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13 noviembre 2015

Del Paso, Cervantes

México es un laberinto. Y no cualquiera, sino uno de los peores: aquellos de los que nunca queremos salir. Lo que no quiere decir que, una vez dentro, renunciemos a orientarnos. Tres son las lecturas obvias para el que, llegado a México, busca aprender a perderse en los laberintos de lo mexicano: los dos Rulfos (el alma), el Laberinto de la soledad (el intelecto) y La región más transparente (la palabra). Claro es que, hoy, después de haber vivido allá cuatro años, añadiría otros, sin los que no concibo lo mexicano: las Lascas de Díaz Mirón, la Muerte sin fin de Gorostiza, las Variaciones sobre tema mexicano de nuestro Cernuda, la Oración del 9 de febrero de don Alfonso Reyes, Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco,... Más los libros inclasificables de Torri y de Tario. Y los Belascoaranes de Paco Ignacio Taibo II. Bueno, y las de José Alfredo. Pero aquellos tres fueron los que escuché a mi llegada, los que en ese trance me ayudaron a sobrevivir, y los que por ello alguna vez recomendé a otros amigos que fueron a pasar un tiempo largo en aquellas tierras. Casi siempre que lo hice añadí un cuarto, las Noticias del imperio (el ser en el tiempo) de Fernando del Paso. Y no solo porque hubiera disfrutado su lectura, que llegó en un tiempo de mi vida en que comenzaba a dejar de leer novelas, sino sobre todo porque la obra del tapatío refleja una manera sincrónica de existir que me parece definitoria del mexicano -y que avizoro producto de la profundidad histórica de ese país. De todos modos, el Fernando del Paso que más me gusta no es el de la novela sobre el Maximiliano imperator, sino el del Viaje alrededor del Quijote, uno de los pocos ensayos de la bibliografía cervantina en que su autor consigue dialogar con el del Quijote en la tesitura que éste maneja magistralmente, clave de la universalidad de su obra, y que en cierto sentido tan ajena es a nuestro modo de ser: la de una ironía que no necesita llegar al sarcasmo para tocarnos con su profunda carga existencial. Motivos más que suficientes para alegrarse de la concesión del Cervantes a Del Paso. Si no bastaran, añádase uno más, y no menor: desde ayer, a la pregunta de quién es el último escritor mexicano premiado con el Cervantes, no será necesario contestar Elena Poniatowska. 

01 noviembre 2015

Una muerte sin fin
















La muerte acecha donde menos se la espera. Aquí, en su figura más burlona, ocupa el espacio vacío que corresponde a Muerte sin fin en esta fila, que bien podría ser parte de un canon de la poesía mexicana de los últimos ciento cincuenta años. Y "sonríe desde sus claros huecos, en nuestras propias frases despobladas".

26 septiembre 2015

Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015)

Por José Ángel Leyva me enteró de que se ha ido mi "paisano" Hugo Gutiérrez Vega. "Paisano" me llamaba las veces que nos encontramos, desde la primera, cuando él se enteró de que yo era extremeño de nacimiento y yo de que él lo era de adopción, y casi de elección, desde una de sus estancias diplomáticas en España, allá por los años setenta, en la que había descubierto mi tierra y escrito sus Cantos de Plasencia. Cada una de esas veces, me quedé con ganas de decirle que ese vínculo de paisanaje era doble, pues si él se reconocía en aquellos paisajes de Extremadura, en aquellas piedras y calles de Plasencia, yo ya me había dejado parte de mi alma en su Jalisco natal, la Jalisco de Orozco, de Rulfo, de Arreola, de Luis Barragán... y de Gutiérrez Vega. Pero nunca lo discutí con él, así que no viene al caso hacerlo ahora. Ahora, mejor recordarlo con uno de sus poemas, justamente uno de sus Cantos de Plasencia.


Yo te soñé, Ciudad,
formé tus calles,
disipé tus ruinas,
levanté catedrales en el viento
y coloqué tus piedras inmortales.
Inauguré un planeta
para verte, rota y encanecida,
levantada para volver a ser.
Mucho me iba en esta loca empresa.
Pensé que si existías
mi ser sería de nuevo.
En esta tarde,
con un sol llagado
al que niegan las nubes,
te contemplo.
Ciudad de sueño,
cómo pesa tu piedra contra el tiempo,
qué pequeña la piedra que me aplasta;
cómo mi ruina es un pájaro mínimo
perdido entre la niebla.
Cómo tu ruina resplandece sin sol
—Ay pobres canas de mi débil cráneo—,
mientras tu torre entre la lluvia tiembla.
Pido refugio. El tiempo me concede
descansar en tu seno silencioso.
Tú siempre eres;
mi sueño se fundió con otros sueños.
Estás aquí y te pido que me esperes.

05 abril 2014

Julio Torri

Esta es la primera de “Diez notas sobre Julio Torri”. Las nueves restantes, en el número 110 (marzo-abril) de Clarín.

1
El magro volumen blanco del Fondo de Cultura Económica que reúne los Tres libros de Torri (tres —Ensayos y poemas; De fusilamientos; Prosas dispersas— que, en realidad, fueron dos que, en realidad, fueron siempre uno y el mismo) ocupa en la balda de mi biblioteca el lugar que ya ocuparon, en la adolescencia y primera juventud, las Meditaciones de Marco Aurelio. Un lugar discreto, pero siempre a mano, estratégicamente situado para ser fácil de alcanzar cuando sea necesario —donde los botes salvavidas en las cubiertas de los trasatlánticos; donde el modesto papelillo donde hemos anotado la combinación de una caja fuerte. Y es que, cuando los diques, habitualmente sólidos, de la costumbre ceden ante la última y redoblada sacudida de la estupidez humana (que siempre comienza y siempre se agota en uno mismo), a Torri hoy, como a Marco Aurelio entonces, acudo con la urgencia del neurótico que rebusca su ansiolítico en medio de una montaña de inútiles antiácidos. Y en la “filosofía de pantuflas” de Torri hallo mis propias Consolaciones —me basta con leer uno de sus textos para comenzar a sentir cómo comienza a circular por mis venas una serenidad inigualable que nace de una certeza oscura, la certeza de que lo único que realmente merece la pena es dar el siguiente paso, ese paso irónico e indiferente del que lo da aunque conoce que va contra toda razón, pues no habrá suelo alguno que lo sostenga.

27 enero 2014

José Emilio

Esta mañana me decían desde México que José Emilio Pacheco se había ido a escribir a la otra trinchera. Me vino inmediatamente a la cabeza la última vez que lo vi, hace ya sus buenos cuatro años. Comimos en un restaurantito de la Condesa. Recuerdo que hablamos profusamente del General Prim. Quiero decir, habló José Emilio. Yo, atónito (suponía que íbamos a conversar de poesía, quizás de su obra), oí cómo disertaba apasionadamente durante cuarenta y cinco minutos, que a mí se me pasaron en un santiamén, sobre el león liberal de Reus y, en particular, sobre su participación en aquella poco gloriosa intervención tripartita que acabó instalando aquel extravagante Imperio de Maximiliano de Austria en México. Una intervención en la que Prim tenía intereses contantes y sonantes: había casado con Francisca Agüero y González, huérfana de un “peninsular” con prósperos negocios en México (ferrocarriles, minas), y por tanto su familia política era una de las afectadas directamente por la suspensión del pago de la deuda decretada por Benito Juárez, y que, al menos sobre el papel, fue el argumento empleado para justificar la intervención franco-anglo-española. Creo que lo que más fascinaba a Pacheco del “affaire Prim” era justamente cómo la Historia, al menos la que se construye en las academias, busca borrar las motivaciones de los individuos que cambiaron su curso, como si tales motivaciones fuesen impuras por comparación con las grandes palabras rituales que todo lo justifican: economía, política, sociedad. Una conclusión, por cierto, que mucho tiene que ver con una cierta veta de su poesía, que opera diseccionando los grandes conceptos con que nos han enseñado a pensar para colocar, en el interior vacío de cada uno de ellos, el corazón batiente del hombre.

A los postres, Pacheco me pidió disculpas por su verborrea, mientras con esa media sonrisa tan suya me decía que por lo menos así me había evitado tener que aguantar la insoportable perorata del viejo poeta que dicta sus cartas a un joven poeta.

28 diciembre 2013

Cuando la nieve caiga en el Mediterráneo

El cultural del periódico mexicano La Jornada publicó el pasado domingo la reseña que firmo (se puede consultar aquí) de uno de los mejores libros de poesía que he leído en este 2013 que acaba. El que supone el estreno poético, largamente madurado, de mi amiga del alma Karla Olvera. Un libro con cuya lectura me despedí de México, hace ya camino de cuatro años, y que ahora me devuelve, renovado, el México de Karla, que habita -paradoja soberbia de la poesía- a orillas del Mediterráneo. 

07 diciembre 2013

Centro


Pocos sitios puedo decir que conozco mejor que el Centro de la ciudad de México –ni siquiera las calles empinadas de la parte antigua de Cáceres, que tanto he trasegado, pero que ahora son ya un recuerdo velado por cierta incómoda ligereza de adolescencia. Cada cierto tiempo me entretengo volviendo a recorrer la cuadrícula perfecta que delimitan (en la cartografía de mi memoria, no en la real) a poniente, el Palacio de Bellas Artes; al sur, el Claustro de Sor Juana; al norte, Santo Domigo y San Ildefonso; y hacia el oriente, el convento de la Merced. Y juego a reproducir en mi mente las imágenes, los olores, los ruidos de un Centro que conserva aquello que han perdido los núcleos históricos de tantas ciudades europeas: la vida. Porque el Centro es germen de la ciudad, semilla de vida; y la vida, espacio que solo existe cuando es habitado, recorrido, pateado –y así conservado. El Centro es la empírica demostración de que la vida solo es comprensible (y vivible) como flujo de energía que cargamos en nuestros pasos, proyectado desde la arqueología del pasado hasta la historia del futuro; algo que ya explicó, con la inefabilidad del verso, Jorge de Sena: “el mundo que construyamos/ debemos poseerlo con cuidado, como algo/ que no es solo nuestro, que nos es cedido/ para que lo guardemos respetuosamente/ en memoria de la sangre que nos corre por las venas”.

Viene esto al caso de que la Revista Kilómetro Cero, que editan el Gobierno de la ciudad y el fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México (y que más de un viajero con destino a la ciudad de México agradecería encontrar en el bolsillo frente a su asiento de avión, en lugar de esas revistillas de las compañías aéreas, llenas de trivialidades, literatura de viajes barata y anuncios de cosas caras), publica en su número 65 un monográfico de Úrsula Fuentesberain titulado “El Centro en las Letras del siglo XXI”, que se puede leer aquí, y descargar en pdf aquí. Y en el que se repasa lo más reciente que se ha escrito sobre el Centro: también mis estampas de “Limo y luz”, aquí. Antes que nada, una invitación a conocer el Centro de la única manera posible: caminándolo. Una invitación, como dicen los versos de Luigi Amara con que se cierra el monográfico, “a andar a pie/ como una forma de resistencia”.

03 febrero 2013

Y dos (reseñas) de “Limo y luz”


Comienzan a aparecer las primeras reseñas de “Limo y luz”. De la versión mexicana, en LA JORNADA SEMANAL, suplemento cultural del diario La Jornada, escribe hoy domingo Antonio Soria :




Un extranjero mexicano
Antonio Soria

Español de nacimiento, el autor de las crónicas-ensayos que integran este volumen debe ser consciente –muchas de sus líneas así lo sugieren o francamente lo confirman– de su pertenencia a un grupo de autores ecléctico por partida múltiple: en lo profesional y en lo cronológico, para empezar pero, grupo al fin, unificados por dos gestos del espíritu, el primero de ellos causa y el segundo consecuencia.

A ese conjunto pertenecen lo mismo Bernal Díaz del Castillo que Alexander von Humboldt, y quien se sobresalte ante la mención de nombres así de inalcanzables descubrirá, cuando se interne en este Limo y luz, que sin lugar a dudas su autor comparte con aquéllos ese primer gesto espiritual antes mencionado, consistente en el deslumbramiento, el enamoramiento, la fascinación genuinas que en ellos ha provocado, para el primero, la Gran México-Tenochtitlan, y para el segundo “la muy noble y leal Ciudad de México”, dicho sea precisamente con las fórmulas aquí más adecuadas. Que comparte, como no podría ser más obvio, el segundo gesto-consecuencia, es decir, el impulso, la necesidad, el placer de dar cuenta de tal cautivación, y hacer que conste por escrito…


Seguir leyendo el texto completo aquí: http://www.jornada.unam.mx/2013/02/03/sem-leer.html


De la versión española, en la web de la Aula Europea de Humanidades, por mi querido amigo Ignacio Vázquez Moliní:

…. ¿Cómo definir esta nueva obra de Luis Marina? No sé yo como catalogarla. ¿Es de nuevo un libro poético? Claro que sí. ¿Y de literatura de viajes? También. ¿Tiene algo de novela? Algo, no: casi todo. Imagínense entonces, si perdido anda el crítico, cómo de perdidos deambularán los demás lectores, alucinados entre los muros de este laberinto magistral que Luis Marina ha ido levantado con calma y sabiduría a lo largo de las páginas. Uno se pregunta si no será que, en efecto, siendo la ciudad de México tan propensa no ya a la confusión sino al más profundo galimatías urbano, la forma narrativa que mejor se adapta a sus perfiles es la que lejos de esclarecer confunde todavía más. El incauto lector se convierte así en viajero desorientado por las plazuelas, avenidas y cerros de México. Qué más quisiera el pobre, sin nunca conseguirlo, que seguir los pasos de un narrador del que sabemos poco más que es extranjero. El viaje que inicia al abrir el libro le lanza hacia terrenos que siempre le serán desconocidos, por mucho que antes haya caminado por las calles de una ciudad como México, que según advierte el extranjero, está preñada de muerte, desde el Zócalo, biombo apaisado, gran teatro del mundo, hasta Chimalhuacán, extremo oriente de la urbe desmedida, donde dignidad y privación son casi sinónimos...

28 diciembre 2012

Exvotos (ii)


Otro de los favoritos de mi colección: "cuando me agarraron prisionero los rebeldes que mandaba el cabesilla el tallarin que mandó que me colgaran de un arbol le doy infinitas grasias al niño de Atocha que me protegio y me dejaron libre texmelucan 1917".

17 marzo 2012

Tario, en Babelia y ABCD

Descubre uno con grata sorpresa que Bablia y ABCD recogen la reciente aparición en Atalanta de "La noche" de Tario. Y saluda que un "raro" como Tario pueda ahora ser leído en España. Algo que en México, salvo que esa reciente publicación de sus obras de la que habla Malpartida y que desconozco haya cambiado la situación, requería hasta ahora: a) la recomendación, normalmente susurrada al oído, de alguno de los escasos iniciados en los misterios de Tario; y b) una larga tarea de búsqueda por librerías de lance en Donceles o la Condesa, editoriales cuasi fantasma (como esa "Lectorum" que publicó a comienzos de la década pasada sus cuentos completos y que, junto a Tario, ofrece en su catálogo joyas como "El órgano rey, la prostata", del Dr. Shiv Dua) y ferias de libros antiguos y de ocasión. Camino tortuoso que, en mi caso, condujo a una primera edición de "Equinoccio", uno de los más desconcertantes libros de aforismos que uno ha leído, y que desgraciadamente cuento entre las víctimas de la última mudanza. Desoyendo el consejo del otro gran escritor mexicano de textos fragmentarios del siglo pasado, Julio Torri, quien escribió uno genial titulado "Beati qui perdunt", aún guardo la esperanza de que un día inopinadamente el fondo de la balda que lo atesora acabe por devolvérmelo. Mientras tanto, conformémosnos con "La noche", que no es poco. Y por cierto, ya puestos, ¿por qué no recuperar también a Torri?

24 noviembre 2011

Cabañas para pensar: una asociación de ideas que desemboca en el Dr. Atl

Paisaje con el Iztaccíhuatl , 1932 
Oigo a María Filomena Molder hablar en clase de la exposición "Cabañas para pensar", que estuvo en la Luis Seoane de La Coruña entre abril y julio pasados y que ahora está en el José Guerrero de Granada. Julián Rodríguez habla de cabañas, concretamente de Le cabanon de Le Corbusier, en una entrada de su blog. Hablo inesperadamente de cabañas con Alberto Ruiz de Samaniego, comisario de "Cabañas para pensar". Y ahora, encerrado en la biblioteca, trasunto citadino de la cabaña cuyo fértil aislamiento buscamos desesperadamente el resto de la semana, me acuerdo de una cabaña gozosa y creativa que, de conservarse, bien podría figurar en la lista de las diez elegidas por Ruiz de Samaniego. La que en las faldas del volcán Popocatéptl habitó durante cerca de dos años (1907-1909) Gerardo Murillo, el genial y exuberante Dr. Atl, verdadero (y olvidado) motor del muralismo mexicano. La cabaña desconocida ("bajo la sombra de un espeso bosque de oyameles") entre cuyas cuatro desnudas paredes de ·troncos y yerbas redactó "notas e impresiones", recogió "observaciones científicas", trazó "centenares de dibujos y pinturas". La choza en que nacieron sus famosos volcanes y los apuntes poéticos de "Las sinfonías del Popocatéptl", espléndida colectánea de emocionantes prosas poéticas que se nutre de la mejor prosa paisajística del 98 (vivificada por el dramatismo de los espacios americanos) y de la que aquí, por ser inencontrable para el lector español, queda un retazo:

"LA TEMPESTAD SILENCIOSA

La borrasca de nieve se ha abatido furiosamente contra los hielos durante todo el día. 
Los peñascos enormes que se levantan en filas paralelas en el límite de las nieves eternas, tienen todas sus oquedades y todas sus prominencias cubiertas de montones de blancos copos. La dureza de las capas de hielo ha desaparecido bajo la morbidez de la nieve recién caída. 
Al declinar la tarde la borrasca cesó y una niebla espesa y amarillenta cubrió toda la fría región. La oscuridad crecía de momento en momento. Rozando las nieves pasan pesadas nubes negras -una tan compacta y tan cerca de mí que institivamente levanté la mano y la introduje en su pardo y espeso seno-. En el mismo instante empezaron a caer a lo largo de mi brazo y sobre mi cabeza, gruesos granizos.
La nube me envolvió. Mis ojos atónitos miraban las violentas concentraciones de aquel vapor espeso, y mis manos ávidas, de las cuales había quitado los guantes, cogían entre la densa niebla los redondos granizos, pero mis ojos no pudieron ver cómo nacían. 
Largo tiempo estuve envuelto en aquel fluido generador de helados frutos y cuando la nube desapareció yo tenía la sensación que se experimenta al dejar los carretes de una pila eléctrica.
Un silencio extraño, inquietante, pesaba sobre los hielos y parecía moverse entre la claridad opaca de la niebla. Hacía un frío penetrante y húmedo ... Entre la atmósfera helada, empezaron a estallar tenues relámpagos. Repentinamente una violenta vibración eléctrica iluminó la niebla y un globo incandescente estalló sobre un peñasco, como un cohete enorme, pero sin producir ruido... y luego otro, y otro. Eran globos de un color verde intensísimo, rodeados de un halo rojizo. Estallaban vivísimamente y por todas partes, sin ruido, iluminando la bruma de un color imponderable, y saturando la atmósfera de un potete olor a ozono. 
Una extraña fuerza me hizo ponerme en pie sobre la roca en inconsciente movimiento de deseo. Sobre mi cuerpo estallaron con fúlgida y silenciosa rapidez aquellos extraños mundos eléctricos.
En el seno de la nube hendido por la punta de la montaña, los negros peñascos, cubiertos de nieve, presenciaban impasibles el espectáculo maravilloso, y las vibraciones ignoraban que entre su luz había un hombre." (De Gerardo Murillo, "Dr. Atl:" Obras 2. Creación literaria, El Colegio Nacional, México, 2006)

08 diciembre 2010

En Madrid como en México

Unos pocos días en Madrid dan para mucho. También para seguir buscando el alma de México. Como antes lo hicieron, a vuela memoria, Ruiz de Alarcón, Nervo, Reyes, Paz y Martín Luis Guzmán; Rivera, Alfaro Siqueiros y el Dr. Atl, …

“Once the dust of Mexico settled on your heart, you have no rest in any other land” reza, según Anita Brenner, el dicho popular que uno no ha oído nunca, pero que hace suyo, y repite, asintiendo, para sus adentros: “Once the dust …”.

Primera parada: la luz. La alquimia de estos amaneceres fríos del primer invierno, los mejores días de la meseta castellana, someten la luz a un extraño proceso de rarefacción que casi la vuelve transparente. Vislumbra entonces, como un regalo demorado de la memoria, aquella luz, la de la región media, la más transparente, del aire.

Segunda parada: sede del Cervantes en la calle Alcalá. Disfruta ojeando a través de los vidrios cada uno de los títulos de la espléndida exposición México Ilustrado: libros, revistas y carteles, 1920 – 1950. Se exhiben ahí todos los libros que uno ha estado buscando durante cuatro años por los lances de la ciudad de México y que, antes que él, han buscado, con más éxito, los hermanos Reverté, bibliófilos y directores de la editorial RM, mexicanos y españoles de ida y vuelta, empeñados en que podamos leer en sus páginas a Rulfo, y ver en sus obras a Posada, a Barragán, a Covarrubias, a Revueltas, al propio Rulfo (sus fotografías oaxaqueñas).

Tercera parada: comida y conversación con Lino y Martín, amigos que de manera directa o indirecta México nos ha heredado. Primero en un restaurantito de hospitalidad asturiana en Antón Martín, calle Verónica. Más tarde en Vaso Roto, editorial que va y viene entre México y España de las manos y el buen criterio editorial de Martín López-Vega y Jeanette Clarion. Discutimos sobre la universalidad de López Velarde, como antes hemos discutido sobre la particularidad de Pessoa. Y decidimos posponer el desacuerdo, en el que somos gozosos, hasta nuevo aviso.

Cuarta y última parada: Martín y Lino me encaminan a La Central del Reina Sofía que, en estos cuatro años de ausencia, se ha convertido en espacio mítico. En uno de las mesas de la sección de arte te observa con sus ilustraciones de portada abiertas como ojos The sun, the idea & Story without words, de Frans Masereel. En las páginas de las tres novelas en imágenes que tanto influyen en la gráfica mexicana contemporánea se cierra el círculo de estos días. Un bucle que nos resistimos a abandonar. En Madrid como en México: en México como en Madrid.

07 diciembre 2009

Por si alguien viene a buscarla

 

La cita de Lucas, que casi pasa desapercibida, no deja de ser inquietante en la tumba de un mortal. 

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Foto tomada hoy (6 de diciembre de 2009) en la catedral de Cuernavaca

04 diciembre 2009

Exvotos (i)

Así reza este, el penúltimo que compré: “El señor Domingo Ramirez era un misántropo y un día su cuarto se llenó de palomillas negras y aclamó a Santiaguito al que le da infinitas gracias de que desaparecieron y prometió ya no ser malo. Puebla, 1937”. Vamos, un Ebenezer Scrooge a la poblana.

29 noviembre 2009

Manuel Maucci

En mi soberbia ignorancia me topo con este nombre, e intento ver algo de luz en una biografía bastante oscura. Emanuelle Maucci nació probablemente en Mulazzo, un comune del norte de la  Toscana, en torno a 1850. Parece que vendió libros por cuenta ajena antes de emigrar a Argentina en 1872. En Buenos Aires y más tarde en México es librero y editor. En 1892, con una amplia experiencia ya en el mundo del libro, se establece en Barcelona.

 

Maucci crea la primera editorial moderna de ámbito realmente hispanoamericano. Sus ediciones son baratas, de formato reducido. En 1902 vende un millón de ejemplares de su colección de libros de una peseta. De ellos, sólo una tercera parte se distribuye en España, mientas que los dos tercios restantes se venden en América y Filipinas.

 

Buena parte de su catálogo son traducciones. Franceses; Chateubriand, Balzac, Renan, Dumas, Flaubert, Gautier, Hugo, Lamartine, Zola. Rusos. Tolstoi, Gorki, Turgueniev, Dostoievski.  Ingleses: Milton, Stevenson, Dickens. Entre los de lengua española: Clarín. Y, claro, los hispanoamericanos: Darío, Juan de Dios Peza, los “parnasos” nacionales.

 

También, curiosidades como Último y completo alivio del párroco (en 5 volúmenes) compartiendo catálogo con Las Heregías (con aprobación eclesiástica, 4 tomos).  O la obra de Vicente López Casañ Conocimientos para la vida privada en dos series (veinte volúmenes), y que incluía títulos como: “La prostitución”, “Secretos del lecho conyugal”, “Onanismo”, “Los vicios solitarios” (aparte del de Onán, se entiende), “El amor lesbio”, “Costumbres y vicios sexuales de todos los países”, “Higiene del Matrimonio”, “Enfermedades secretas”, “La Calipedia moderna o la procreación a voluntad”.  

 

A la muerte de su hermano Manuel en 1936, Juan Bautista Maucci escribe el mejor epitafio refiriéndose a la obra de la Casa Editorial: “la edición modesta, económica, que adquiere presuroso, apenas puesta a la venta, el humilde hijo del pueblo para satisfacer sus legítimos anhelos de cultura”.

26 noviembre 2009

Biblioteca del niño mexicano, Frías y Posada

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En 1900, Frías escribió los 110 títulos (16 páginas cada uno) de la “Biblioteca del niño mexicano”, que ilustraría José Guadalupe Posada. Aquí dejo dos de las más bellas ilustraciones de Posada: la del cuadernillo dedicado a La noche triste y la que abre la legendaria historia de los dos volcanes mágicos de México, el Popo y el Izta.  La colección fue un encargo de la Casa Editorial de los Hermanos Maucci,

 

 

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05 septiembre 2009

Buñueladas (i)

Un hombre entra en el número 39 de una calle y pregunta por Sánchez. El portero le dice que allí no vive ningún Sánchez, pero que, por si acaso, pregunte en el número 41. Pregunta al portero del 41 y éste le contesta que, sin duda, el portero del 39 se ha equivocado, ya que le suena haber oído que Sánchez vive en el 39. El hombre vuelve al 39 e interroga de nuevo al portero. “Espere un momento”, le contesta el portero, mientras se dirige a una habitación contigua. Al momento, vuelve con una pistola en la mano y le descerraja varios tiros a quemarropa. El reportero tituló la crónica: “Lo mata por preguntón”.

26 agosto 2009

A la salida del supermercado

Una anciana de rasgos indios hurga en un cubo de basura. Piensas que busca comida y te quedas, embobado, como un idiota, observándola. La mujer, al percatarse de tu mirada, huye, avergonzada.

Marginal: donde vas, la orilla te acompaña.