02 junio 2013

Curiosidades literarias, de Disraeli (III) : Manuscritos recuperados

Manuscritos recuperados


Nuestros clásicos solo por raro azar han escapado de la desaparición. Muchos perecieron por completo; de otros tantos no poseemos más que fragmentos; y los que el destino, árbitro ciego de las obras de los genios, nos ha conservado no son siempre los más valiosos; desgracia que, no obstante, ha servido para demostrar la pedantería de quienes alaban la antigüedad no por un sentimiento objetivo, sino como producto de un secular prejuicio.

Escribe el ilustrado compilador de L’Esprit des Croisades que una de las razones de que hayamos perdido un buen número de autores antiguos fue la conquista de Egipto por los sarracenos, que privó a Europa del uso del papiro. Aquella época ignorante no fue capaz de hallar un reemplazo; sólo se conocía la escritura sobre pergamino, que se volvió cada vez más escaso y costoso. Desafortunadamente, la ignorancia y la barbarie se apoderaron del botín de los manuscritos romanos, destruyendo concienzudamente páginas que se reputaban inmortales. Las composiciones más elegantes de la Roma clásica fueron convertidas en salmos de breviario u oraciones de misal. Livio y Tácito fueron destruidos para preservar la leyenda de un santo, y verdades inmortales se convirtieron en pobres ficciones. Los autores más voluminosos fueron los que más sufrieron; eran los favoritos porque permitían rentabilizar el trabajo de destrucción y daban mayor amplitud para futuras transcripciones. Un Livio o un Diodoro eran preferidos a las obras más pequeñas de Cicerón u Horacio; cabe atribuir a esta circunstancia, más que a los píos personajes que han preferido sus obscenidades, que Juvenal, Persio y Marcial hayan llegado a nosotros completos. No hace mucho, en Roma, se encontró parte de un libro de Livio, medio borrado entre las líneas de un pergamino en el que había sido sustituido por un libro de la Biblia; también el reciente descubrimiento de De Republica de Cicerón muestra el destino de los manuscritos antiguos.

Una divertida anécdota demuestra que los monjes no sentían gran veneración por los autores paganos. Leer a los clásicos se consideraba un pasatiempo ocioso, y a algunos les causaba verdadero horror. Para distinguirlos de otros libros, inventaron un signo desafortunado; cuando un monje quería un libro de un autor pagano, después de realizar el signo que empleaban generalmente en su lenguaje manual y silencioso para pedir un libro, añadían uno específico, que consistía en rascarse bajo la oreja, imitando al perro que se rasca con la mandíbula – porque, decían, un pagano es como un perro. De esta manera expresaban la urticaria que les producía el contacto con perros de la ralea de ¡Virgilio y Horacio!

En ciertas épocas se habría dado una heredad por la posesión de un manuscrito; o se habrían dejado en prenda por su préstamo cientos de coronas de oro; y la venta o préstamo de un manuscrito era considerada de tal importancia que se reflejaba en un acta notarial. Por muy absoluto que fuese, Luis XI no pudo obtener el manuscrito de Rasis, un escritor árabe, de la biblioteca de la universidad de París sin prometer cien coronas de oro; y su Secretario de Hacienda, a quien se encargó esta comisión, tuvo que vender parte de su cubertería de plata para hacer el depósito. Por el préstamo de un volumen de Avicena, un barón ofreció diez marcos de plata, que fueron rechazados, al considerarse que no cubrían el riesgo de perder un manuscrito de dicho autor. Estos hechos acaecieron en 1471. Uno no puede por menos de esbozar una sonrisa si considera que poco antes una condesa de Anjou compró su libro preferido de homilías por doscientas ovejas, unas cuantas pieles de marta y varias arrobas de trigo y cebada.

En estos tiempos los manuscritos eran considerados artículos de lujo; dada su escasez, eran preservados con el mayor cuidado. Incluso los usureros los consideraban objeto para una prenda. Un estudiante de Pavía, que se había arruinado en francachelas, hizo una nueva fortuna al dejar en prenda un manuscrito de un cuerpo legal; y un gramático, que se quedó sin blanca a causa de un fuego, volvió a levantar su casa con dos pequeños volúmenes de Cicerón.

Las investigaciones de los literatos para la restauración de la literatura se basaban en la siguiente idea: Europa entera había sido saqueada. Si se considera este glorioso objetivo, hay algo sublime en esta modesta industria que cada cierto tiempo descubría un autor de la antigüedad perdido, dando así un clásico más al mundo. Esta ocupación era desempeñada con entusiasmo, una especie de manía se apoderaba de muchos que invertían todas sus fortunas en viajes lejanos y altos precios. Abunda la correspondencia de los italianos ilustrados de la época, que ha llegado profusamente hasta nosotros, en anécdotas de la caza del manuscrito: sus raptos, sus alegrías, a veces sus penas, e incluso sus censuras son todas inmoderadas y excesivas. La adquisición de una provincia no habría dado tanta satisfacción como el descubrimiento de un autor poco o completamente desconocido. “!Oh, extraordinaria ganancia! ¡Oh, felicidad inesperada! Te ruego, Poggio mío, me envíes el manuscrito tan pronto como te sea posible, para que pueda verlo antes de morir”, ruega Aretino, en una carta desbordante de entusiasmo, a Poggio, que acababa de descubrir una copia de Quintiliano. Algunos de los aspirantes a sabios que participaban semejantes partidas de caza acababan expulsados, y otros recibían un elevado pago por manuscritos no auténticos; el bribón jugaba con el aficionado a los manuscritos, cuya credulidad era de mayor tamaño aun que su bolsa. Pero también entre los entendidos hubo disputas: el que había obtenido mayor éxito en adquirir manuscritos era envidiado por el de menor fortuna, y la gloria de poseer un manuscrito de Cicerón parecía aproximada a la de ser su autor. No obstante, John Aurispa, que trajo varios cientos de manuscritos de Grecia, lamenta haber elegido autores profanos antes que sagrados. Una preferencia que, nos dice, debía a los propios griegos, que no se separaban fácilmente de obras teológicas, pero que no estimaban en mucho a los autores profanos.

Se hallaron manuscritos en los más recónditos recovecos de los monasterios; no solo prisioneros en bibliotecas, sino también pudriéndose en el olvido, en rincones sucios, oscuros y apartados. Se requería menos ingenuidad para encontrar lugares en los que buscar que para entender el valor de lo adquirido cuando se obtenía. Prevalecía entonces una ignorancia universal sobre los escritores antiguos. Un estudiante de esa época considera el primero de entre los escritores latinos a un tal Valerio, sin precisar si se trata de Marcial o Máximo; coloca a Platón y Tulio entre los poetas, e imagina que Ennio y Estracio son contemporáneos. Una biblioteca de seiscientos volúmenes era reputada una colección extraordinaria.

Entre quienes dedicaron su vida a esta tarea destaca el florentino Poggio, quien se queja de que su celo no recibió la asistencia divina. En una torre perteneciente al monasterio de San Gallo, escondida en un cofre destartalado bajo un montón de basura, encontró la obra de Quintiliano. Indignado por su triste estado, decía que al menos podrían haberlo conservado en la biblioteca monacal; aunque haberlo encontrado in teterrimo quodam et obscuro carcere le permitío, con gran placer, ¡rescatar a Quintiliano de su tumba! Se ha considerado a los monjes los centinelas de la literatura, pero hechos como el que se acaba de narrar ponen en duda que su estima fuera real.

La copia más valiosa de Tácito, uno de los autores más buscados, fue descubierta en un monasterio de Westfalia. Es una circunstancia curiosa en la historia de la literatura que debamos todo Tácito a esta sola copia; pues el emperador romano así llamado hizo colocar copias de las obras de su ilustre ancestro en todas las bibliotecas del imperio, y cada año hacía transcribir diez nuevas copias; pero parece que todas las bibliotecas romanas han sido destruidas, y que la protección imperial nada significa frente al desgaste del tiempo.

El manuscrito original de las Pandectas de Justiniano fue descubierto por los habitantes de Pisa, accidentalmente, cuando tomaron una ciudad en Calabria; ese vasto código de leyes era de alguna manera desconocido desde los tiempos de aquel emperador. Este curioso libro fue llevado a Pisa, y cuando Pisa fue tomada por los florentinos, transferido a Florencia, donde aún se conserva.

A veces los manuscritos han sido descubiertos en los últimos estertores de su existencia. Papirius Masón descubrió en la casa de un encuadernador de Lyon las obras de Agobart; el artesano estaba a punto de usar los manuscritos para alinear las cubiertas de sus libros. Se dice que una página de la segunda década de Livio fue hallada por un hombre de letras en el forro de su raqueta de bádminton, mientras jugaba en el campo. Se apresuró a ir ante el fabricante de la raqueta, pero llegó demasiado tarde. El hombre había acabado la última página de Livio - ¡apenas una semana antes!

Muchas son, sin duda, las obras que han desaparecido sin pasar del estado de manuscritos. Según se deduce de una petición del Dr. Dee a la Reina Mary, parece que el De República de Cicerón se conservó en algún momento en la biblioteca cotoniana. Huet observa que Petronio probablemente estaba completo en los días de John de Salisbury, quien cita fragmentos que hoy no se pueden hallar en lo que queda de la obra del bardo romano. Raimond Soranzo, un abogado en la corte papal, poseía dos libros de Cicerón sobre la Gloria, que mostró a Petrarca, quien los prestó a un pobre y viejo hombre de letras, antiguamente su preceptor. Urgido por una necesidad extrema, el viejo los dio en prenda, muriendo repentinamente al volver a su casa sin haber revelado a nadie donde los había dejado. Nunca han sido recuperados. Petrarca habla de ellos en éxtasis y nos dice que los habría estudiado perpetuamente. Dos siglos más tarde, este tratado de Cicerón sobre la Gloria era mencionado en un catálogo de libros legados a un convento de monjas, pero cuando se les preguntó por él ya estaba perdido; se supuso que Petrus Alcyonus, médico del convento, lo había robado y, tras transcribir todo lo que pudo en sus propios escritos, había destruido el original. Obervan los críticos que Alcyonus, en su obra De exilio, tiene muchos pasajes espléndidos, que permanecen aislados en la obra, y estaban muy por encima de su genio. El mendigo, o en este caso el ladrón, fue descubierto por remendar sus harapos con parches de púrpura y oro.

En esta era del manuscrito no hay razón alguna para suponer que, cuando una obra desconocida llegaba por accidente a manos de un hombre de letras, éste haría el mejor uso de la obra y no la escondería a sus contemporáneos. Leonardo Aretino, un distinguido estudioso que vivió en los albores de la literatura moderna, encontró un manuscrito griego del De Bello Gothico de Procopio, lo tradujo al latín y publicó la obra, pero ocultando el nombre del autor y haciéndolo pasar por suya; sólo al aparecer otro manuscrito de la misma obra quedó expuesto su fraude. Barbosa, un obispo de Ugento, hizo imprimir en 1649 entre sus obras un tratado que, se decía, había obtenido al ver a uno de sus criados traer un pescado enrollado en una hoja de papel escrito, que su curiosidad le llevó a examinar. El interés que la hoja suscitó en Barbosa fue tal que salió corriendo a buscar la pescadería, hasta que encontró el manuscrito del que había sido arrancada. Lo publicó con el título de Officio Episcopi. Maquiavelo actuó mejor en un caso similar: habiendo llegado a sus manos un manuscrito de Plutarco sobre los apotegmas de los antiguos, seleccionó los que más le gustaron y los puso en boca de su héroe Castruccio Castricani.

En tiempos más recientes podríamos recoger muchas anécdotas curiosas sobre manuscritos. Sir Robert Cotton descubrió un día que su sastre llevaba en la mano, lista para tomar medidas, una Carta Magna original, con todos sus apéndices de sellos y firmas. Compró la singular curiosidad por una bagatela, ¡recuperando de esta manera lo que durante mucho tiempo se había dado por perdido! Nos cuenta esta anécdota Colomiés, quien residió largo tiempo y murió en este país. Una Carta Magna original se conserva en la biblioteca cotoniana; presenta marcas de decrepitud, pero dejo a la investigación arqueológica descifrar si tales marcas son producto de la guadaña invisible del tiempo o de las humildes tijeras de un sastre.

El cardenal Granvela dejó tras de sí varios baúles llenos de una prodigiosa cantidad de cartas, escritas en lenguas diferentes, comentadas, anotadas y subrayadas por su propia mano. Estos curiosos manuscritos, tras su muerte, quedaron en un desván a merced de la lluvia y las ratas. El administrador vendió cinco o seis de los baúles a tenderos. Fue entonces cuando dicho tesoro quedó al descubierto. Varios hombres ilustrados se dedicaron a reunir tantas de estas reliquias literarias como pudieron. Lo que salvaron formó ocho gruesos infolios. Entre estas cartas originales se cuenta un gran número escrito por casi todas las coronas de Europa, con instrucciones para sus embajadores, así como muchos otros documentos oficiales.

Recientemente, una historia secreta de Sir George Mackenzie, Lord Advocate de Escocia, se encontró entre una masa de papel usado vendida a un tendero, que tuvo el sentido común de discriminarlo, poniendo este curioso memorial en conocimiento del Dr. M’Crie; el original, escrito a mano por su autor, ha sido depositado en la biblioteca de los abogados. Hay un vacío, que contenía la historia de seis años. Esta obra despertó la curiosidad sobre el resto de manuscritos, que demostraron ser poco más que los desechos de la oficina de un fiscal.

El Diario de viaje a Italia de Montaigne sólo recientemente ha sido dado a la prensa. Un capellán de Perigord, que viajaba por esta provincia para hacer investigaciones relativas a su historia, llegó al antiguo castillo de Montaigne, en posesión de un descendiente de este gran hombre. Preguntó si se conservaban archivos. Le mostraron un cofre comido por los gusanos, en el que durante largo tiempo se habían guardado papeles intactos por las abúlicas generaciones de Montaignes. El capellán, con intrepidez filosófica, y tras superar nubes de polvo, consiguió finalmente quedarse con el manuscrito de los viajes de Montaigne. Dos tercios de la obra están escritos de puño y letra por Montaigne, y el resto fue escrito por un criado, que hacía las funciones de su secretario, y quien siempre habla de su señor en tercera persona. Pero, al final, lo importante es que escribió lo que Montaigne dictaba, ya que las expresiones y egotismos son propios de Montaigne. La caligrafía y la ortografía, nefastas, lo hacen casi ininteligible. Prueba, asimismo, afirma el editor, de que Montaigne no mentía al decir que era poco diligente en la corrección de sus obras.

Nuestros ancestros eran grandes ocultadores de manuscritos: los singulares manuscritos del Dr. Dee fueron hallados en uno de los compartimentos secretos de un cofre, que había pasado por muchas manos sin ser descubierto; y aquella vasta colección de documentos oficiales de Thurloe, el secretario de Cromwell, que formaban en torno a setenta volúmenes en los manuscritos originales, cayeron accidentalmente del falso techo de una habitación del Lincoln Inn.

Yo mismo descubrí una proporción nada desdeñable de las cartas de Lady Mary Wortley Montague en manos de un fiscal. Hoy se hallan muchos manuscritos valiosos entre los papeles familiares de los descendientes de personas célebres; pero las publicaciones póstumas de este tipo se llevan normalmente a cabo por los más sórdidos motivos; el discernimiento y el buen gusto sólo perjudicarían los puntos de vista de los editores.
Traducción: L.M.M.

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