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26 septiembre 2015

Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015)

Por José Ángel Leyva me enteró de que se ha ido mi "paisano" Hugo Gutiérrez Vega. "Paisano" me llamaba las veces que nos encontramos, desde la primera, cuando él se enteró de que yo era extremeño de nacimiento y yo de que él lo era de adopción, y casi de elección, desde una de sus estancias diplomáticas en España, allá por los años setenta, en la que había descubierto mi tierra y escrito sus Cantos de Plasencia. Cada una de esas veces, me quedé con ganas de decirle que ese vínculo de paisanaje era doble, pues si él se reconocía en aquellos paisajes de Extremadura, en aquellas piedras y calles de Plasencia, yo ya me había dejado parte de mi alma en su Jalisco natal, la Jalisco de Orozco, de Rulfo, de Arreola, de Luis Barragán... y de Gutiérrez Vega. Pero nunca lo discutí con él, así que no viene al caso hacerlo ahora. Ahora, mejor recordarlo con uno de sus poemas, justamente uno de sus Cantos de Plasencia.


Yo te soñé, Ciudad,
formé tus calles,
disipé tus ruinas,
levanté catedrales en el viento
y coloqué tus piedras inmortales.
Inauguré un planeta
para verte, rota y encanecida,
levantada para volver a ser.
Mucho me iba en esta loca empresa.
Pensé que si existías
mi ser sería de nuevo.
En esta tarde,
con un sol llagado
al que niegan las nubes,
te contemplo.
Ciudad de sueño,
cómo pesa tu piedra contra el tiempo,
qué pequeña la piedra que me aplasta;
cómo mi ruina es un pájaro mínimo
perdido entre la niebla.
Cómo tu ruina resplandece sin sol
—Ay pobres canas de mi débil cráneo—,
mientras tu torre entre la lluvia tiembla.
Pido refugio. El tiempo me concede
descansar en tu seno silencioso.
Tú siempre eres;
mi sueño se fundió con otros sueños.
Estás aquí y te pido que me esperes.

23 febrero 2015

"Dispersa sed", una antología de António Ramos Rosa


Este de arriba viene de lejos, de México para ser exacto. Ha tardado sus buenas cinco o seis semanas en cruzar el charco. Teniendo en cuenta ese largo viaje, no deja de ser curioso que los poemas que en él se contienen fueran escritos aquí mismo, en un apartamento situado cuatro bloques más arriba del lugar en el que escribo estas líneas, en las Avenidas Novas de Lisboa. Pues aquí al lado vivió durante cuarenta años António Ramos Rosa, y en ese modesto apartamento escribió a buen seguro parte sustancial de los poemas que su hija, Maria Filipe, ha seleccionado ahora para esta antología, la primera amplia del poeta algarvío que se publica en México, y que uno ha tenido el placer de traducir con Piedad Montero para La Otra, la editora del poeta mexicano José Ángel Leyva. Aunque en España Ramos Rosa está parcialmente editado, con magníficas traducciones, entre otros de Campos Pámpano y Janés, siempre es buena la ocasión de volver a uno de los poetas más definitivos de la segunda mitad del XX. Uno de esos (y con el paso de los años uno se da cuenta de que no son tantos) que aguantan la ordalía de la relectura, que cada vez renuevan la epifanía que sentimos en el primer hallazgo de sus versos. Un poeta cuya palabra es siempre nueva, en el sentido que Alberto Caeiro le enseñó a su discípulo Álvaro de Campos, y que este dejó escrito en el tratado de filosofía más verdadero que uno haya leído, las Notas para a recordação do Meu Mestre Caeiro -que todo lo dejó dicho, y eso  explica no poco de la deriva de todas las filosofías que siguieron. Dice Caeiro: "Todas las cosas que vemos debemos verlas siempre por primera vez, porque realmente es la primera vez que las vemos. Y entonces cada flor amarilla es una nueva flor amarilla, aunque sea la misma de ayer. La gente ya no es la misma ni tampoco la flor. El amarillo en sí no puede ser ya el mismo. Es una lástima que la gente no tenga ojos para saber eso, porque entonces todos seríamos felices". Palabras que hablan de cosas sencillas: flores, colores, ojos, hombres felices y hombres desgraciados. Palabras que hablan de cosas sencillas, como las del mítico "Poema dum funcionário cansado" de António Ramos Rosa: "¿Por qué me siento irremediablemente perdido en mi cansancio?/ Deletreo viejas palabras generosas/ Flor muchacha amigo niño/ hermano beso novia/ madre estrella música/ Son las palabras cruzadas de mi sueño/ palabras soterradas en la prisión de mi vida/ así todas las noches del mundo en una única noche larga/ en un cuarto solo".

29 diciembre 2014

Mucho Júdice

Gracias al oído atento de Hugo Gutiérrez Vega y Marco Antonio Campos, el suplemento cultural de La Jornada dedica buena parte de su último número del año al poeta luso, clausurando por todo lo alto el que bien podríamos llamar "año Júdice": aquel en que, por fin, quedó asentada entre nosotros su condición de clásico de nuestro tiempo. Dos poemas inéditos del propio Nuno (que, como siempre, dan para mucho) y estudios acerca de distintos aspectos de su obra por García Montero, el poeta y ensayista portugués António Carlos Cortez (buen amigo, y, con Pedro Eiras, uno de los criticos más brillantes de su generación) y, sobre todo, por varios de sus traductores: la mexicana Blanca Luz Pulido, Jenaro Talens y quien estas líneas escribe, honrado, y, por qué no decirlo, algo abrumado por semejante compañía. Aprovecho para dejar constancia de una errata que se ha colado en mi texto: donde dice "anti-Camões" debe decir "supra-Camões". Dicho queda. El número puede leerse, íntegro, sin suscripciones ni historias, aquí. Ay, las comparaciones...

24 diciembre 2014

"Segunda elegía de Londres", de Alberto de Lacerda

Portada de Elegías de Londres (1987), en la
edición de la Imprensa Nacional-
Casa da Moeda, sobre dibujo de Paula Rego.
Una reciente conversación con Luís Amorim de Sousa, albacea literario de Alberto de Lacerda (y que continúa dedicando sus mejores esfuerzos, ahora desde Oxford, para conseguir que la obra de este último no se pierda en el olvido), me trae de vuelta a la poesía de Lacerda, que nunca realmente he llegado a abandonar. Dentro de su obra de madurez, la Segunda elegía de Londres ocupa un lugar especial. Fechada en la capital británica en febrero de 1985, en sus versos recrea el poeta aquellos espacios de la remota infancia africana que ya solo existen en su memoria. Los espacios de un imperio extemporáneo, "emblema de injusticia universal" que, no obstante, en los ojos del niño se revisten de humanidad, volviéndose habitables. Y que son revisados con esa mezcla de "buena fe y mala conciencia" (las palabras son de Eugénio Lisboa) con que fueron sentidos por aquellos a los que tocó vivir la descomposición de aquel último imperio (Knopfli, Cinatti. Luandino Vieira o los propios Lisboa o Amorim de Sousa).





SEGUNDA ELEGÍA

Ver lentamente transparente
lo que desde el inicio casi siempre
se ocultara —
la misma luz de la infancia
                                           emanando
del interior del ser y del centro de la tierra
(el cuerpo de cinco años un cuerpo de luz
por entre la luz apabullante del huerto africano
que mi madre plantara)
hasta ese promontorio extremo
de la percepción deslumbrada
era un balcón
                        al cabo
                                     secreto
ambigua presencia
sin relación con todo pero
que oprimía

Desde siempre
                        hubo planes
sin relación intrínseca
cuyo desencuentro yo sufría
las fuentes
que no se tocaban
por detrás de todo
la tiranía doméstica
emblema de la injusticia
universal

Pero la luz me llevaba siempre
de la mano

La propia inocencia prolongada del cuerpo
era una iridiscencia
que sobrevivió a la túnica rasgada
muchos años más tarde
en la roca del deseo

En el terror se ocultaba lo que yo no entendía
miasma de la soledad brutal

Todo era ajeno
                         todo me era voluntariamente
alejado de la alianza
que el corazón gritaba cada vez más alto
queriendo alcanzar

Ambiente
                        decían
                                    impropio para el consumo
Todos los días se hablaba de regreso

Niños negros con quienes raramente jugaba
en la sanzala
lejos bien lejos de la casa
casa grande
que llamaban palacio

Noches
noches enteras
                         un batuque
muy muy lejano

Son que me laceraba hasta la angustia
en un deseo en una nostalgia sin nombre
de no sé qué no sé dónde

Lo que nunca tiene explicación
comenzó en ese ritmo lejanísimo
oído interminablemente toda la noche

Joaquín ayo adorado
que me bañaba y sin palabras
me dejaba lavar
                           las partes que Camões
llama vergonzosas
y no lo son
                        nunca lo fueron

El cocinero —no recuerdo su nombre—
que me contaba historias en que siempre había animales
dentro de otros animales

Regreso
conversaciones obsesivas
sobre el regreso
                            siempre frustrado
a Europa
                (la metrópoli era Moscú
para aquella gente en nada parecida a la dulzura
de las tres hermanas chejovianas)
pero era allí
en aquella oriental costa africana
donde yo había nacido
                                      aunque espiritualmente me la negaran
después de la violación secular

Barquitos de corteza de sumaúma
que puse a flote en Mentangula
en el lago Niassa
mes paradisíaco de mi infancia

Los crepúsculos vistos desde la terraza del palacio
en Villa Cabral
lejos muy lejanamente
                                      en la franja postrera del horizonte
el Lago ardiendo en plata

Por todos lados el misterio se encarnaba
natural como la selva a dos pasos
de la casa grande

Solo siendo adulto he habitado en la memoria
ese misterio que la tiranía blanca
intentó destruir

El enigma de ciertas miradas africanas
sobre todo las madres
                                    pegadas a los hijos al cuerpo
por la capulana

Mirada semejante a la que me vino a traspasar
siglos después en los indios de México

Clotilde que era joven feliz y murió en el parto

Dada la alarma
dejado yo a solas en el caserón con los criados
oí un grito que era imposible que hubiese oído
y fue una mueca
                            un vagido cósmico
                                                            el primero

La soledad clavaba garras profundas
imborrables

El amor se dilataba en un horizonte tan lejano

que solo las lágrimas a veces alcanzaban

19 diciembre 2014

Daniel Faria

pd-087No podía ser de otro modo. Discreto, casi en silencio, llega entre nosotros Daniel Faria (1971-1999). Podría decir que es, quizás, el proyecto literario al que más ilusión he dedicado en estos últimos años; podría, también, dejar escrito que Faria, no me cabe duda de ello, es el mejor poeta portugués de las dos últimas décadas –y eso no es poco en país con tradición lírica tan asentada y pujante como este. Pero una y otra cosa, que serán dichas a su debido tiempo, violentarían lo que ahora realmente importa: la palabra del poeta. La palabra del primero de sus libros mayores, Explicación de los árboles y de otros animales, que acaba de publicar Sígueme. Violentarían el asombro que sentí al leerlo por vez primera, al compartir con Faria el espacio inacabable, aterido y sin embargo acogedor, de sus páginas. Un espacio al que el lector español queda, desde hoy, convocado.

04 noviembre 2014

Nueve poemas a Sofía

© Felicienne Marboeuf
© Felicienne Marboeuf


Con estos dos collages, cortesía de la finísima Felicienne Marboeuf (antes conocida como Karlatone), quedan oficialmente presentados mis últimos poemas. Nueve para ser exactos, recogidos en una "plaquette" que edita Olifante con su cuidado habitual. Y de los que solo alcanzo a decir que son los poemas más verdaderos que he escrito hasta ahora. 

31 octubre 2014

Leyendo "Materia de las nubes"

Vista del Tejo desde la Rocha
do Conde de Óbidos (c. 1900)
Materia de las nubes no es un libro fácil. Me doy cuenta ahora de que no lo es su lectura; como no lo fue el atribulado proceso de su escritura. Y es que hubo un día en que yo también pensé que escribiría sobre Lisboa al prisma de su proverbial luz blanca; con la cadencia natural con que sus promontorios desembocan dramáticamente en el río-mar, con silencios de paquebotes alejándose por la barra y profusión de azules pastel —ningún destino más natural para el que busca escribir versos sobre una de las ciudades más líricas del mundo, más consabidamente bellas. Pero las ciudades son tan luminosas para los turistas como oscuras para quienes las habitan. Y el tiempo pasó, y el destino me trajo a Lisboa y entonces acabé —acaso es posible evitarlo— por enfangarme en su realidad. Y descubrí que aquella luz tan clara se compadecía con lo radicalmente gris de su “real cotidiano”, el que odiaron y quisieron rehabilitar algunos de sus poetas. Y, para mi sorpresa (o no tanto), algunas de sus gentes me dijeron que preferían mil veces la oscuridad de “Madrid, París, San Petersburgo, el mundo” a aquel fulgor de su ciudad, para ellos anegada de cotidianeidad. Y en sus “pastelarias” me crucé algunas veces con esos semblantes helados de los que se rió siempre Cesariny: “Que al final lo que importa es subirse el cuello del abrigo/ al salir de la “pastelaria” y desde fuera —¡ah, desde fuera!— reírse de todo”. Y del brazo de Cesário Verde reparé en el “color monótono y londrino” de ciertos edificios y con él, asomado a una ventana, sentí lástima de la tísica que eternamente plancha y que se irá a la cama sin nada que llevarse a la boca. Y así lo que era luz meridiana empezó a grisear, oscurecida por ese color tan mediano del que estamos hechos la mayoría los hombres. Y un día, quién sabe cómo ni dónde, quizás en una de esas iglesias pombalinas de rectilíneo exterior —gris y anodino— y retorcido interior —oscurísimo y deslumbrante—, me descubrí pensando que el alma de esta ciudad es barroca; y que, por barroca, y por querencia del metafísico engaño, se enmascara de luz y se nombra con las palabras más claras. Como un laberinto, como un caracol, como Pessoa: “una madeja enredada hacia dentro”, lo vio quien bien lo conocía, Caeiro. Y así, de este barroco nacieron las prosas de Materia de las nubes, que de esa materia evanescente lo único que no conservan es el color. Aparecen ahora sus primeras reseñas, que justamente por exigir al lector (aun a aquellos tan conspicuos como los que ahora lo leen) sumergirse en aguas tan poco claras y aun, a ratos, nadar a contracorriente, agradezco de manera especial. La primera la escribe Manuel Pecellín para la web de la Real Academia de Extremadura, y por ser breve aquí queda completa.

Licenciado en Derecho y diplomático de carrera, Marina (Cáceres, 1978) estuvo representando a España en México (ver sus obras Lo que los dioses aman, 2008 y Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México, 2012). Lo hace ahora en Portugal (ha traducido y antologado al poeta luso Alberto de Lacerda en el libro El encantamiento, 2012). Materia de las nubes, auténtica fusión de géneros, está escrito en prosa poética, con atrevidas innovaciones (sobre todo, en lo referente a la construcción de neologismos; eliminación de las mayúsculas; algún caligrama; uso mínimo de la puntuación y la mezcla de idiomas: castellano, inglés, portugués, italiano). Es un cálido homenaje lírico a a Lisboa, donde tanto abundan los lugares que reclaman el tributo de un poema. Digamos rochadocondedeóbidos, paláciogalveias, jardimbotánico o miradordagraça, como escribe Marina los nombres de los sitios que componen las cuatro partes de su obra. Y es que, ciertamente, "Lisboa és un pretext de meditacions permanents", según dijese en su día el catalán Josep Plà y repitiera nuestro Ángel Campos. M.P.L.

Más amplia y sustanciosa, la segunda la firma Miguel Ángel Lama en el más reciente número (113, octubre-noviembre) de la ovetense Clarín. Aquí queda uno de sus párrafos: "La palabra de Luis María Marina localizada en esos espacios de Lisboa tan evocadores es la de un cuaderno o diario —la referencia temporal explícita a una mañana de febrero al inicio— en donde el que escribe constata la dualidad de su escritura, instrumental y práctica unas horas del día —la del burócrata, el diplomático— y sublime y poética, contemplativa, creativa durante otros momentos; y así el libro entra en una dimensión de ensayo sobre la propia escritura, y sobre otras escrituras, las de los autores admirados, que van apareciendo a lo largo de esas páginas: Assis Pacheco, Ruy Belo, Cesário Verde, António Ramos Rosa, Luís Amorim de Sousa". El resto, en las páginas de Clarín.

23 octubre 2014

"El fruto de la gramática", nuevos poemas de Nuno Júdice



Cada nuevo libro de poemas de Nuno Júdice es motivo de celebración, una promesa de verdadera poesía. El más reciente se titula O fruto da gramática (El fruto de la gramática), y acaba de publicarlo la Dom Quixote. Aquí quedan tres de sus poemas, en los que Júdice vuelve, con aire nuevo, a algunos de los asuntos que nunca ha llegado a abandonar.



QUÉ ES LA POESÍA

Es posible que este poema no sea
un poema. De hecho, aunque escrito en verso,
con cesuras que están en el lugar en que
deben, unas, y donde no deben, otras,
y a pesar del ritmo que sigue algunas de las reglas
propias de un discurso con marcas musicales,
que produce el placer de la armonía de vocales
y consonantes para los oídos más atentos, este
poema puede, en la consideración de algunos,
no ser un poema, o no formar parte
de aquello a que se da el nombre de poesía. Una frase
más larga de lo habitual, en vez del discurso
equilibrado y acorde con los hábitos
de la dicción; o un raciocinio que nace de una discusión
técnica sobre las reglas que el poeta debería
seguir para llegar a su objetivo; he aquí
dos motivos más que suficientes para que se diga
que este poema no es tal. No obstante, otros pueden
traer argumentos más profundos: que falta aquí
una trascendencia, un sublime, un contacto
con lo divino. Estos son los clásicos. O que
no se siente la presencia de una inspiración de carne
y hueso, de la piel tersa de aquella que se aproxima, sin
que aún podamos verla, y que nos dice al oído la palabra
de amor: son los románticos. O incluso que nada de este
debería tener un sentido, y que las imágenes tendrían
que ir las unas contra las otras en la bolsa de la estrofa: son
los modernos.
Dejo que discutan los unos con los otros, intercambiando
sus argumentos y sus ambiciones, y espero a que
me digas que este poema que todo apartó cuando
llegaste a mi lado, es un poema; y si me lo dices,
sabré entonces que es tuyo este poema, y el resto
que quede para quien cree saber qué es,
o no es, la poesía.


NUEVO TRATADO DE BOTÁNICA

Cuando encuentro en un libro nombres de árboles, de flores,
de cualquier planta que no conozco, no voy a los tratados
de botánica a ver la imagen natural con la respectiva
descripción. Me basta con imaginarlas, aunque pinte de azul
flores que son blancas en la realidad, o vea hojas largas
en un árbol de hojas pequeñas, y descubra raíces
profundas en un arbusto que se arranca simplemente con la mano. De hecho,
la vegetación poética va a encontrar en los nombres de las plantas
su verdadera naturaleza. El nenúfar se transforma
en una planta aérea, como una gran nube que pasa
por el cielo de la memoria; y los lirios son como cardúmenes
que huyen por entre los versos, dejando un rastro
de violín a su paso. Necesitaría una estrofa
grande como un invernadero para cultivar lo que solo
crece en la tierra de las palabras; y cuando llegase
la primavera, aunque esta no fuese más que
el lugar común de la poesía lírica, la vestiría con
el amarillo de los abetos, el morado de las espigas y el rojo
sangre de las violetas. Caminaría bajo la melancolía
de los pinos, y oiría cantar a los pájaros en las copas
frondosas de una palmera. ¿Y la ciencia, me preguntais?
En el poema, respondo, la única ciencia es la realidad
que las imágenes inventan; y cuando miro hacia
el campo, por la ventanilla del automóvil, no quiero saber
qué árboles son aquellos, ni cuál el color de sus flores.



RECUERDOS DE VIAJE

En los hoteles de provincias, las ventanas
cerradas a la calle y abiertas a
oscuros zaguanes, había siempre una biblia
en la mesa de cabecera. Parecía que sus hojas,
atadas por una goma, no habían sido
nunca abiertas; y el polvo de la capa nos ensuciaría
los dedos si llegásemos a tocarla. No sé
qué había dentro de esas biblias; y
si nunca las abrí fue para no encontrar
unas líneas que alguien habría escrito contando
su soledad, un subrayado en que se intenta
dar una respuesta al miedo a la muerte, o
un simple punto de interrogación en la frase
oscura del profeta, como si el destino
de lo sagrado fuese representar el misterio. Pero
nunca me acerqué esas biblias al oído, para
que me contasen lo que habían oído en las noches
de una habitación sombría de un hotel
de provincias, las ventanas abiertas
al zaguán donde gritos y gemidos
de amor se habían perdido, y sordas confesiones
todavía fluctúan en un limbo
de antiguas existencias.






30 marzo 2014

Materia de las nubes

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fig. 1 (Foto de Karla Olvera)


Materia de las nubes viaja. No podía ser de otro modo. Para empezar, sus dos destinatarios más inmediatos ya lo recibieron en Oxford (Luís Amorim de Sousa) y Viroflay (Karla Olvera). Y desde Viroflay, de la mano de K., ha emprendido un viaje sorprendentemente shandy. Cohabitó un rato con otras nubes, de aspecto dulce, recortadas del mismísimo corazón del Mediterráneo, y emplatadas con un refrescante toque de limón (fig.1). Viajó más tarde, a bordo del TGV, compartiendo asiento con un estuche de colorido diseño mexicano, un bolso amarillo, una botella de Evian y un apetitoso pedazo de quiche, camino de Burdeos (fig. 2). Y, hoy, quizás ya en Burdeos, me saluda con el dedo índice de K. apuntando a la necesidad de huir, siempre (fig. 3). Así son las nubes, viajan...

fig. 2 (Foto de Karla Olvera)
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fig. 3 (Foto de Karla Olvera)

11 febrero 2014

paláciogalveias / materia de las nubes

IMAG0282
El paláciogalveias, protagonista de uno de los poemas (¿prosemas, divagaciones?) de mi próximo libro, Materia de las nubes, que ya está a punto de llegar.

27 enero 2014

José Emilio

Esta mañana me decían desde México que José Emilio Pacheco se había ido a escribir a la otra trinchera. Me vino inmediatamente a la cabeza la última vez que lo vi, hace ya sus buenos cuatro años. Comimos en un restaurantito de la Condesa. Recuerdo que hablamos profusamente del General Prim. Quiero decir, habló José Emilio. Yo, atónito (suponía que íbamos a conversar de poesía, quizás de su obra), oí cómo disertaba apasionadamente durante cuarenta y cinco minutos, que a mí se me pasaron en un santiamén, sobre el león liberal de Reus y, en particular, sobre su participación en aquella poco gloriosa intervención tripartita que acabó instalando aquel extravagante Imperio de Maximiliano de Austria en México. Una intervención en la que Prim tenía intereses contantes y sonantes: había casado con Francisca Agüero y González, huérfana de un “peninsular” con prósperos negocios en México (ferrocarriles, minas), y por tanto su familia política era una de las afectadas directamente por la suspensión del pago de la deuda decretada por Benito Juárez, y que, al menos sobre el papel, fue el argumento empleado para justificar la intervención franco-anglo-española. Creo que lo que más fascinaba a Pacheco del “affaire Prim” era justamente cómo la Historia, al menos la que se construye en las academias, busca borrar las motivaciones de los individuos que cambiaron su curso, como si tales motivaciones fuesen impuras por comparación con las grandes palabras rituales que todo lo justifican: economía, política, sociedad. Una conclusión, por cierto, que mucho tiene que ver con una cierta veta de su poesía, que opera diseccionando los grandes conceptos con que nos han enseñado a pensar para colocar, en el interior vacío de cada uno de ellos, el corazón batiente del hombre.

A los postres, Pacheco me pidió disculpas por su verborrea, mientras con esa media sonrisa tan suya me decía que por lo menos así me había evitado tener que aguantar la insoportable perorata del viejo poeta que dicta sus cartas a un joven poeta.

28 diciembre 2013

Cuando la nieve caiga en el Mediterráneo

El cultural del periódico mexicano La Jornada publicó el pasado domingo la reseña que firmo (se puede consultar aquí) de uno de los mejores libros de poesía que he leído en este 2013 que acaba. El que supone el estreno poético, largamente madurado, de mi amiga del alma Karla Olvera. Un libro con cuya lectura me despedí de México, hace ya camino de cuatro años, y que ahora me devuelve, renovado, el México de Karla, que habita -paradoja soberbia de la poesía- a orillas del Mediterráneo. 

10 diciembre 2009

Orphéu, número 2, poemas de Violante de Cysneiros

 

*N. B.*--Llegaron a la Redacción estos bellos poemas, obra de un ingenio anónimo y doliente. Los publicamos, pues de eso son dignos, sin importarnos la personalidad vital de donde emanen. Toda obra de arte es su propia justificación.

 

Orpheu.

 

 

A ÁLVARO DE CAMPOS, EL MAESTRO.

 

En la noche negra y antigua

Sólo la luz del Pharol:

Ora rubia, color de sol

Ora bermeja, enemiga.

 

En el seno negro y profundo

De la lóbrega noche durmiendo

El Pharol es Otro Mundo

Ya llorando, ya riendo.

 

En la noche negra, al final,

Todo a ella se limita:

¡Sólo el pharol es real!

 

La oscuridad no tiene fin

¡Oh, sensación infinita

-Soy ya sólo Pharol de Mí!

 

Junio, 1915

 

* * * * *

 

Toda mi alma se prende

En aquella forma de gracia;

Mas no en la forma viva,

Mas sí en la Línea que pasa.

 

Toda mi Alma se prende,

Bate las Alas – no se alza

Es como sombra distante

De aquella Línea que pasa.

 

La vida es apenas Espacio

Que va de la propia Línea

A su sombra en un solo trazo.

 

Cuando la Muerte sea vecina

Fundidas en el mismo Espacio

Será todo una Línea.

 

Junio, 1915

 

 

AL SR. FERNANDO PESSOA

 

Nada en Mí es necesario

Ni siquiera lo que fue soñado

Oh, cuentas de mi rosario

De un sueño nunca acabado.

 

Toda está hecho de Mí…

Sólo mi lejano pasado

Es como un sueño sin fin

Que el Otro ha ya soñado.

 

Cruzo mis brazos. No hablo.

Oigo una voz dolorida

Dentro de Mí evocarlo.

 

¡Marinero! ¡Isla Perdida!

Y lo que siento al soñarlo

Es la verdad de la vida.

13 octubre 2009

Fragmento de “Le jet d’eau”

 

Siempre me ha parecido que “Le jet d’eau” contiene algunos de los versos más perfectos que he leído en francés.

 

“Oú sont Raynal Billy Dalize”

“Oú est Cremnitz qui s’engagea”

“Peut-etre sont-ils morts dejá”

 

No sé si en ello tendrá algo que ver el hecho de que el librito en que los aprendí de memoria, los caligramas de Gallimard, lo había comprado en la FNAC de Rennes, con quince años, cuando todo era nuevo. Todavía lo atesoro, en la balda secreta de mi biblioteca, a la que sólo tienen acceso los libros que me conocen demasiado bien. Casi no los leo.

07 septiembre 2009

Un poema de Sá-Carneiro

FIN

 

- Cuando muera, que me doblen con latas

Rompan en saltos y piruetas –

Restallen petardos en el aire

Convoquen a payasos y acróbatas

 

Que mi cajón vaya sobre un burro

Enjaezado a la andaluza:

Nada a un muerto se niega

Y yo quiero por fuerza ir en burro …

 

 

Traducción: Luis María Marina

 

N.B.: Este poema fue enviado por Sá-Carneiro a Pessoa en carta fechada en París el 16 de febrero de 1916. Sá se suicidaría, en el Hotel de Nice, en Montmartre, dos meses después, bebiendo cinco frascos de arseniato de estricnina.