamente identificar en un canto de cuatro décadas, por encima incluso de temas y motivos, en Júdice, como en todos los grandes, lo que al cabo importa es la voz inconfundible que suena tras cada uno de sus versos, desde los primeros de aquel ya lejano A noção de poema (1972) hasta estos del más reciente Navegación sin rumbo. Una voz que se cuestiona siempre, pero que en cierta nostálgica desesperanza siempre encuentra razones para volver a hablar, para volver a conectar al hombre con lo absoluto por medio de la palabra. Una voz que, en su sonido denso, caudaloso, magmático, atrapa siempre al lector en el interior del poema. Una voz que nunca se pierde en el eco narcisista del yo (léase el espléndido “Narciso” de esta colección), ni es tañida desde la alta ventana de ningún esteticismo. Si existe un característico “tono Júdice” (en absoluto ajeno al del último Ruy Belo), hay también por detrás de cada uno de sus poemas —sea aquel que describe algo tan aparentemente insustancial como un encuentro amoroso en una cafetería, o aquel otro, en apariencia tan profundo, que recrea el mito platónico de la caverna— una poderosa “sensibilidad” (deudora del mejor Jorge de Sena), que guía desde hace cuatro décadas el timón de su decir con una dirección, sin rumbo, pero bien cierta: la de lo real. Y que de este modo convierte su inquebrantable fe en la palabra en eficaz gesto de resistencia frente a la disolución, en afirmación del valor de lo dicho frente a los silencios tramposos de la posmodernidad.

En Navegación sin rumbo, Júdice vuelve a cabalgar los temas que ya se han convertido en la marca de agua de su poesía: el amor y la memoria, siempre sutilmente tejidos (hasta hacer invisibles las costuras) en la trama del poema. Entre nosotros, algún  lector apresurado de su poesía lo ha calificado de “neorromántico”: donde lo “romántico” valdría como proximidad a ciertas vetas de nuestra hodierna poesía de la experiencia. Pero nada de eso hallará en la poesía de Júdice el lector sincero. Encontrará Romanticismo, sí, pero con mayúsculas; aquel que, en la distinción de Kant, prefiere lo sublime a lo bello; aquel que, en Novalis y Hölderlin, acaba por definir la condición del poeta de nuestro tiempo. El poeta que sabe hablar de amor, de memoria (el poeta, quiso Schiller, es ciudadano no solo de su país, sino también de su tiempo), o del propio poema, porque conoce que su oficio es emanación de un, en palabras del propio Júdice, “deseo de conocimiento de lo que en sí es inconcebible”. Un deseo de conocimiento que acaba por revelarse tan frágil como obstinado, aquella “pequenina luz” (una luz pequeñita) del poema de Jorge de Sena; aquella esperanza desesperanzada que impulsa el acto creador (aquí diseccionado en poemas como “Las tijeras de Van Gogh” o “El pintor Van Eyck reconstruye el rostro de la infanta”), que se construye al tiempo que nos construye, que se afirma en la obstinada negación, que es, al cabo, la esencia de toda existencia posible.

Sostuvo hace algunos años el crítico y poeta portugués Luís Miguel Nava que la de Júdice es (y ha sido desde sus inicios) una “poética del agua”. Y este sí me parece un elemento distintivo de su poética, también de un buen número de los poemas contenidos en Navegação de acaso. No se trata solo de que el agua-elemento, encarnado en el mar —que es infancia— o en el río —que es presente y ni siquiera precisa ser nombrado—, sea presencia continua y aparente en Júdice. Su influjo es mucho más profundo, pues acaba por teñir la lente del poeta, su mirada sobre el mundo, entrenada para distinguir en el mar (epítome de lo uniforme para quien no sabe mirar) todos los nombres (esto es, toda la paleta de la existencia que puede ser nombrada). Así, el agua es, sobre todo, un modo de diseccionar la realidad; una sutil aptitud para romper la costra de monotonía que cubre el presente; para bucear en la realidad hasta rescatar de lo más profundo del lecho de la existencia un fulgor de transcendencia (recorrido como el descrito en el poema “Tsunami”). Y es que si la poesía lusa ha podido subirse al tren de la modernidad ha sido, en buena medida, por su capacidad de restaurar, desde Pessoa, un vector de trascendencia entre lo cotidiano y lo absoluto, que vuelve a situar al hombre —sí, a este hombre disforme, empantanado en la costumbre, escindido y atravesado por mil contradicciones— en el centro mismo del poema.

Navegación sin rumbo sirve de brillantísimo pórtico a la nueva singladura de la serie “Letras portuguesas” de la Editora Regional de Extremadura, cuya importancia en las relaciones entre las dos literaturas peninsulares no debe ser minusvalorada. Desde que la vuelta de la democracia a nuestros dos países iniciara el deshielo entre las dos sociedades (ese oscuro período de mutua desconfianza al que los portugueses se refieren como “costas voltadas”), es mucho lo que desde aquí se ha hecho por el acercamiento de las dos naciones, de los dos pueblos y, en particular, de sus dos literaturas. La historia de la incorporación de la poesía lusa del XX a nuestro canon no puede hacerse sin unos cuantos nombres ligados a nuestra tierra. Y que, en una u otra fase de esa empresa, contaron con el apoyo institucional, que se prolonga hasta hoy. No puedo más que felicitar a las autoridades presentes, en particular a la Directora de la Editora Regional de Extremadura, por mantener esa apuesta, más aún en tiempos difíciles como los que corren. Como no puedo más que agradecerle haberme confiado una responsabilidad en que me precedieron otros a quienes me une una deuda de reconocimiento, el amor por las letras lusas y la desconfianza hacia las fronteras; en particular hacia aquellas tan artificiales que quieren separar lo que por definición ha de ser uno, pues concita en sí a todos los hombres: el pensamiento y la creación artística.

Ya terminando, permítanme que, por un momento, me quite el sombrero de poeta y me ponga el de diplomático. La cultura nunca es un lujo, nunca sobra. Menos aún cuando hablamos de relaciones entre pueblos y se consideran los complejos equilibrios en que se sostiene el entendimiento entre vecinos con una larga historia común e infinitas historias particulares a las espaldas. El conocimiento del Otro, de esa expresión privilegiada de su modo de pensar que es su cultura, constituye —por más que sea ajeno a valoraciones cortoplacistas de rentabilidad económica— el único fundamento sólido de ese tipo de relaciones, el cimiento de esas casas de entendimiento que tanto nos ha costado levantar. Los que dedicamos nuestro día a día a cuidar de esas casas pasamos y pasaremos, pero me gustaría pensar que el trabajo hecho por traer la cultura lusíada entre nosotros, el trabajo de las “Letras portuguesas”, el trabajo de este Navegación sin rumbo queda para las generaciones venideras. Como quedará, de eso sí no me cabe duda, la oportunidad, valórenla como merece, de oír, en el día de Camões,  algunos de sus poemas en la voz del propio Nuno Júdice.

Lisboa, a 3 de junio de 2014
(leído en Cáceres, a 10 de junio de 2014)